PARTE 2: La verdad que llegó demasiado tarde

Al amanecer, la boda seguía adelante.

Adrian estaba frente al espejo ajustándose los gemelos cuando su asistente entró sin llamar.

Tenía el rostro completamente pálido.

—Señor Lockwood…

—¿Encontraste a Sofía?

El hombre no respondió inmediatamente.

Adrian se volvió.

—Te hice una pregunta.

—La policía encontró a una mujer en la costa esta mañana. Creen que es ella.

El gemelo cayó de sus dedos.

Yo estaba a pocos pasos de él.

Invisible.

Y por primera vez desde que lo conocía, vi verdadero miedo en sus ojos.


La identificación se confirmó poco después.

No hubo detalles que pudieran convertir aquello en algo menos terrible.

Solo una llamada.

Un nombre.

Y la pequeña urna que había sido recuperada conmigo.

LUNA LOCKWOOD.

Cuando Adrian vio aquel nombre, retrocedió.

—¿Qué significa esto?

Su asistente bajó la mirada.

—Son las cenizas de su hija.

Adrian negó con la cabeza.

—No.

Pronunció aquella palabra como si pudiera cambiar la realidad.

—Luna estaba hospitalizada.

Nadie respondió.

—¡Dije que estaba hospitalizada!

Entonces llegó la doctora Elena Morris.

La misma especialista que había atendido a ambos niños.

Traía una carpeta.

—Luna murió hace cuatro días.

Adrian se quedó inmóvil.

—¿Por qué nadie me informó?

La doctora lo miró durante varios segundos.

—Señor Lockwood, usted firmó documentos relacionados con su tratamiento.

—Firmé para ayudar a Leo.

—Precisamente.

La habitación quedó en silencio.

Valeria abrazó inmediatamente a su hijo.

—Adrian, ahora no es momento de discutir esto.

Él no la escuchó.

Miraba la carpeta.

—Quiero saber exactamente qué ocurrió.


Lo que descubrió no fue una explicación sencilla.

Y tampoco la absolución que parecía buscar.

Había autorizado procedimientos médicos creyendo que entendía todas sus consecuencias.

No las había entendido.

O quizá no había querido entenderlas.

Los expedientes mostraban advertencias.

Consultas.

Solicitudes de una segunda evaluación.

Y una firma rechazando tiempo adicional para reconsiderar determinadas decisiones.

Su firma.

Adrian pasó las páginas lentamente.

Entonces encontró algo.

—¿Qué es esto?

Una solicitud presentada por mí.

Pedía una revisión independiente del caso de Luna antes de continuar.

Había sido rechazada.

El motivo:

“El padre ha solicitado proceder sin demora.”

Adrian dejó caer la carpeta.

Yo lo observé.

Durante meses había esperado que comprendiera.

Ahora ya no significaba nada.


—Adrian.

Valeria se acercó.

—Leo está vivo. Eso también importa.

Él levantó la cabeza.

—¿Sabías que Sofía pidió detenerlo?

Valeria palideció.

—Yo solo quería salvar a mi hijo.

—¿Lo sabías?

Ella guardó silencio.

Eso bastó.

Adrian miró a Leo.

El niño no entendía nada.

Y no tenía culpa de nada.

Finalmente Adrian se agachó frente a él.

—Tú no hiciste nada malo.

Fue quizá la primera cosa justa que dijo aquella mañana.

Después se levantó.

—La boda se cancela.


Pero la historia no terminó allí.

Porque cuando Adrian pidió todos los expedientes médicos, apareció una irregularidad.

La doctora Morris colocó dos análisis frente a él.

—Necesitamos investigar esto antes de afirmar qué significa.

—¿Qué ocurre?

—La documentación que justificó determinadas decisiones sobre Luna contiene resultados que no coinciden con los originales conservados por el laboratorio.

Adrian levantó lentamente la mirada.

—¿Estás diciendo que fueron modificados?

—Estoy diciendo que existen discrepancias. Eso debe investigarse.

Era una diferencia importante.

Pero Valeria empezó a temblar.

Yo lo vi.

Adrian también.

—Valeria.

—No me mires así.

—Todavía no he dicho nada.

Ella retrocedió.

—Todo lo hice por Leo.

Adrian se quedó helado.

—¿Qué hiciste?

Valeria comprendió demasiado tarde lo que acababa de decir.


Una auditoría interna comenzó aquel mismo día.

Y apareció un nombre.

Dr. Marcus Stone.

El hermano mayor de Valeria.

Había trabajado como consultor externo del hospital durante el tratamiento de Leo.

También había accedido al expediente de Luna.

Más veces de las que su función parecía requerir.

Pero había algo todavía más extraño.

Tres meses antes, Marcus había solicitado una prueba genética privada relacionada con Luna.

El resultado nunca apareció en su historial oficial.

Adrian exigió encontrarlo.

Tardaron seis horas.

Cuando finalmente recibió el sobre, sus manos temblaban.

Leyó una página.

Luego otra.

—Esto no puede ser correcto.

La doctora Morris tomó el documento.

Su expresión cambió.

—Hay que confirmarlo con pruebas independientes.

—¿Qué dice?

Ella levantó la mirada.

—Que existe una discrepancia en la paternidad registrada de Luna.

Adrian dejó de respirar por un instante.

Valeria se sentó.

Yo también me quedé inmóvil.

Porque Luna era hija de Adrian.

Yo nunca había dudado de eso.


Entonces el sistema habló junto a mí.

—Anfitriona, se ha detectado una anomalía.

Después de todo aquel silencio, escuchar aquella voz me produjo un escalofrío.

—¿Qué anomalía?

—La misión nunca debió considerarse fallida.

—¿Qué?

Frente a mí, Adrian seguía revisando los documentos desesperadamente.

El sistema continuó:

—El objetivo asignado no era Adrian Lockwood.

Sentí que el mundo se detenía.

—Me enviaste siete vidas para conquistarlo.

—Corrección. Fuiste enviada siete veces para encontrar a Adrian Lockwood.

—Es lo mismo.

—No.

Una nueva imagen apareció ante mí.

Un registro antiguo.

Dos certificados de nacimiento.

Dos niños nacidos la misma noche.

Y un apellido repetido.

Lockwood.

—El hombre con quien viviste —dijo el sistema— recibió ese nombre años después.

Miré a Adrian.

—Entonces ¿quién es él?

—Esa información fue alterada.

El sistema mostró una última fotografía.

Era antigua.

Dos bebés.

Dos madres.

Y detrás de ellas, el padre de Adrian.

En el reverso había una frase:

“El verdadero heredero Lockwood debe desaparecer antes de cumplir cinco años.”

Sentí que incluso mi existencia invisible se congelaba.

Entonces apareció otro expediente.

El nombre del niño:

LEO STONE.

Miré al pequeño que Valeria abrazaba.

—No…

—No es ese Leo —respondió el sistema—. Este documento tiene treinta y cuatro años.

Treinta y cuatro.

La edad de Adrian.

Y por primera vez comprendí que quizá llevaba siete vidas persiguiendo al hombre equivocado.

Mientras Adrian descubría demasiado tarde lo que había perdido conmigo y con Luna, yo acababa de descubrir algo aún peor.

El verdadero Adrian Lockwood podía seguir vivo.

Y alguien había utilizado mi misión, mi matrimonio y hasta el nombre de mi hija para impedir que alguna vez lo encontrara.

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