PARTE 2: La Verdadera Fundadora

La risa de Diego desapareció de inmediato.

—¿Qué quiere decir con que ella fundó la empresa? —preguntó, mirando alternativamente a su abuelo y a la mujer.

Don Ernesto no respondió enseguida.

Sus ojos permanecían clavados en el rostro de la anciana, como si los cuarenta años que los separaban hubieran desaparecido de golpe.

—¿Puedo…? —preguntó en voz baja.

Ella sonrió apenas.

—Todavía recuerdas cómo pedir permiso.

Él asintió lentamente.

—Nunca lo olvidé.

El anciano tomó una de las manos arrugadas de la mujer con un respeto que ninguno de los empleados le había visto mostrar jamás.

Todos guardaban silencio.

Incluso el ruido del tráfico parecía haberse alejado.

Diego tragó saliva.

Jamás había visto a su abuelo comportarse así frente a nadie.

—Abuelo…

Don Ernesto levantó la vista.

—Escucha bien, Diego. Porque todo lo que crees saber sobre nuestra familia está incompleto.

Respiró profundamente.

—Hace cuarenta años yo no era empresario. Ni siquiera tenía dónde dormir.

La imagen de aquel joven volvió a su memoria.

Una noche de lluvia.

Zapatos rotos.

El estómago vacío después de dos días sin probar bocado.

Había caminado durante horas buscando trabajo.

Nadie quiso contratarlo.

Cuando cayó desmayado en una banca del parque, todos siguieron de largo.

Todos… excepto una persona.

Don Ernesto miró nuevamente a la mujer.

—Ella empujaba un carrito exactamente como este.

La anciana bajó la mirada con modestia.

—Solo vendía tamales para mantener a mi madre enferma.

—Cuando desperté —continuó Ernesto—, tenía una taza de café caliente entre las manos.

Los empleados escuchaban sin moverse.

—Intenté pagarle… pero no tenía ni una moneda.

La mujer soltó una pequeña risa.

—Y aun así insistías en devolverme el dinero.

—Porque tenía dignidad.

—No. Porque tenías orgullo.

Los dos sonrieron con una complicidad nacida décadas atrás.

Diego permanecía inmóvil.

Aquella escena no encajaba con la historia que había escuchado toda su vida.

—Esa mañana —dijo Ernesto— me preguntó cuál era mi oficio.

—Le respondí que sabía reparar maquinaria industrial —añadió la mujer.

—Pero nadie me daba una oportunidad.

Ella cruzó los brazos.

—Entonces hice algo de lo que nunca me arrepentí.

Don Ernesto asintió.

—Sacó una pequeña caja metálica escondida bajo el carrito.

Los ojos del anciano comenzaron a humedecerse.

—Dentro estaban todos sus ahorros.

Los empleados intercambiaron miradas.

La mujer continuó con naturalidad.

—Había tardado nueve años en reunir ese dinero.

—¿Y… se lo dio? —preguntó uno de los asistentes sin poder contenerse.

Ella negó lentamente.

—No.

Todos respiraron aliviados.

Pero sonrió.

—Se lo presté.

Miró directamente a Diego.

—Con una condición.

—¿Cuál? —preguntó él.

—Que cuando triunfara, jamás mirara por encima del hombro a quien empezara desde abajo.

Las palabras golpearon a Diego con más fuerza que cualquier reproche.

Don Ernesto cerró los ojos unos segundos.

—Acepté.

Hizo una pausa.

—Con ese dinero compré mis primeras herramientas.

Después reparé una máquina.

Luego otra.

Más tarde alquilé un pequeño taller.

Cinco años después nació la empresa Salazar.

Diego sintió un nudo en la garganta.

—Entonces… ¿por qué nunca la conocimos?

El silencio volvió.

Fue la mujer quien respondió.

—Porque así lo decidí.

Todos la miraron.

—Ernesto quiso devolverme el dinero muchas veces.

—Con intereses —añadió él.

Ella sonrió.

—Y siempre se los rechacé.

—¿Por qué?

La anciana levantó un tamal del vapor y acomodó cuidadosamente la tapa del recipiente.

—Porque yo no invertí para hacerme rica.

Miró a todos los presentes.

—Invertí para demostrar que un ser humano vale más que el dinero que lleva en el bolsillo.

Nadie fue capaz de decir una palabra.

Don Ernesto respiró hondo.

—Pero eso no es todo.

Diego levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué más hay?

El anciano metió la mano en el bolsillo interior de su saco.

Sacó una vieja cartera de cuero completamente desgastada.

De ella extrajo una hoja amarillenta, cuidadosamente doblada.

La abrió con manos temblorosas.

Era un contrato escrito a mano.

La tinta estaba descolorida.

Abajo aparecían dos firmas.

La de Ernesto.

Y la de aquella mujer.

Don Ernesto entregó el documento a su nieto.

—Lee la última cláusula.

Diego comenzó a leer en voz alta.

“…Si algún día esta empresa prospera, la señora Elena Rojas tendrá siempre el derecho de decidir sobre el futuro moral de la compañía.”

Frunció el ceño.

—¿Derecho de decidir?

Don Ernesto asintió.

—Nunca rompí ese acuerdo.

Los directivos que habían bajado al vestíbulo comenzaron a mirarse entre sí, confundidos.

Diego levantó la vista lentamente.

—¿Quieres decir que…?

Su abuelo respondió antes de que terminara la pregunta.

—Legalmente…

hizo una pausa.

—La única persona que puede decidir quién merece dirigir este grupo empresarial…

miró a Elena con profundo respeto.

—…es ella.

El documento cayó lentamente de las manos de Diego.

Y por primera vez desde que había heredado el apellido Salazar…

comprendió que el verdadero poder jamás había estado en su oficina.

Había permanecido, durante cuarenta años, detrás de un humilde carrito de tamales.

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