El silencio en la sala fue absoluto.
Mauricio dejó de sonreír.
Por primera vez desde que comenzó la audiencia, buscó la mirada de sus abogados.
Ninguno habló.
La jueza Elena Robles volvió a leer el documento.
—Registro Público de Comercio… fecha de constitución… hace quince años.
Levantó la vista.
—Tres años antes de su matrimonio.
Mauricio carraspeó.
—Debe tratarse de un error administrativo.
Mariana negó despacio.
—No hubo ningún error, señora jueza.
Solo hubo una historia que él contó tantas veces que terminó creyéndola.
Sacó otra carpeta de su bolso.
No era gruesa.
Pero estaba perfectamente organizada.
Cada separador tenía una fecha.
Cada fecha tenía un contrato.
Cada contrato tenía una firma.
—Cuando fundé la empresa, trabajaba desde una bodega de sesenta metros cuadrados en Apodaca.
No tenía inversionistas.
No tenía socios.
Solo tenía una computadora usada y un algoritmo para optimizar rutas de reparto.
La jueza hojeó los documentos.
Allí estaban las primeras licencias de software.
Las facturas del servidor.
Los registros del código.
Incluso los correos enviados a los primeros clientes.
Todos llevaban el mismo nombre.
Mariana Elena Ledesma Treviño.
Mauricio intentó interrumpir.
—Yo dirigía las operaciones.
—No al principio —respondió Mariana sin levantar la voz—.
Tú trabajabas como supervisor en otra empresa.
Solo llegabas por las noches para ayudarme a cargar cajas.
Paulina sintió cómo el color desaparecía de su rostro.
Aquella versión nunca la había escuchado.
Siempre creyó que Mauricio era un empresario hecho a sí mismo.
No un empleado que conoció a la verdadera fundadora.
La jueza continuó leyendo.
—Según este fideicomiso, las acciones originales nunca fueron transferidas.
Solo quedaron bajo administración temporal por razones fiscales.
Frunció el ceño.
—¿Quién redactó este contrato?
Mariana respondió de inmediato.
—El notario Álvaro Castañeda.
Está retirado, pero hoy comparece como testigo.
La puerta de la sala se abrió.
Un hombre de cabello completamente blanco entró apoyándose en un bastón.
Llevaba una pequeña caja metálica entre las manos.
—Buenos días, señora jueza.
La caja fue colocada sobre la mesa.
El notario la abrió con una llave antigua.
Dentro había un libro de protocolos y un sobre lacrado.
—Hace quince años la ingeniera Mariana Ledesma me pidió custodiar estos documentos.
Solo debían abrirse si alguien intentaba desconocer su propiedad.
Mauricio sintió un vacío en el estómago.
Conocía aquella caja.
Había preguntado por ella durante años.
Siempre creyó que el notario la había destruido.
El anciano rompió el sello.
Sacó un documento amarillento.
—Aquí consta que la totalidad de las acciones fundadoras pertenecen exclusivamente a la señora Mariana Ledesma.
Nunca fueron vendidas.
Nunca fueron donadas.
Nunca fueron cedidas.
La jueza levantó lentamente la vista.
—Entonces…
¿El señor Villarreal jamás fue propietario mayoritario de la empresa?
El notario respondió sin titubear.
—Legalmente, nunca lo fue.
Solo fue administrador designado por la propietaria.
Las piernas de Mauricio comenzaron a temblar.
Paulina lo miró como si estuviera viendo a un desconocido.
Todo el prestigio que él había construido durante doce años acababa de resquebrajarse en menos de cinco minutos.
Pero Mariana aún no había mostrado la prueba que realmente había llevado a ese juicio.
Sacó una memoria USB del bolsillo interior de su saco.
La dejó frente a la jueza.
—Señoría…

Aquí no solo está la verdad sobre la empresa.
También está la razón por la que mi esposo quería quitarme a mis hijos con tanta desesperación.
Y cuando la jueza preguntó qué contenía exactamente aquel archivo, Mariana respondió con una serenidad que hizo que Mauricio cerrara los ojos.
—La conversación donde él y su amante planean quedarse con mis gemelos… porque saben que, si los pierden, también perderán el control de toda la herencia.
Leer la Parte 3 a continuación.