No respondí.
Di un paso atrás.
Busqué la llave de mi apartamento con manos que temblaban más de lo que quería admitir.
Ethan no intentó detenerme.
Solo esperó.
Cuando por fin encontré la cerradura, abrí la puerta y entré sin despedirme.
La cerré con dos vueltas de llave.
Apoyé la espalda contra la madera.
Y permanecí inmóvil.
Al otro lado del pasillo no se escuchaba nada.
Ni un golpe.
Ni una protesta.
Solo el sonido de otra puerta cerrándose con calma.
Como si realmente hubiera venido para quedarse.
A la mañana siguiente salí temprano.
Esperaba evitarlo.
Pero apenas cerré mi puerta, escuché la suya abrirse.
—Buenos días, Olivia.
Suspiré.
—¿No tienes una empresa que dirigir?
—Sí.
—¿Y no deberías estar allí?
—Dentro de una hora.
Se acercó despacio.
—Primero quiero acompañarte al metro.
—No necesito compañía.
—Lo sé.
Su respuesta fue tan tranquila que me desarmó.
—Pero quiero asegurarme de que llegues bien.
Apreté el bastón.
—Cinco años sin saber de mí y ahora decides preocuparte.
Hubo un breve silencio.
—Cinco años buscándote.
Sentí que el corazón se detenía un instante.
No contesté.
Caminé hacia el ascensor.
Él me siguió, manteniendo siempre una distancia prudente.
No intentó tocarme.
No intentó tomar mi brazo.
Solo caminó a mi lado.
Dos días después encontré una bolsa colgada del pomo de mi puerta.
Dentro había café recién molido.
Mi favorito.
Sin azúcar.
Como lo tomaba cuando estudiábamos juntos.
También había una nota.
“No tienes que hablar conmigo. Solo desayuna.”
No llevaba firma.
No hacía falta.
Claire llegó esa tarde.
Al ver la bolsa sonrió.
—Sigue recordándolo todo.
—No quiero hablar de él.
—Entonces hablemos de otra cosa.
Se sentó frente a mí.
—¿Sabes qué me parece extraño?
—¿Qué?
—Que nunca te preguntó por qué perdiste la vista.
Bajé lentamente la cabeza.
Ella tenía razón.
Ethan nunca preguntó.
Ni una sola vez.
Como si hubiera decidido esperar.
O como si tuviera miedo de la respuesta.
Esa noche llamaron a mi puerta.
Pensé que era Claire.
Abrí.
Era Ethan.
No llevaba flores.
Ni regalos.
Solo una carpeta.
—Encontré esto.
Me la entregó.
La reconocí enseguida.
Era mi antiguo expediente universitario.
—¿Por qué tienes esto?
—Porque estuve intentando reconstruir lo que pasó.
Respiré hondo.
—No deberías.
Él ignoró mi respuesta.
—Descubrí que desapareciste una semana antes de nuestra graduación.
—Renunciaste al empleo que habías conseguido.
—Cancelaste el contrato del apartamento.
—Cambiaste de número.
—Y nadie volvió a saber de ti.
Levantó la vista.
—No hiciste eso porque dejaras de quererme.
Sentí que las lágrimas amenazaban con salir.
—No sabes nada.
—Lo sé.
Por eso estoy aquí.
Hubo un largo silencio.
Finalmente preguntó con mucha suavidad:
—¿Fue un accidente?
Mis dedos se aferraron al marco de la puerta.
No respondí.
Él observó las pequeñas cicatrices junto a mi sien.
Después habló casi en un susurro.
—¿Perdiste la vista después de irte?
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.
Cinco años.
Cinco años sin permitir que nadie pronunciara esa pregunta.
Di un paso atrás.
—Vete, Ethan.
—Olivia…
—Por favor.
Su respiración se volvió pesada.
Pero no insistió.
Antes de irse dejó la carpeta en el suelo.
—No necesito que vuelvas conmigo.
Su voz sonó cansada.
—Solo necesito saber si pasé cinco años odiándote por algo que nunca hiciste.
La puerta se cerró lentamente.
Me dejé caer hasta quedar sentada en el suelo.
Temblando.
Miré hacia la caja metálica que llevaba años escondida bajo la estantería.

Dentro seguía guardado el sobre del hospital.
El informe del accidente.
Y la única carta que jamás me atreví a enviarle.
Una carta escrita cinco años atrás que empezaba con una sola frase:
“Ethan, cuando leas esto, probablemente yo ya no pueda volver a mirarte nunca más.”