El trayecto hasta el hospital transcurrió en un silencio insoportable.
Adrian conducía.
Yo iba en el asiento del copiloto, con las manos entrelazadas sobre el regazo.
Cinco años atrás habría dado cualquier cosa por volver a estar a su lado.
Ahora, cada kilómetro me hacía sentir más lejos de él.
Ninguno habló.
Solo cuando el edificio del Hospital Saint Mary apareció frente a nosotros, Adrian apagó el motor.
—Después de ver a tu madre… necesito explicarte todo.
No lo miré.
—Llevas cinco años diciendo eso.
Él cerró los ojos un instante.
—Porque durante cinco años no supe dónde encontrarte.
No respondí.
Entré directamente al hospital.
Mi madre estaba mucho más delgada de lo que imaginaba.
Las máquinas emitían un pitido constante.
Su cabello, antes completamente negro, era ahora casi blanco.
Cuando abrió los ojos y me vio, comenzó a llorar.
—Sofía…
Corrí hasta su cama y la abracé con cuidado.
Ninguna de las dos habló durante varios segundos.
Solo nos abrazamos.
Finalmente levantó la vista.
No hacia mí.
Hacia Adrian.
—Tú también viniste…
Él asintió en silencio.
Mi madre respiró profundamente.
—Los dos… juntos…
Parecía aliviarle más esa imagen que cualquier medicamento.
Después hizo un gesto para que cerráramos la puerta.
Su expresión cambió por completo.
—Ya no puedo seguir callando.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Callando qué?
Mi madre buscó algo dentro del cajón de la mesa de noche.
Sacó un sobre amarillento.
Muy antiguo.
En el frente había una fecha escrita a mano.
Hace cinco años.
Lo reconocí inmediatamente.
Era el mismo día de mi boda.
—¿Qué es eso?
Me lo entregó con manos temblorosas.
—La carta que nunca te dejé leer.
Sentí que el corazón empezaba a latir con fuerza.
—¿Quién la escribió?
Mi madre bajó la mirada.
—Adrian.
Lo observé.
Él permanecía completamente inmóvil.
Como si conociera perfectamente aquel sobre.
Lo abrí lentamente.
La primera línea hizo que me faltara el aire.
“Sofía, cuando leas esta carta probablemente ya me odiarás…”
Levanté la vista.
—¿Qué significa esto?
Adrian habló por primera vez.
—La escribí la madrugada antes de nuestra boda.
Seguí leyendo.
“Vanessa me dijo que, si me casaba contigo, destruiría a tu familia.”
Mis manos comenzaron a temblar.
Continué.
“Asegura que el niño es mío. Me exige abandonar la boda o hará público algo que puede enviar a tu padre a prisión por un delito que nunca cometió.”
Sentí que la habitación daba vueltas.
Miré a Adrian.
—¿Por qué nunca me entregaste esto?
No contestó.
Fue mi madre quien respondió.
Con lágrimas en los ojos.
—Porque yo se lo impedí.
Todo quedó en silencio.
—¿Qué…?
Mi voz apenas salió.
Ella rompió a llorar.
—Vanessa vino a verme aquella madrugada.
Dijo que si cancelábamos la boda discretamente… todo terminaría.
Pero si tú descubrías la verdad… publicaría unos documentos falsificados contra tu padre.
Me llevé una mano a la boca.
Mi padre había fallecido dos años después creyendo que yo había abandonado voluntariamente al amor de mi vida.
Mi madre siguió hablando.
—Pensé que protegía a la familia.
Pensé que el tiempo curaría todo.
Me equivoqué.
Cinco años.
Cinco años destruidos por una decisión tomada en una sola noche.
Me giré lentamente hacia Adrian.
—Entonces…
Él terminó la frase.
—Nunca te abandoné.
Nunca fui al altar porque ya sabía que tú no aparecerías.
Fruncí el ceño.
—¿Cómo podías saberlo?
Adrian respiró hondo.
—Porque cuando llegué a tu habitación del hotel… ya no estabas.
Sentí un escalofrío.
—¿Fuiste a buscarme?
Sacó lentamente su cartera.
De ella extrajo una fotografía completamente desgastada.
Era una imagen de nosotros dos cuando teníamos doce años.
La llevaba doblada por los bordes de tanto abrirla.
—Nunca dejé de buscarte.
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
Entonces recordé algo.
El dibujo que llevaba en el aeropuerto.
El niño.
La alianza.
Volví a levantar la cabeza.
—Si ese niño no era tu hijo…
Él negó despacio.
—Nunca dije que no existiera.
Solo dije que no era mío.
—Entonces… ¿quién es?
Antes de que Adrian pudiera responder, la puerta de la habitación se abrió.
Una enfermera entró apresuradamente.
—Señora Sofía…
Todos nos giramos.
La enfermera parecía nerviosa.
—Hay una mujer preguntando por usted en recepción.
Dice que ha esperado cinco años para este momento.
Sentí un mal presentimiento.

—¿Quién?
La enfermera tragó saliva antes de responder.
—Vanessa.
Y… viene acompañada del niño.