Todo el restaurante quedó en silencio.
Rodrigo soltó una risa nerviosa.
—Lucía… deja de hacer escenas.
Miró al gerente.
—¿Qué significa esto? ¿Quién permitió que mi esposa interrumpiera una cena privada?
El gerente regional ni siquiera lo miró.
Se volvió hacia Lucía.
—Licenciada Castillo, ¿desea que cerremos el restaurante?
Rodrigo dejó de sonreír.
—¿Licenciada… qué?
Lucía abrió lentamente la carpeta.
Dentro había escrituras, estados financieros y un organigrama corporativo.
—Hace veinte años mi abuelo fundó Casa del Virrey.
—Cuando murió, las acciones pasaron a un fideicomiso familiar.
Pasó la primera hoja.
—Hace nueve años ese fideicomiso quedó a mi nombre.
Camila frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
El abogado Esteban Rivas respondió antes que Lucía.
—Que la señora Lucía Castillo de Montalvo posee el sesenta y ocho por ciento de la cadena Casa del Virrey.
—Este hotel.
—Los otros doce hoteles históricos del grupo.
—Y la empresa administradora.
Rodrigo sintió que el estómago se le cerraba.
—Eso… eso es imposible.
Lucía lo miró por primera vez directamente.
—¿Recuerdas cuando me preguntabas por qué viajaba tanto a Querétaro?
Él permaneció callado.
—No iba a revisar terrenos viejos.
—Iba a presidir el consejo de administración.
Camila retrocedió un paso.
Toda la confianza desapareció de su rostro.
Lucía tomó otra hoja.
—Ahora hablemos de esta cena.
La deslizó frente a Rodrigo.
Era la cuenta del restaurante.
Suite Imperial.
Dos noches.
Champaña francesa.
Botellas de mezcal de colección.
Joyas compradas en la boutique del hotel.
Servicio de spa.
Todo cargado a la tarjeta corporativa de la empresa de Rodrigo.
Lucía levantó la vista.
—¿Tus socios saben que financias tus aventuras personales con recursos de la compañía?
Rodrigo intentó cerrar la carpeta.
El abogado puso una mano sobre ella.
—No la toque.
Hay evidencia suficiente para una auditoría.
Camila comenzó a ponerse pálida.
—Rodrigo… tú dijiste que este viaje era por inversionistas.
Él no respondió.
Lucía sacó un sobre blanco.
—Y todavía falta algo.
Dentro había fotografías.
No de esa noche.
De los últimos siete meses.
Rodrigo abrió mucho los ojos.
Restaurantes.
Hoteles.
Viajes.
Regalos.
Siempre con Camila.
Siempre durante horarios laborales.
—¿Me seguiste?
Lucía negó.
—No.
Miró al gerente.
—Las cámaras son propiedad del hotel.
Después señaló las fotografías.
—Y los registros de acceso también.
Tomó otra hoja.
—Además, cada reserva hecha por huéspedes VIP llega automáticamente a mi oficina para autorización cuando supera cierto monto.
Rodrigo sintió un escalofrío.
Cada escapada.
Cada mentira.
Había pasado por el escritorio de su esposa.
Y ella nunca dijo una palabra.
Camila dio un paso atrás.
—¿Tú… sabías todo?
Lucía asintió.
—Desde hace siete meses.
—¿Entonces por qué no hiciste nada?
Lucía sonrió con serenidad.
—Porque una persona que miente termina revelándose sola.
Miró la mesa.
—Solo esperaba el momento adecuado.
El gerente regional entregó otra carpeta.
—Licenciada.
Aquí están los documentos que solicitó.
Rodrigo reconoció inmediatamente el logotipo.
Era el contrato de eventos corporativos de su empresa.
Lucía lo abrió.
—Curioso.
Durante cuatro años tu empresa organizó convenciones en mis hoteles.
Rodrigo respiró con dificultad.
Ella continuó.
—Siempre pedías descuentos especiales.
—Siempre decías que el propietario era un viejo amigo tuyo.
Algunos invitados del restaurante comenzaron a reconocerlo.
Los murmullos crecieron.
—¿Ese no es el financiero de televisión?
—Sí…
—El mismo.
Lucía cerró lentamente la carpeta.
—Rodrigo.
Durante años repetiste delante de todos que yo no entendía de negocios.
Él bajó la mirada.
—Mientras tú administrabas una oficina…
—Yo administraba un patrimonio veinte veces mayor.
El silencio fue absoluto.
En ese momento sonó el teléfono del gerente.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió.
Miró inmediatamente a Lucía.
—Licenciada…
—Acaban de llegar.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Quién llegó?
Nadie respondió.
Las puertas principales del restaurante se abrieron.
Entraron cuatro hombres con trajes oscuros.
Detrás de ellos caminaban dos auditores y una mujer con una credencial oficial de la Comisión Nacional Bancaria.
El abogado Esteban tomó aire.
—Llegaron antes de lo previsto.
Rodrigo sintió que el corazón comenzaba a latir con fuerza.
Lucía guardó la carpeta.
Luego pronunció una frase que hizo desaparecer el color de su rostro.
—Rodrigo… yo no vine esta noche para descubrir tu infidelidad.
Hizo una breve pausa.
—Vine porque hace tres días descubrimos que alguien ha estado desviando millones de pesos usando exactamente la misma tarjeta corporativa con la que acabas de pagar esta cena.
Los auditores caminaron directamente hacia la mesa.
Y el primero de ellos preguntó sin rodeos:

—¿Señor Rodrigo Montalvo?
—Necesitamos que nos acompañe.
Su empresa acaba de ser incluida en una investigación federal por fraude financiero.