A la mañana siguiente, Ethan ni siquiera apareció.
En su lugar llegó un enorme ramo de lirios blancos con una tarjeta escrita de su puño y letra.
“No seas inmadura. Cuando aceptes la realidad, hablaremos.”
La enfermera dejó las flores sobre la mesa.
Yo simplemente señalé el bote de basura.
Ella dudó unos segundos, pero terminó arrojándolas allí.
En ese instante, mi teléfono vibró.
Era una respuesta del profesor Daniel Reed.
“Mia, nunca cerramos esa puerta. Si todavía deseas venir a Berklee, el programa de Producción Musical y Dirección Artística sigue disponible. Tu talento nunca dependió únicamente de tu voz.”
Sentí un nudo en el pecho.
Durante años él insistió en que también tenía oído absoluto, facilidad para los arreglos y una capacidad extraordinaria para dirigir intérpretes.
Pero Ethan siempre se oponía.
—¿Para qué perder tiempo detrás de una consola? Tú naciste para estar bajo los reflectores.
Ahora comprendía por qué.
Mientras yo dependiera de mi imagen y de mi voz, seguiría dependiendo también de él.
Unas horas después llegó mi abogada, Laura Benson.
Traía una carpeta gruesa.
—Revisé todos tus contratos.
Escribí rápidamente en mi teléfono:
“¿Qué encontraste?”
Laura respiró hondo.
—Más de lo que imaginaba.
Abrió la carpeta.
—Durante los últimos tres años, Ethan registró casi todas tus composiciones a nombre de su agencia.
Mi corazón dio un vuelco.
—Pero…
Ella entendió mi gesto.
—Sí, la música es tuya. Las letras también. Sin embargo, él figuró como administrador exclusivo de los derechos.
Pasó otra hoja.
—Además, la tarjeta corporativa con la que pagó los gastos de Vivian está vinculada a una cuenta alimentada en un noventa por ciento con tus ingresos por conciertos y publicidad.
Bajé lentamente el teléfono.
Así que ni siquiera estaba siendo generoso.
Estaba usando mi propio dinero para cuidar a Vivian.
Laura continuó.
—Y hay algo más.
Sacó una memoria USB.
—Pedimos las grabaciones del incendio.
La miré fijamente.
Ella conectó la memoria a una tableta.
La imagen apareció cubierta de humo.
Las cámaras de seguridad apenas distinguían las siluetas.
Entonces ocurrió.
La viga comenzó a caer directamente sobre Ethan.
Yo lo empujé con todas mis fuerzas.
Él perdió el equilibrio y cayó cerca de Vivian.
Un segundo después, la estructura aplastó mis piernas.
La grabación era clara.
No había dudas.
Fui yo quien le salvó la vida.
El video siguió avanzando.
Ethan se levantó.
Miró hacia donde yo había quedado atrapada.
Nos miramos durante casi dos segundos.
Dos segundos completos.
Después giró.
Tomó a Vivian en brazos.
Y salió.
No fue un error.
No fue confusión.
Me vio.
Y decidió.
Las lágrimas empezaron a correr sin que pudiera detenerlas.
Laura apagó la pantalla.
—Esto cambia todo.
Asentí lentamente.
Escribí una sola frase.
“Guárdalo.”
—Ya está certificado por un perito.
Respiré profundamente.
Por primera vez desde el incendio, el dolor dejó espacio a otra emoción.
Claridad.
Esa misma noche comenzaron a llegar las noticias.
Todos hablaban de la gran presentación de graduación.
“Vivian Moore deslumbra a Starline Entertainment.”
“Una nueva promesa de la música.”
Las fotografías inundaban las redes sociales.
Ethan aparecía junto a ella sosteniendo un enorme ramo de rosas.
Debajo escribió:
“El talento merece ser protegido.”
Sonreí con amargura.
Cinco minutos después apareció otra publicación.
Era una entrevista improvisada.
Un periodista preguntó:
—¿Qué pasó con Mia Monroe? Se suponía que ella sería la protagonista esta noche.
Vivian bajó la cabeza con expresión triste.
—Tuvo una lesión menor y decidió cederme esta oportunidad. Es una persona muy generosa.
Ethan añadió inmediatamente:
—Mia siempre ha sido muy considerada. Está descansando. Cuando se recupere volverá a cantar.
Mentía con absoluta tranquilidad.
Sabía perfectamente que ni siquiera había ido a verme después del diagnóstico.
No tenía idea de que ya conocía toda la verdad.
Mi teléfono volvió a vibrar.
Era un correo de Berklee.
Solicitud aceptada.
Beca extraordinaria concedida.
Inicio del programa en seis semanas.
Cerré los ojos.
Tal vez nunca volvería a cantar.
Pero nadie podía impedirme crear música.
Nadie podía quitarme el oído, las ideas, ni los años de estudio.
Mientras observaba aquella carta de aceptación, Laura recibió otra llamada.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Después sonrió.
—Mia…
Levanté la vista.
—Acaban de confirmarme algo interesante.
Fruncí el ceño.
Laura dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.
—El presidente de Starline Entertainment no firmó ningún contrato con Vivian.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—¿Sabes por qué?

Negué con la cabeza.
Laura sonrió aún más.
—Porque después de escucharla cantar, preguntó una sola cosa.
“¿Dónde está la verdadera autora de todas esas canciones?”
Y alguien acababa de responderle que la mujer que él buscaba seguía hospitalizada… con pruebas suficientes para destruir la carrera de Ethan Lawson y de Vivian Moore al mismo tiempo.