El miedo en los ojos de Adrián duró apenas un segundo.
Después volvió a convertirse en el hombre frío que aparecía en todas las portadas de negocios.
Tomó lentamente la solicitud de custodia y la dejó otra vez sobre la mesa.
—Sabía que encontrarías ese documento.
—Entonces explícamelo.
Nicolás permanecía inmóvil junto al sofá, mirando a uno y a otro.
Adrián respiró hondo.
—Jamás pensé usarla contra ti.
—Pero la preparaste.
—Porque cuando te encontré no sabías quién eras.
Su voz perdió firmeza por primera vez.
—No me recordabas. No recordabas a Nicolás. Si alguien volvía a llevársete antes de que pudiera protegerte legalmente, podía perderlos a los dos otra vez.
Lo observé en silencio.
—¿Y decidiste ocultarme que tenía un hijo?
—El médico me pidió tiempo.
—¿Qué médico?
Adrián abrió otra carpeta.
Sacó un informe neurológico.
—El doctor Esteban Ramos. Él trató tu amnesia después del accidente.
Deslicé la vista por las hojas.
Una frase resaltada hizo que el aire me faltara.
“La recuperación brusca de recuerdos mediante un impacto emocional podría provocar una recaída severa.”
—¿Creíste que era mejor mentirme?
—Creí que era mejor esperar.
—Esperaste tres meses.
—Porque alguien seguía entrando a tu edificio.
Fruncí el ceño.
Adrián sacó varias fotografías.
Todas estaban fechadas durante las últimas semanas.
En ellas aparecía un mismo hombre.
Cabello gris.
Gorra oscura.
Siempre observando la entrada de mi edificio desde distintos vehículos.
Jamás lo había visto.
—Nuestros investigadores lo siguieron.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sabemos.
—¿Y por eso enviaste a Nicolás?
Adrián giró hacia su hijo.
El pequeño bajó la cabeza.
—Yo me escapé.
Hubo un largo silencio.
—Encontré la caja en tu despacho —dijo Nicolás con voz baja—. Vi la foto de mamá… y pensé que, si ella estaba viva, podía preguntarle directamente.
Adrián cerró los ojos.
No había enojo en su expresión.
Solo alivio de que el niño estuviera sano.
En ese instante sonó un teléfono.
No era el mío.
Era el de Adrián.
Miró la pantalla y su rostro cambió de inmediato.
Contestó.
—Habla.
Del otro lado apenas se escuchaban palabras, pero bastaron unos segundos para borrar todo el color de su cara.
—¿Estás completamente seguro?
Silencio.
—No dejen salir a nadie.
Colgó lentamente.
—¿Qué pasó?
Me miró fijamente.
—Entraron esta madrugada en mi despacho.
Sentí un escalofrío.
—¿Robaron algo?
Adrián negó con la cabeza.
—No tocaron el dinero. Ni los documentos de la empresa.
—Entonces…
—Solo faltan dos cosas.
—¿Cuáles?
Su respuesta llegó como un golpe.
—La fotografía donde aparecías en el hospital.
Miré el espacio vacío sobre la mesa.
La misma fotografía que Nicolás había llevado conmigo la noche anterior.
—¿Y la segunda?
Adrián tragó saliva antes de responder.
—El expediente original de tu accidente.
En ese momento, Nicolás levantó lentamente la mano.
Los dos lo miramos.
El pequeño abrió su mochila azul.
Metió la mano hasta el fondo.
Y sacó un sobre amarillo que ninguno de los adultos había visto antes.

—Creo… que esto también estaba dentro de la caja.
Lo dejó sobre la mesa.
En la esquina podía leerse, con tinta roja y letras grandes:
“Abrir únicamente si Elena Rivas aparece con vida.”