PARTE 2: LA VERDADERA PROPIETARIA

A las ocho y cincuenta y cinco entré a la sala del consejo.

No me acompañaba ningún abogado.

Tampoco llevaba escoltas.

Solo una carpeta negra.

Los doce consejeros ya estaban sentados.

Mi madre, Ofelia, ocupaba el lugar junto a Diego con una sonrisa que no intentaba ocultar.

Parecía una celebración.

No una reunión.

El director jurídico aclaró la garganta.

—Señor Santillán, esta sesión extraordinaria tiene como objetivo votar la sustitución del director general.

Diego acomodó su corbata.

—Espero que lo tomes con madurez.

Las acciones necesitan una administración más… estable.

No respondí.

Simplemente me senté.

El abogado continuó.

—Conforme a los poderes registrados, la señora Ofelia Santillán representa el paquete accionario familiar.

—Y el señor Diego Santillán cuenta con el respaldo suficiente para asumir la dirección general.

Varios consejeros comenzaron a asentir.

Mi madre cruzó las manos con tranquilidad.

—Hijo, siempre podrás conservar un puesto honorífico.

—Después de todo, ya no estás en condiciones de tomar decisiones.

Levanté la vista.

—¿Quién dice eso?

Ella deslizó un documento hacia el centro de la mesa.

—Tu firma.

Tomé la hoja.

La reconocí enseguida.

Era uno de aquellos “trámites familiares” que había firmado años atrás sin leerlos completos.

Sonreí.

—¿Ese es el documento que piensan usar?

Diego respondió con arrogancia.

—Es suficiente.

El director jurídico carraspeó.

—En realidad…

No alcanzó a terminar.

La puerta de la sala volvió a abrirse.

Todos giraron la cabeza.

Mariana entró lentamente.

Todavía llevaba la pulsera del hospital.

El embarazo de ocho meses hacía que caminara despacio.

Aun así, mantenía la espalda completamente recta.

Mi madre soltó una carcajada.

—¿También trajiste a la víctima?

Mariana no respondió.

Se acercó a la cabecera de la mesa.

Colocó una carpeta azul frente al presidente del consejo.

—Antes de votar, les ruego que lean esto.

El presidente abrió el expediente.

Su expresión cambió de inmediato.

Le pasó las hojas al director jurídico.

Después al auditor.

El silencio comenzó a extenderse por la sala.

Diego frunció el ceño.

—¿Qué demonios están mirando?

El auditor levantó lentamente la vista.

—Los estatutos originales de Grupo Santillán.

Mi madre sonrió con desprecio.

—Los conozco perfectamente.

El auditor negó con la cabeza.

—No.

Usted conoce una copia.

Levantó el documento original.

El sello notarial brillaba bajo la luz.

—La cláusula cuarta establece que el paquete accionario fundador no pertenece únicamente al señor Emiliano Santillán.

Diego dejó de sonreír.

—¿Qué quiere decir?

El auditor leyó en voz alta.

—”El cincuenta y uno por ciento de las acciones fundadoras permanecerá bajo la administración conjunta del matrimonio formado por Emiliano Santillán y Mariana López, siendo necesaria la firma de ambos para cualquier modificación de control, cesión de poderes o cambio en la dirección general.”

Toda la sala quedó inmóvil.

Mi madre palideció.

—Eso… eso no puede ser.

Mariana habló por primera vez.

Su voz era tranquila.

—Cuando fundamos la empresa, yo invertí todos mis ahorros.

Vendí el collar que heredé de mi abuela.

Firmamos esos estatutos para protegernos mutuamente.

Emiliano nunca me lo dijo porque pensó que jamás tendría que defenderme de su propia familia.

El director jurídico pasó rápidamente las últimas páginas.

Después cerró la carpeta con un golpe seco.

—La convocatoria de esta reunión carece de validez.

Todos lo miraron.

—¿Por qué?

—Porque la señora Mariana nunca autorizó ninguna transferencia accionaria.

Las firmas presentadas por la señora Ofelia solo afectan al cuarenta y nueve por ciento restante.

No alcanzan el control de la compañía.

Diego se puso de pie de un salto.

—¡Eso es imposible!

El auditor respiró hondo.

—Hay algo todavía más grave.

Sacó otro documento.

Era el informe preliminar elaborado durante la madrugada.

—Mientras revisábamos los archivos enviados por el señor Santillán encontramos imágenes de seguridad donde se observa la extracción de oro, dinero en efectivo y documentación corporativa.

También aparecen personas fotografiando información confidencial.

Miró directamente a Ofelia.

—Una de ellas es usted.

Por primera vez desde que comenzó aquella historia, el miedo cambió de lugar.

Ya no estaba en los ojos de Mariana.

Estaba en los de quienes habían creído que podían arrebatarle una empresa a la mujer que, en realidad, seguía siendo su accionista mayoritaria.

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