Maya no retiró la mano.
Simplemente la dejó entre las de Arjun, como si ya no tuviera fuerzas ni para fingir.
El pasillo permanecía lleno de gente.
Médicos.
Enfermeras.
Familias enteras caminando de un lado a otro.
Y, sin embargo, alrededor de ellos parecía haberse formado un silencio imposible.
Ella respiró hondo.
—No quería que me vieras así.
Arjun sintió un nudo en la garganta.
—¿Así cómo?
Maya sonrió apenas.
—Débil.
Él negó con la cabeza.
—Nunca te vi débil.
Ella bajó la mirada.
—Tú sí… solo que no lo supiste reconocer.
Las palabras le atravesaron el pecho.
Durante meses había pensado que Maya simplemente se había rendido.
Ahora, viéndola sentada con aquella bata de hospital y el soporte de suero a un lado, comprendía que quizá llevaba mucho tiempo luchando una batalla que él nunca quiso mirar de frente.
—¿Qué tienes? —preguntó casi en un susurro.
Maya tardó varios segundos en responder.
—¿Recuerdas los mareos que tenía el año pasado?
Arjun asintió lentamente.
Recordaba haberle dicho que descansara más.
Que seguramente era estrés.
Que todo mejoraría cuando pasaran aquellos meses difíciles.
Ella continuó.
—No eran solo mareos.
Respiró con dificultad.
—Después de nuestro segundo aborto… los médicos empezaron a encontrar cosas que no entendían.
Arjun sintió que el corazón comenzaba a acelerarse.
—¿Qué cosas?
—Una enfermedad de la sangre.
El mundo pareció detenerse.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Maya cerró los ojos.
—Cinco meses antes del divorcio.
Él dejó de respirar.
Cinco meses.
Cinco meses enteros viviendo bajo el mismo techo.
Cinco meses en los que él creyó que el silencio entre ambos era falta de amor.
—¿Por qué no me lo dijiste?
La voz le salió rota.
Ella sonrió con tristeza.
—Porque ya habías perdido demasiadas cosas por mi culpa.
Arjun negó una y otra vez.
—No digas eso.
—Perdimos dos bebés, Arjun.
Las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—Te veía llegar cada noche más cansado… más frustrado… y pensé que si además te decía que quizá iba a necesitar tratamientos largos… hospitales… transfusiones…
Bajó la cabeza.
—Ibas a sentir que tu vida se había terminado conmigo.
Arjun apretó los ojos con fuerza.
Recordó todas aquellas noches.
Las cenas en silencio.
Las discusiones absurdas.
Las veces que ella intentó decir algo y él respondió mirando el teléfono o el portátil.
No había dejado de amarla.
Simplemente había dejado de escucharla.
—Así que cuando pediste el divorcio…
Maya terminó la frase por él.
—Pensé que era la oportunidad de dejarte ir antes de convertirme en una carga.
Aquellas palabras lo destrozaron.
—Nunca fuiste una carga.
Ella lo miró directamente.
—Entonces… ¿por qué dejaste de mirarme como antes?
Arjun no encontró respuesta.
Porque la verdad era insoportable.
No la había dejado de amar.
Había dejado que el dolor, la culpa y el miedo hablaran por él hasta convencerlo de que alejarse era más fácil que quedarse.
Un médico apareció al final del pasillo.
—¿Señora Maya Kovács?
Ella levantó la mano débilmente.
—Ya está lista una habitación para comenzar la siguiente sesión.
Arjun miró el expediente que el médico llevaba abierto.
Sin querer alcanzó a leer una palabra escrita en letras grandes.
HEMATOLOGÍA.
Y, debajo, otra aún más difícil de ignorar.
Trasplante compatible: pendiente.
Sintió un vacío en el estómago.
Esperó a que el médico se alejara antes de volver a hablar.
—¿Necesitas un trasplante?
Maya tardó unos segundos.
Finalmente asintió.
—Mi hermana no fue compatible.
Mis primos tampoco.
Sonrió con una serenidad que daba más miedo que cualquier llanto.
—Los médicos dicen que todavía hay esperanza.
Arjun sintió que algo se rompía definitivamente dentro de él.
Porque por primera vez entendió que el divorcio nunca había sido el final de un matrimonio.
Había sido el comienzo de una enfermedad que ambos enfrentaron completamente solos.
Tomó la mano de Maya con más fuerza.
—No vas a seguir pasando por esto sola.
Ella intentó negar.
—Arjun…
Pero él ya había tomado una decisión.
Una decisión que jamás imaginó pronunciar después de firmar aquellos papeles de divorcio.

—Quiero hacerme la prueba.
Maya lo miró confundida.
—¿Qué prueba?
—La de compatibilidad.
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas.
—No tienes por qué hacerlo.
Él sonrió con tristeza.
—Tal vez ya no sea tu esposo ante la ley…
Hizo una pausa.
—Pero todavía no aprendí a dejar de preocuparme por ti.
Maya rompió a llorar por primera vez desde que él la encontró en aquel pasillo.
Y ninguno de los dos imaginaba que, unas horas después, el resultado de aquella prueba no solo cambiaría el tratamiento de Maya, sino que también revelaría un secreto oculto durante años que explicaba por qué ambos habían perdido mucho más que un matrimonio.