Miré los documentos.
Luego a Valeria.
—¿Me investigaste durante dos años?
—Mi padre lo hizo.
Dejé el título de propiedad sobre la mesa.
—Entonces no lo quiero.
Por primera vez, Valeria perdió la calma.
—¿Qué?
—No soy un perro al que premias porque obedeció bien.
Tomé mi chaqueta.
—Mañana me mudo.
Aquella noche no lavé un solo plato.
A la mañana siguiente empaqué mis pocas pertenencias.
Cuando estaba por salir, el padre de Valeria apareció acompañado de un abogado.
—Daniel, espera.
—No hay nada que hablar.
El hombre observó el fregadero lleno y sonrió.
—Perfecto.
Fruncí el ceño.
—¿Perfecto?
—La calificación A no fue por lavar platos.
Señaló el expediente.
—Fue por saber cuándo dejar de hacerlo.
Valeria bajó la mirada.
Su padre continuó:
—Mi hija quería saber si eras alguien que ayudaba por bondad… o alguien dispuesto a soportar cualquier humillación por dinero.
—¿Y el apartamento?
—Es tuyo si todavía lo quieres. Sin condiciones.
Negué.
—No.
Valeria finalmente habló.
—Daniel, hay algo más.
Sacó otra hoja.
Era un contrato laboral.
El salario era casi cuatro veces lo que ganaba.
—Mi padre necesita a alguien para administrar varias propiedades —dijo—. Alguien que conozca el valor del dinero, pero que no venda su dignidad por él.
Miré al hombre.
—¿También es otra prueba?
Él sonrió.
—No. Esta vez es una oferta.
Tomé el contrato.
Pero antes de firmarlo señalé el fregadero.
—Primero hay una condición.
Valeria levantó una ceja.
—¿Cuál?
Le puse los guantes amarillos en las manos.

—Hoy lavas tú.
Su padre soltó una carcajada.
Valeria miró los platos como si fueran enemigos mortales.
Y por primera vez en dos años…
abrió el grifo.