A las nueve de la mañana siguiente sonó el timbre.
No fui sola.
A mi lado caminaban mi abogada, mi representante editorial y un hombre de traje gris que Ethan conocía demasiado bien.
Adrian Cole.
Director ejecutivo del Grupo Cole Publishing.
El mismo grupo que había convertido mis novelas en un fenómeno internacional.
Cuando la puerta se abrió, la señora Eleanor Ward ya estaba dentro de la casa.
Su expresión se iluminó al verme.
—¡Sofía! Menos mal llegaste. Anoche Ethan me llamó diciendo que estabas haciendo un escándalo por culpa de Clara.
Entonces vio a las personas detrás de mí.
—¿Qué significa esto?
Entré sin pedir permiso.
Era la última vez que cruzaría aquella puerta.
Ethan bajó las escaleras.
Al verme acompañado, frunció el ceño.
—¿Qué haces aquí otra vez?
Su mirada pasó por Adrian.
Tardó apenas unos segundos en reconocerlo.
Su expresión cambió.
—Señor Cole…
Extendió la mano con entusiasmo.
—Es un honor conocerlo. Mi empresa lleva meses intentando conseguir una reunión con usted.
Adrian no respondió al saludo.
Solo dijo con absoluta tranquilidad:
—Vengo por la señora Sofía Miller.
Ethan me miró confundido.
—¿La conoces?
Adrian sonrió apenas.
—La conozco desde hace ocho años.
—Es nuestra autora más importante.
La sala quedó completamente en silencio.
Clara soltó una risa nerviosa.
—Debe haber una confusión.
—Sofía trabaja como editora.
Mi representante editorial abrió un portafolio.
Sacó varias portadas de libros.
Las colocó una junto a otra sobre la mesa.
Todos los títulos llevaban el mismo nombre.
La Voz de las Esposas.
Después colocó el contrato original.
En la primera página aparecía claramente mi firma.
Sofía Miller.
Ethan tomó el documento con manos temblorosas.
Lo leyó.
Volvió a leerlo.
Después levantó lentamente la vista.
—No…
—Eso no puede ser.
Mi representante habló con serenidad.
—Las regalías ingresadas ayer ascienden a diez millones de dólares.
—Y la cifra seguirá aumentando tras la reimpresión internacional.
Clara dejó caer la taza que sostenía.
El porcelanato estalló contra el suelo.
Eleanor dio un paso hacia mí.
—¿Todo ese dinero… era tuyo?
Asentí.
—Desde hace años.
Ethan seguía sin reaccionar.
—Pero…
—¿Por qué nunca dijiste nada?
Lo miré con calma.
—Porque quería saber si algún día me valorarías sin conocer mi cuenta bancaria.
Él cerró los ojos.
Como si acabara de comprender cada conversación de los últimos tres años.
Las veces que insistía en que yo “aportaba poco”.
Las ocasiones en que me llamaba editora mediocre.
Los comentarios de Clara diciendo que yo dependía económicamente de Ethan.
Todo había sido mentira.
La única persona realmente rica en esa casa…
Era yo.
En ese momento mi abogada deslizó otra carpeta sobre la mesa.
—Señor Ward.
—Antes de firmar el divorcio, usted declaró bajo juramento que los bienes obtenidos durante el matrimonio eran exclusivamente fruto de su actividad empresarial.
Él asintió lentamente.
—Sí.
Ella abrió un estado financiero.
—Curioso.
Señaló varias transferencias.
—Durante tres años, las regalías de la señora Miller pagaron la hipoteca de esta vivienda.
Otra página.
—También cubrieron la remodelación.
Otra más.
—Y financiaron la empresa que usted presentó como éxito personal.
Ethan comenzó a palidecer.
—Eso…
—Eso era dinero de nuestra cuenta conjunta.
Mi abogada negó con la cabeza.
—No.
—Las regalías fueron depositadas primero en una cuenta privada perteneciente exclusivamente a mi clienta.
—Después ella decidió transferir parte del dinero al patrimonio familiar.
Hizo una pausa.
—Existe una diferencia enorme.
Adrian Cole intervino por primera vez.
—La señora Miller financió sus sueños.
Lo miró directamente.
—Usted simplemente creyó que eran propios.
Clara respiró hondo.
Intentó recuperar la compostura.
—Aunque eso sea cierto…
Miró la casa.
—El divorcio ya está firmado.
—La casa sigue siendo de Ethan.
Mi abogada sonrió.
Era la primera vez que sonreía en toda la mañana.
Sacó un último documento.
—Tiene razón.
—La casa quedó para el señor Ward.
—Porque mi clienta la rechazó voluntariamente.
Clara sonrió con alivio.
Hasta que la abogada añadió:
—Sin embargo…
Levantó otro contrato.
—El terreno sobre el que fue construida pertenece a una sociedad patrimonial cuyo único accionista es la señora Sofía Miller.
El silencio fue absoluto.
Ethan dejó escapar apenas un susurro.
—¿Qué…?
Mi abogada cerró lentamente la carpeta.
—La vivienda es suya.
—Pero el terreno nunca dejó de pertenecer a mi clienta.
Miré a Ethan por última vez.
—Te regalé una casa.
Hice una breve pausa.
—Olvidaste preguntar sobre el suelo que la sostenía.
Entonces Adrian recibió una llamada.
Escuchó apenas unos segundos.
Después me miró.
—Sofía…
—Acaban de confirmar algo más.
Guardó el teléfono lentamente.
—La novela que publicaremos el próximo mes ya rompió el récord de preventas.
Sonrió con discreción.

—Y está basada en una historia real.
Los ojos de Ethan se abrieron con incredulidad.
Porque acababa de entender que, además de perder a su esposa…
Estaba a punto de convertirse en el protagonista del libro que leería todo el país.