PARTE 2: LA VERDAD QUE KARINA NUNCA PUDO CONTAR

Mateo miró al comandante sin entender.

—¿Qué tiene que ver mi esposa con todo esto?

El oficial abrió la carpeta, pero antes de responder apareció un automóvil negro frente a la casa.

Don Ernesto descendió lentamente, apoyándose en un bastón.

Tenía los ojos enrojecidos.

En cuanto vio a los tres niños, se quedó inmóvil.

Lucía era idéntica a Karina cuando tenía siete años.

El anciano comenzó a temblar.

—Perdóname por venir así… pero necesitaba comprobarlo.

Mateo dio un paso al frente.

—¿Comprobar qué?

Don Ernesto respiró profundamente.

—Que realmente eran sus hijos.

Verónica cruzó los brazos.

—¿Van a explicar de una vez qué está pasando?

El anciano sacó una fotografía amarillenta.

En ella aparecía una niña de unos ocho años, con dos trenzas y un vestido azul.

Mateo sintió un vuelco en el pecho.

Era Karina.

Mucho antes de conocerla.

—Hace veinticinco años —comenzó Ernesto— mi hija Laura y mi nieta Karina sufrieron un accidente cuando regresaban de una fiesta familiar.

Laura murió esa misma noche.

Karina desapareció.

Todos quedaron en silencio.

—La policía buscó durante meses.

Pensamos que alguien la había secuestrado.

Nunca encontramos un solo rastro.

Mateo frunció el ceño.

—Pero Karina siempre me dijo que había crecido con su madre…

El anciano negó lentamente.

—La mujer que la crió nunca fue su madre biológica.

Era una enfermera voluntaria que la encontró herida después del accidente.

La niña había perdido la memoria.

No recordaba su nombre.

No recordaba a su familia.

Y aquella mujer… decidió criarla como si fuera su hija.

El comandante añadió:

—En aquella época no existían las bases de datos actuales.

La búsqueda terminó cerrándose sin resultados.

Don Ernesto sacó la cartera.

—Anoche, cuando regresé a casa, vi algo que nunca había notado.

Detrás de una de las fotografías familiares había una inscripción escrita por mi hija Laura.

“Para mi papá.

Nunca dejes de buscar a Karina.”

Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.

—Entonces recordé el nombre que usted dijo al despedirse.

Mateo.

Era el mismo nombre que mi nieta repetía cuando estaba aprendiendo a escribir en sus viejos cuadernos.

Mateo permanecía inmóvil.

Todo aquello parecía imposible.

—¿Cómo supo que era ella?

El anciano abrió otra carpeta.

Dentro había una copia del acta de matrimonio.

Una fotografía de la boda.

Y el certificado de defunción de Karina.

—Anoche busqué el nombre de mi nieta en el registro civil.

Cuando apareció su acta de matrimonio… vi su fotografía.

No había ninguna duda.

Era ella.

Lucía tiró suavemente de la camisa de su padre.

—Papá…

¿Ese señor conocía a mamá?

Mateo bajó la mirada.

No supo qué responder.

Don Ernesto se arrodilló con dificultad frente a los tres niños.

—Yo… soy el abuelo de su mamá.

Los trillizos se miraron confundidos.

Gael preguntó con total inocencia:

—Entonces… ¿usted también es nuestro abuelito?

Aquellas palabras rompieron al anciano.

Cubrió su rostro con ambas manos y comenzó a llorar sin poder contenerse.

Durante tres años creyó que toda su familia había desaparecido.

Y en menos de veinticuatro horas descubría que tenía tres bisnietos.

Cuando logró tranquilizarse, sacó un sobre grueso de la carpeta.

Lo entregó a Mateo.

—Esto también les pertenece.

Mateo abrió el sobre.

Dentro había documentos notariales.

Estados de cuenta.

Y una escritura.

No correspondía a una casa.

Era una participación accionaria en una antigua empresa familiar.

Valor estimado:

Veintisiete millones de pesos.

Verónica dejó escapar un grito.

—¡Eso tiene que ser un error!

Don Ernesto negó con firmeza.

—No.

Mi hija Laura dejó todo a nombre de Karina antes del accidente.

Como nunca pudimos encontrarla, el patrimonio quedó inmovilizado durante veinticinco años.

Ahora, según la ley…

Los únicos herederos directos son sus tres hijos.

Mateo sintió que las manos le temblaban.

Durante años había luchado para pagar uniformes escolares y el recibo de la luz.

Y ahora descubría que sus hijos eran los legítimos herederos de una fortuna que su propia madre jamás supo que seguía esperándola.

Pero antes de que alguien pudiera decir una palabra más, el comandante volvió a abrir la carpeta.

Su expresión cambió por completo.

—Hay algo más.

Mucho más importante.

Encontramos el expediente original del accidente de hace veinticinco años.

Y alguien se aseguró de que Karina nunca pudiera regresar con su verdadera familia.

Porque su desaparición…

No fue un accidente.

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