PARTE 2: LA VERDAD QUE MAYA CALLÓ

Ethan permaneció detrás de la puerta.

—Elena, por favor.

Maya dejó de sonreír.

—No le creas todo.

Lo miré.

—¿Qué sabes?

Ella guardó silencio unos segundos.

Después cerró la puerta con seguro.

—Hace nueve meses Ethan sí desapareció porque lo atacaron.

Sentí que el pecho se me apretaba.

—Entonces ¿por qué nunca volvió?

Maya bajó la mirada.

—Porque cuando se recuperó… ya sabía que estabas embarazada.

El mundo pareció quedarse quieto.

—¿Qué?

La puerta volvió a sonar.

—¡Maya! —gritó Ethan—. No tienes derecho.

Ella abrió su teléfono.

—Tengo pruebas.

Me mostró mensajes fechados siete meses atrás.

Ethan preguntando por mí.

Por mis controles.

Por el bebé.

Y después, uno que me hizo temblar.

“No puedo volver hasta saber quién intentó matarme. Si me siguen, pondré a Elena y a mi hija en peligro.”

Levanté la vista.

—¿Hija?

—Supieron muy pronto que era niña —dijo Maya—. Ethan pagó en secreto parte de tus gastos médicos.

Sentí rabia.

—Entonces estuvo observándonos todo este tiempo.

—Sí.

Abrí la puerta.

Ethan estaba allí.

—¿Por qué no me llamaste?

—Porque la última persona con la que hablé antes del ataque conocía nuestra relación.

—¿Quién?

No respondió.

Maya sí.

—Su padre.

Ethan cerró los ojos.

—Maya…

—Ya basta.

Ella se acercó.

—El padre de Ethan nunca aceptó que estuviera contigo. Quería que se casara con la hija de un socio.

Lo miré.

—¿Intentó matarte?

—No puedo probar que lo ordenara.

—Pero lo sospechas.

Asintió.

Mi hija comenzó a llorar.

Ethan dio un paso instintivamente.

Yo levanté una mano.

Se detuvo.

—No puedes aparecer después de nueve meses y decir “soy su padre”.

Su rostro se quebró.

—Lo sé.

—No sabes nada. Yo pensé que estabas muerto. Después pensé que me habías abandonado.

—Cada día quise regresar.

—Pero no lo hiciste.

Aquella frase lo dejó sin respuesta.

Entonces Maya sacó otra cosa de su bolso.

Una memoria USB.

—Esto es lo que Ethan no quería que supieras todavía.

Él palideció.

—No.

—Ella merece saberlo.

Conectamos la memoria al portátil.

Apareció una grabación de una cámara de seguridad.

Se veía a Ethan saliendo de un estacionamiento.

Un automóvil aceleraba directamente hacia él.

Pero antes del impacto apareció otro hombre.

Alguien a quien yo conocía.

Sentí que se me helaban las manos.

—No puede ser.

Era mi hermano mayor.

El hombre que durante nueve meses me había repetido que Ethan me había abandonado.

El hombre que me ayudó a cambiar de número.

El hombre que convenció a mi madre de que nunca debía buscarlo.

Miré a Maya.

—¿Por qué estaba allí?

Ethan respondió esta vez.

—Porque no fue casualidad.

Se acercó lentamente a la cama.

—Tu hermano sabía que ibas a heredar una parte importante de la empresa familiar cuando tuvieras un hijo.

Mi corazón comenzó a golpearme.

—¿Qué tiene eso que ver contigo?

—Todo.

Miró a nuestra hija.

—Si yo desaparecía y tú criabas a la bebé sola, él podía convencerte de poner los activos bajo su administración.

Recordé documentos.

Poderes.

Papeles que mi hermano llevaba meses pidiéndome firmar “para proteger a la niña”.

Sentí náuseas.

Ethan bajó la voz.

—Elena, yo no desaparecí porque dejara de amarte.

Miró la pantalla donde aparecía mi hermano.

—Desaparecí porque alguien de tu propia familia estaba dispuesto a eliminarme para controlar lo que tu hija heredaría.

Apreté a mi bebé contra el pecho.

Durante nueve meses había pensado que Ethan era el hombre que nos había abandonado.

Ahora acababa de descubrir que quizá el verdadero peligro había estado sentado en mi mesa todo ese tiempo.

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