Daniel sintió que el despacho entero se le venía encima.
Su padre caminaba de un lado a otro con el rostro desencajado mientras varios ejecutivos permanecían en silencio, incapaces de intervenir.
Los teléfonos no dejaban de sonar.
Cada llamada traía una noticia peor que la anterior.
Un banco exigía nuevas garantías.
Otro suspendía temporalmente un desembolso millonario.
Los abogados pedían una reunión urgente.
—¿Cómo pudo hacer esto? —preguntó Daniel, todavía sin comprender.
Su padre golpeó la mesa.
—Porque nunca entendiste con quién te casaste.
Le lanzó una carpeta.
Dentro estaban los documentos que él jamás había leído durante su matrimonio.
La primera página llevaba el nombre del padre de su exesposa.
El hombre que años atrás había desarrollado la tecnología que permitió a la familia Chen obtener el contrato más importante de su historia.
—Cuando tu abuelo enfermó, él aceptó ceder el uso de sus patentes únicamente porque su hija estaba casada contigo —dijo el anciano con la voz quebrada—. Esa autorización dependía del matrimonio.
Daniel abrió la boca, incapaz de pronunciar una palabra.
Siempre creyó que aquel acuerdo pertenecía a la empresa.
Nunca imaginó que dependía de una sola firma.
La de su esposa.
En ese instante, la puerta del despacho se abrió de golpe.
Su madre entró tomada del brazo de Vanessa.
—¿Qué está pasando? —preguntó alarmada.
Nadie respondió.
El padre de Daniel señaló a Vanessa.
—¿Valía la pena destruir una familia por esto?
La joven retrocedió un paso, confundida.
—Yo… yo no sabía nada.
—Claro que no lo sabías —respondió él con amargura—. Porque ustedes solo veían el dinero.
Al mismo tiempo, yo me encontraba sentada en la oficina de mi abogado.
Frente a nosotros descansaban varios documentos sellados por el registro mercantil.
Mi abogado sonrió por primera vez desde que comenzó el divorcio.
—Todo salió exactamente como estaba previsto.
—¿Ya notificaron al grupo Chen?
Asintió.
—Y aún falta lo más importante.
Sacó un sobre color marfil.
Lo colocó frente a mí con cuidado.
—Tu padre dejó instrucciones de entregártelo únicamente si algún día demostraban una infidelidad dentro del matrimonio.
Sentí un escalofrío.
Mi padre había muerto cuatro años antes.
Con manos temblorosas rompí el sello.
Dentro había una carta escrita de su puño y letra.
Pero no estaba sola.
También encontré una memoria USB.
Mi abogado bajó la voz.

—Según el inventario notarial, ahí está la prueba que puede decidir quién conservará el control definitivo del grupo Chen.
Miré la pequeña memoria entre mis dedos.
Comprendí que el divorcio apenas había sido el primer movimiento.
La verdadera batalla estaba a punto de comenzar.