PARTE 2: LA VOZ DETRÁS DEL TELÉFONO

Durante unos segundos nadie respiró.

La voz de Ethan seguía saliendo del altavoz.

—Papá, dile a Claire que deje de buscarme.

Pero yo ya no estaba escuchando las palabras.

Estaba escuchando la forma en que las decía.

Ethan tenía una manera muy particular de hablar cuando estaba cansado: bajaba ligeramente el tono al final de cada frase.

Aquella voz sonaba parecida.

Pero no era él.

Mi mano fue directamente hacia mi vientre.

—No es papá… —susurré.

Richard levantó la vista.

—¿Qué estás diciendo?

Antes de que pudiera responder, la voz de mi bebé volvió a sonar.

Más fuerte.

Más desesperada.

—Mamá, aléjate de él.

Miré a Richard.

Mi suegro.

El hombre que durante tres días había dicho que Ethan ya no era su hijo.

El hombre que parecía más interesado en cerrar el asunto que en encontrarlo.

—¿Quién está contigo? —pregunté al teléfono.

Hubo silencio.

Demasiado largo.

Richard apretó el aparato.

—Claire, basta.

Pero no aparté los ojos de él.

—Pregunté quién está contigo.

La voz del otro lado respondió:

—Solo estoy con papá.

Mi sangre se heló.

Porque la voz había cambiado.

No era Ethan.

Era una grabación.

Una mala imitación.

Una voz creada a partir de mensajes antiguos.

El detective Hayes, que todavía no había salido de la casa, levantó una mano.

Todos se quedaron quietos.

—Señor Carter —dijo mirando a Richard—, mantenga el teléfono encendido.

Richard palideció.

—¿Por qué?

—Porque quiero escuchar.


El detective se acercó lentamente.

—Señor Carter, ¿cuándo recibió este mensaje?

Richard miró la pantalla.

—Hace diez minutos.

—¿De qué número?

Richard dudó.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Hayes extendió la mano.

—Deme el teléfono.

—No es necesario.

—Ahora.

La habitación quedó en silencio.

Richard entregó el móvil.

El detective revisó la pantalla.

Después abrió la información del mensaje.

Su expresión cambió.

—Este mensaje no fue enviado desde el teléfono de Ethan.

Margaret dio un paso adelante.

—¿Qué?

—El número fue falsificado.

Noah se quedó inmóvil.

Sophie miró a su padre.

—Papá…

Pero Richard no respondió.

Porque por primera vez desde que comenzó todo aquello, parecía asustado.


El detective Hayes pidió una nueva revisión de la casa.

Esta vez no buscó un cuerpo.

Buscó tecnología.

Ordenó revisar cámaras.

Dispositivos conectados.

Grabaciones.

Y especialmente el despacho privado de Richard.

—¿Por qué el despacho de mi marido? —preguntó Margaret.

Hayes la miró.

—Porque alguien sabía demasiado.

Entraron en la habitación.

Al principio parecía normal.

Libros.

Documentos.

Una caja fuerte.

Un escritorio antiguo.

Entonces uno de los técnicos señaló la pared.

—Aquí hay algo extraño.

Retiraron un cuadro.

Detrás había un pequeño dispositivo.

Un grabador de voz.

El detective lo tomó con cuidado.

—¿Qué es esto?

Richard dio un paso atrás.

—No tengo idea.

Pero su rostro decía lo contrario.


El dispositivo tenía horas de grabaciones.

Conversaciones.

Llamadas.

Y una voz que reconocí inmediatamente.

La de Ethan.

Pero no era una conversación con Olivia.

No era una confesión de abandono.

Era Ethan hablando con alguien.

—Papá, esto no está bien.

Silencio.

Después la voz de Richard.

—Lo hago por la familia.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

—¿Por la familia? —respondió Ethan en la grabación.

—Tu matrimonio está destruyendo el futuro de esta casa.

—Claire es mi esposa.

—Claire no tiene sangre Carter.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

Ethan respondió:

—Está embarazada de mi hijo.

Richard contestó:

—Precisamente por eso.

Silencio.

Después una frase que hizo que todos quedaran congelados:

—Si ese niño nace, la mitad de la fortuna Carter quedará fuera de nuestro control.

Margaret se llevó una mano a la boca.

—Richard…

Pero la grabación continuó.

—Solo necesito que firmes el divorcio.

—No voy a dejar a Claire.

—Entonces tendrás que desaparecer.


Nadie habló.

Porque ya no había duda.

Richard había intentado destruir a su propio hijo.

El detective apagó la grabación.

—Señor Carter, queda usted detenido por sospecha de conspiración, manipulación de pruebas y posible implicación en la desaparición de Ethan Carter.

Richard negó lentamente.

—No tienen un cuerpo.

Hayes lo miró.

—No necesitamos un cuerpo para saber que mintió.


Cuando se llevaron a Richard, Margaret se quedó sentada en el sofá.

Parecía haber envejecido diez años en una hora.

—Yo no sabía nada —susurró.

No respondí.

Porque quizá era verdad.

O quizá no.

Todavía quedaban demasiadas preguntas.

Ethan seguía desaparecido.

Y mi bebé seguía repitiendo una cosa:

—Mamá…

—Papá está triste.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

La pequeña voz respondió:

—Papá está cerca.

Mi corazón se detuvo.

—¿Dónde?

Hubo un silencio.

Después:

—Debajo de la casa.

Todos miraron hacia el suelo.

El detective Hayes levantó lentamente la cabeza.

Porque debajo de la mansión Carter había una zona que nadie había revisado.

Un antiguo sótano de mantenimiento.

Sellado desde hacía quince años.

Y en ese momento…

desde debajo de nuestros pies…

sonó un golpe.

Uno solo.

Como si alguien estuviera intentando decirnos:

“Todavía estoy aquí.”

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