PARTE 2: LA VERDAD SOBRE MATEO CAMBIÓ LA CITA PARA SIEMPRE

Julián no dio un paso más.

Podía fingir que no había visto el mensaje, despedirse con una sonrisa y volver a su vida perfectamente ordenada.

Pero algo en la forma en que Mariana abrazaba a Mateo le dijo que aquella historia no era la que parecía.

—Mariana…

Ella levantó la vista.

—No tienes que explicarme nada —dijo él con calma—. Pero si alguna vez necesitas que alguien simplemente escuche… sé hacerlo.

Durante unos segundos ella permaneció inmóvil.

Después sonrió con tristeza.

—Hace mucho que nadie me dice eso.

Subió a Mateo al asiento trasero con el cuidado de quien acomoda un tesoro, le puso el cinturón y cerró la puerta despacio.

Antes de subir al volante respiró hondo.

—Mateo no es mi hijo.

Julián asintió.

—Lo imaginé.

—Pero tampoco es solo mi sobrino.

Su voz empezó a quebrarse.

—Mi hermana Sofía murió hace dos años, tres días después de dar a luz. Desde entonces él vive conmigo.

El ruido de la ciudad parecía haberse apagado.

—¿Y su papá?

Mariana bajó la mirada.

—Nunca quiso hacerse cargo. Al principio desapareció. Ahora que Mateo cumplió cuatro años… su familia dice que quiere recuperarlo.

—¿Él también?

Ella negó lentamente.

—No. Él murió el año pasado en un accidente. Pero sus padres aparecieron con abogados diciendo que Mateo lleva su sangre y debe crecer con ellos.

Julián entendió entonces el mensaje que había visto en el teléfono.

“La familia paterna quiere hablar de la custodia.”

No era una invitación.

Era una advertencia.

A la mañana siguiente, Mariana llegó al juzgado familiar de la Ciudad de México con una carpeta llena de documentos y el estómago completamente vacío.

Mateo iba de la mano de ella, abrazando al inseparable Señor Mordidas.

Al cruzar la puerta principal vio a una pareja elegante esperándolos.

El hombre llevaba un traje impecable.

La mujer sostenía un bolso de diseñador.

Ninguno miró primero a Mateo.

Miraron a Mariana.

—Así que tú eres la maestra.

La frase sonó como un desprecio.

—Soy la tutora legal de Mateo.

—Por ahora —respondió la mujer con una sonrisa fría.

Mateo se escondió detrás de la pierna de Mariana.

Ella sintió cómo los pequeños dedos se aferraban a su pantalón.

—Tía…

—Estoy aquí.

El niño levantó la cabeza.

—¿No me van a llevar con ellos?

Mariana tragó saliva.

—No mientras yo pueda impedirlo.

Esa misma tarde, Julián recibió un mensaje inesperado.

Era de Mariana.

“Perdón por escribirte. Sé que apenas nos conocemos… pero hoy fue uno de los peores días de mi vida.”

Él no respondió con consejos.

Solo escribió:

“¿Ya comieron?”

Cinco minutos después estaba frente al edificio donde vivían.

Subió con dos pizzas, jugo y una bolsa llena de dinosaurios de plástico que había comprado de camino.

Cuando Mateo abrió la puerta, lo reconoció enseguida.

—¡El señor carísimo!

Julián soltó una carcajada.

—Vine a defender mi reputación.

Mateo tomó una de las cajas.

—Entonces pasa.

Pero solo si la pizza trae suficientes rebanadas.

Mariana apareció detrás, completamente avergonzada.

—No tenías que venir.

Él miró el pequeño departamento.

Muebles sencillos.

Paredes con dibujos infantiles.

Libros de cuentos apilados junto al sofá.

Nada de lujos.

Pero sí una calidez que hacía años no encontraba en las enormes casas donde solía cenar.

Mientras cenaban en el piso del departamento, Mateo comenzó a quedarse dormido con la cabeza apoyada sobre la pierna de Mariana.

Antes de cerrar los ojos murmuró:

—¿Tía?

—¿Sí, corazón?

—Si algún día ellos me llevan…

Quiero que vengas por mí.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Mariana.

Julián sintió un nudo en la garganta.

Y en ese instante tomó una decisión silenciosa.

No permitiría que aquel niño volviera a sentirse abandonado.

Lo que ninguno de los tres imaginaba…

Era que, a pocas calles de allí, el abuelo paterno de Mateo acababa de reunirse con un prestigioso despacho de abogados.

Sobre la mesa dejó una carpeta con una fotografía de Mariana.

Y pronunció una frase que hizo que todos guardaran silencio.

—No quiero visitas compartidas.

Quiero quitarle al niño para siempre.

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