PARTE 2: LA VISITA QUE CAMBIÓ TODO

A las nueve de la mañana siguiente, el timbre sonó exactamente a la hora de siempre.

Margaret Ward nunca llegaba tarde.

Durante los tres años que fui su nuera, podía criticar mi forma de cocinar, de vestir o de decorar la casa, pero jamás faltaba a su rutina de visitar a su hijo cada primer sábado del mes.

Respiré hondo antes de bajar del automóvil.

No venía sola.

A mi lado estaba Daniel Brooks, mi abogado desde hacía seis años.

Del otro lado, una mujer de cabello corto, traje azul marino y portafolio de cuero revisaba unos documentos.

Era Rebecca Sloan.

Representante legal de la editorial Ashford Publishing.

Y detrás de nosotros descendió un hombre de casi sesenta años.

Adrian Cole.

Presidente del Grupo Cole Media.

El mismo conglomerado que acababa de comprar los derechos internacionales de mis libros.

Cuando Margaret abrió la puerta, sonrió al verme.

—Sofía…

Pensé que vendrías a pedir perdón.

Entonces vio a las tres personas detrás de mí.

La sonrisa desapareció.

—¿Qué significa esto?

—Solo vine a terminar unos asuntos.

Entramos.

Ethan estaba en la sala.

Clara también.

Esta vez llevaba ropa elegante.

Como si ya se sintiera dueña de la casa.

Al verme, Ethan suspiró con fastidio.

—¿Ahora vienes con abogados?

Dejé un pequeño sobre sobre la mesa.

—No.

Vengo con quienes conocen la verdad.

Clara cruzó los brazos.

—¿Qué verdad?

Rebecca abrió su portafolio.

Sacó un contrato grueso.

Lo colocó frente a Ethan.

—Señor Ward.

¿Reconoce este documento?

Él apenas le dio un vistazo.

—No.

—Es el contrato de representación mundial firmado hace cuatro años con nuestra autora principal.

Ethan perdió el interés.

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

Rebecca sonrió apenas.

—Mucho.

Porque esa autora es la señora Sofía Miller.

El silencio fue absoluto.

Margaret fue la primera en hablar.

—¿Qué?

Ethan soltó una risa incrédula.

—Eso es imposible.

Sofía solo corrige manuscritos.

Adrian Cole intervino por primera vez.

—Eso es lo que ella decidió que todos creyeran.

Abrió una carpeta.

Dentro había portadas traducidas a quince idiomas.

Todas firmadas bajo el seudónimo que llevaba años encabezando las listas de ventas.

“La Voz de las Esposas”.

Margaret comenzó a hojearlas.

Las manos le temblaban.

—Estos libros…

¿Los escribiste tú?

Asentí.

—Todos.

Ethan negó una y otra vez.

—No.

No puede ser.

Yo habría sabido algo así.

Lo miré con serenidad.

—No sabías en qué trabajaba realmente porque nunca te interesó preguntarlo.

Preferías asumir.

Adrian colocó otro documento sobre la mesa.

—Ayer, exactamente a las cinco treinta y siete de la tarde, nuestra empresa transfirió diez millones de dólares correspondientes a regalías, derechos audiovisuales y licencias internacionales.

Empujó una copia del comprobante bancario hacia Ethan.

—La transferencia ya fue confirmada.

Clara dejó escapar el aire lentamente.

Miró a Ethan.

Luego volvió a mirarme.

Su expresión cambió por completo.

Hasta ese momento había pensado que me estaba reemplazando por una mujer con menos dinero y menos poder.

Ahora entendía que acababa de entrar en una casa de la que salían diez millones de dólares.

Ethan levantó la vista.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Sonreí con tristeza.

—Porque cuando nos conocimos yo solo quería saber si alguien podía enamorarse de mí antes de conocer mis ingresos.

Hice una pausa.

—Ya tengo la respuesta.

Margaret se dejó caer en el sofá.

Parecía diez años mayor.

—Dios mío…

Todo este tiempo…

Yo te llamaba interesada.

La observé sin rencor.

—Sí.

Y aun así pagué varias veces las vacaciones familiares sin decir de dónde salía el dinero.

El silencio volvió a instalarse.

Entonces Ethan dio un paso hacia mí.

—Sofía…

Podemos arreglar esto.

Yo cometí un error.

Clara giró lentamente la cabeza.

Lo miró como si fuera un desconocido.

—¿Un error?

Hace menos de doce horas me dijiste que nunca la habías amado.

Ethan no respondió.

Porque ambos sabíamos que acababa de mentirle a una de las dos.

Tal vez a las dos.

En ese momento sonó mi teléfono.

Era mi asistente.

Contesté.

—¿Sí?

Escuché unos segundos.

Mi expresión cambió.

—Entiendo.

Gracias.

Colgué.

Ethan dio un paso más.

—¿Qué pasó?

Lo miré fijamente.

—Acaban de confirmar quién compró la empresa donde trabajas.

Frunció el ceño.

—¿Qué?

Adrian Cole sonrió con discreción.

—La adquisición se cerró esta mañana.

El nuevo grupo controlador asumirá la administración el próximo lunes.

Ethan comenzó a comprender.

Muy lentamente.

Volteó hacia Adrian.

Después hacia mí.

—No…

No puede ser.

Adrian extendió la mano hacia mí con una carpeta azul.

—Presidenta.

Aquí están los documentos finales.

Solo falta su firma para oficializar el nombramiento del nuevo director ejecutivo.

Ethan sintió que el color abandonaba su rostro.

Porque acababa de descubrir que la mujer a la que había engañado la noche anterior…

Era, desde ese mismo instante…

La nueva propietaria del grupo empresarial que decidía el futuro de su carrera.

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