El taxi avanzó en silencio por la avenida iluminada.
Las luces de neón se reflejaban sobre el cristal, desdibujando mi rostro.
El conductor suspiró.
—A veces, los desconocidos hacen más por uno que la propia familia.
Esbocé una sonrisa apenas perceptible.
—Tiene razón.
No añadí nada más.
Porque el dolor más profundo nunca necesitaba demasiadas palabras.
…
Al llegar al hotel, dejé las dos maletas junto a la cama.
El teléfono volvió a vibrar.
Era un mensaje de mi madre.
«Hiểu Đường, ¿por qué dice Mạn Mạn que robaste su brazalete? Llámame cuando puedas.»
Leí el mensaje varias veces.
Al final solo respondí una frase.
«Mamá, mañana lo entenderás todo.»
Apagué el teléfono.
Aquella noche dormí apenas unas horas.
A las ocho y media de la mañana ya estaba frente a un edificio elegante de granito gris.
Sobre la entrada destacaban unas letras doradas.
Centro Municipal de Registro Inmobiliario.
Respiré hondo.
Entré.
…
—¿Señorita Cố Hiểu Đường?
Una empleada se acercó sonriendo.
—La estábamos esperando.
Por favor, acompáñeme.
Asentí y la seguí hasta una sala de reuniones privada.
Sobre la mesa descansaba una carpeta gruesa.
Dentro había varios documentos.
La mujer señaló el último.
—Solo falta su firma.
Una vez firmados estos documentos, la transferencia de propiedad quedará oficialmente registrada.
Tomé el bolígrafo.
Firmé con calma.
La empleada revisó cada página cuidadosamente.
Después sonrió.
—Enhorabuena.
—A partir de este momento, la villa número uno de la urbanización Lago Esmeralda queda oficialmente inscrita a su nombre.
Sacó una elegante caja de madera.
Dentro estaba la escritura.
Y un llavero negro.
En él brillaba discretamente un emblema plateado.
Aquella llave abría una villa valorada en más de diez millones de yuanes.
La sostuve unos segundos entre los dedos.
Era curioso.
La noche anterior me habían echado de una vivienda que ni siquiera era mía.
Y menos de doce horas después…
Recuperaba la casa que realmente me pertenecía.
…
Mientras salía del edificio, mi teléfono comenzó a sonar otra vez.
Era Cố Minh Viễn.
Esta vez contesté.
Nada más hacerlo, escuché su respiración agitada.
—Hermana…
—Mamá ya regresó.
—Está muy enfadada.
—Dice que vuelvas inmediatamente.
Miré tranquilamente la llave que llevaba en la mano.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya tengo casa.
Hubo un breve silencio.
Entonces escuché la voz de Lâm Mạn arrebatándole el teléfono.
—¡Cố Hiểu Đường!
—¿Todavía estás fingiendo?
—¿Crees que por dormir una noche en un hotel ya eres alguien importante?
—Mamá acaba de descubrir que falta el brazalete.
—Si no vuelves ahora mismo, iremos directamente a denunciarte.
Solté una pequeña risa.
—Perfecto.
—Yo también tengo algo que denunciar.
Lâm Mạn quedó desconcertada.
—¿Qué quieres decir?
—Dentro de una hora lo sabrás.
Colgué sin darle oportunidad de responder.
…
A las diez de la mañana, un coche negro salió lentamente del aparcamiento subterráneo.
Treinta minutos después.
Se detuvo frente a la entrada principal de la urbanización Lago Esmeralda.
Las villas se extendían alrededor de un enorme lago artificial.
Jardines perfectamente cuidados.
Calles silenciosas.
Seguridad privada patrullando constantemente.
El conductor bajó para abrirme la puerta.
—Señorita Cố.
—Hemos llegado.
Asentí.
Arrastré la maleta unos pasos.
En ese momento apareció un administrador vestido con uniforme.
Al verme, sonrió respetuosamente.
—Bienvenida a casa, señorita.
Su voz no era alta.
Pero alguien más la escuchó.
Muy cerca de la entrada, una mujer estaba enseñando varias villas a un grupo de amigas.
Era Lâm Mạn.
En cuanto me vio, su expresión se congeló.
—¿Qué haces aquí?
Se acercó rápidamente, con una mezcla de sorpresa y desprecio.
—¿Has venido a buscar trabajo como empleada doméstica?
Las mujeres que la acompañaban comenzaron a reír.
—¿La conoces?
Lâm Mạn cruzó los brazos.
—Claro.
—Es mi cuñada.
—Ayer mismo salió de nuestra casa con dos maletas.
—Ahora probablemente busca cualquier empleo para sobrevivir.
Las risas se hicieron más fuertes.
Yo permanecí inmóvil.
El administrador miró a Lâm Mạn con evidente extrañeza.
Después volvió la vista hacia mí.
—Señorita Cố.
—¿Desea que la acompañe a inspeccionar la villa?
El ambiente quedó completamente en silencio.
Las sonrisas desaparecieron una tras otra.
Lâm Mạn frunció el ceño.
—¿Qué… qué acaba de decir?
El administrador respondió con total naturalidad.
—La señorita Cố es la propietaria de la villa número uno.

—Hoy viene a recibir oficialmente la vivienda.
Las palabras cayeron como un trueno.
El rostro de Lâm Mạn perdió todo el color.
—¿Propietaria?
—Eso… eso es imposible.
—¡Ella no puede permitirse una villa aquí!
El administrador abrió la carpeta que llevaba consigo.
Mostró la escritura recién registrada.
—Todos los documentos ya han sido verificados.
—No existe ningún error.
Lâm Mạn dio un paso atrás.
Miró la escritura.
Luego me miró a mí.
Y por primera vez desde que la conocía…
La arrogancia desapareció completamente de su rostro.
Yo levanté lentamente la llave negra.
La luz del sol brilló sobre el emblema plateado.
Después sonreí con absoluta calma.
—Ayer dijiste que una mujer de casi treinta años debía comprarse su propia casa.
Hice una breve pausa.
—Gracias por recordármelo.
—Ahora sí…
—Ya no tendré que volver jamás a la vuestra.