PARTE 2: La Verdad Que Nunca Debió Descubrir

Taylor permaneció inmóvil frente a la puerta de la habitación.

Las palabras del cardiólogo seguían resonando en su cabeza.

—Su esposa padece una miocardiopatía avanzada. Sin tratamiento adecuado, cada episodio puede ser más peligroso que el anterior.

Él tardó varios segundos en reaccionar.

—¿Desde cuándo lo sabe?

El médico bajó la mirada al expediente.

—Casi dos años.

Taylor sintió un vacío en el estómago.

Dos años.

Mucho antes de conocerlo.

Mucho antes de aquella absurda apuesta.


Entró despacio en la habitación.

Maya seguía dormida.

Su rostro estaba pálido.

Los cables del monitor parecían demasiado grandes para alguien tan pequeña.

Taylor tomó una silla y se sentó a su lado.

Por primera vez desde que la conocía, no tenía ninguna respuesta ingeniosa.

Solo preguntas.

Cuando Maya abrió lentamente los ojos, encontró a Taylor allí.

Despeinado.

Con la corbata aflojada.

Los ojos enrojecidos.

—¿Cuánto escuchaste? —preguntó ella con voz débil.

—Todo.

El silencio volvió a llenar la habitación.

Finalmente él habló.

—¿Por qué nunca me lo dijiste?

Maya sonrió con tristeza.

—Porque no era parte del trato.

Taylor sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

El trato.

Siempre el trato.

Ella seguía creyendo que todo entre ellos era un contrato.


—¿Cuánto tiempo? —preguntó él casi en un susurro.

Maya tardó en responder.

—Los médicos no hacen promesas.

—Maya.

Ella cerró los ojos.

—Quizá unos años.

Quizá menos.

Taylor bajó la cabeza.

Recordó todas las veces que ella rechazó un viaje.

Las ocasiones en que decía estar cansada.

Las escaleras que subía lentamente.

Los desayunos que apenas probaba.

Nunca fue orgullo.

Nunca fue frialdad.

Era dolor.

Y él jamás lo vio.


Al día siguiente apareció Ethan.

El amigo que había propuesto la apuesta.

Entró sonriendo.

—¿Cómo está la novia temporal?

Taylor se levantó lentamente.

Lo golpeó antes de que terminara la frase.

El puñetazo hizo que Ethan cayera sobre una silla.

Toda la sala quedó paralizada.

—No vuelvas a llamarla así.

Era la primera vez que alguien escuchaba a Taylor hablar con aquella rabia.

Ethan se limpió el labio ensangrentado.

—¿Perdiste la cabeza?

Taylor respondió sin apartar la vista.

—No.

La encontré.


Horas después, Maya recibió la visita de una enfermera.

—Su esposo no se ha movido del pasillo desde anoche.

Ella sonrió con amargura.

—No es mi esposo de verdad.

La enfermera frunció el ceño.

—No sé qué pasó entre ustedes.

Pero lleva doce horas rechazando llamadas, reuniones y entrevistas.

Solo pregunta una cosa.

Maya levantó la vista.

—¿Qué pregunta?

—Si usted ya despertó.


Aquella misma tarde, el abogado de Taylor llegó al hospital.

Traía una carpeta.

—Señor King.

Aquí está la documentación para terminar el acuerdo matrimonial en cuanto la señora firme el alta.

Taylor tomó la carpeta.

La observó unos segundos.

Después la rompió lentamente delante de todos.

El abogado quedó desconcertado.

—¿Qué está haciendo?

Taylor habló sin levantar la voz.

—La apuesta terminó.

El abogado asintió.

—Entonces prepararemos el divorcio.

Taylor negó.

—No.

Miró hacia la habitación donde Maya descansaba.

—Preparará un nuevo contrato.

El abogado abrió los ojos.

—¿Con qué condiciones?

Taylor respondió sin dudar.

—Ninguna.

Porque esta vez no quiero una esposa por seis meses.

Quiero convencer a la mujer que más he lastimado de quedarse… aunque sea ella quien ya no crea que le queda tiempo.

Pero ninguno de los dos sabía que, mientras hablaban, una mujer observaba desde el otro extremo del pasillo con una expresión helada.

Llevaba un elegante abrigo negro y sostenía un sobre con el logotipo de la Fundación King.

Dentro había un documento firmado años atrás que revelaba una verdad capaz de cambiar por completo la historia de Maya… y también el motivo por el que Taylor había sido elegido para aquella apuesta desde el principio.

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