El bastón de la señora Blackwood golpeó el mármol con fuerza.
—Mañana mismo terminará este teatro.
Nadie respondió.
Los sirvientes mantenían la vista baja.
Natalie evitaba mirarme.
Y Leo, que unos minutos antes sonreía con ligereza, ya no parecía encontrar nada divertido.
Yo solo podía mirar a Adrian.
Las letras doradas seguían flotando frente a mis ojos.
【No llores. Si él acepta una prueba contigo, todo cambiará.】
Respiré hondo.
Bajé lentamente un escalón.
Luego otro.
Hasta quedar frente a la silla de ruedas.
—Papá…
Toda la sala quedó en silencio.
La anciana soltó una carcajada.
—¿Lo ven? Ya empezó a manipularlo.
Pero yo no miraba a nadie más.
Solo a Adrian.
Levanté mi pequeña mano.
—Si no soy tu hija…
Puedes dejar de llamarme Emma.
Puedes olvidarte de mí.
Pero…
Mi voz empezó a temblar.
—Hazte una prueba conmigo.
Solo una.
Si sale mal…
Me iré sola.
No volveré nunca.
Adrian permaneció inmóvil.
Durante largos segundos nadie supo qué estaba pensando.
Finalmente habló.
—Natalie.
—Sí, señor.
—Llama al laboratorio Blackstone.
Quiero una prueba de ADN.
La anciana golpeó nuevamente el piso.
—¡No!
Todos giraron hacia ella.
—Adrian, ¿has perdido el juicio?
Los médicos dijeron hace años que jamás podrías tener hijos.
¿Para qué alimentar falsas esperanzas?
Adrian respondió con absoluta calma.
—Precisamente por eso.
Si es imposible…
La prueba terminará con esta historia.
Y si alguien mintió…
Quiero saber quién.
Aquella misma noche llegaron dos especialistas.
Tomaron una muestra de mi saliva.
Otra de Adrian.
Cuando terminaron, la anciana dio una nueva orden.
—Hasta que existan resultados, esa niña permanecerá en la habitación de invitados.
No podrá salir sola.
No hablará con nadie.
Y mucho menos volverá a llamar “papá” a Adrian.
Yo bajé la cabeza.
—Sí, señora.
Adrian la interrumpió inmediatamente.
—No.
La anciana lo miró con sorpresa.
—¿Qué has dicho?
—Dormirá en la habitación contigua a la mía.
El silencio fue absoluto.
Era la primera vez, según Natalie, que Adrian contradecía públicamente a su abuela.
Esa noche no pude dormir.
La habitación era enorme.
La cama parecía una nube.
Nunca había tenido un cuarto solo para mí.
Sin embargo, el miedo seguía allí.
A medianoche escuché un ruido en el pasillo.
Abrí apenas la puerta.
Adrian estaba despierto en la biblioteca.
Su silla de ruedas permanecía frente a una fotografía.
Me acerqué despacio.
Era una mujer muy joven.
Hermosa.
Con una sonrisa que me resultó extrañamente familiar.
—¿Es… mi mamá?
Adrian tardó unos segundos en responder.
—Se llamaba Clara.
Sentí un nudo en la garganta.
—La extraño mucho.
Él cerró lentamente los ojos.
—Yo también.
Las letras doradas aparecieron otra vez.
【Él nunca dejó de amarla.】
【Guardó todas sus fotografías durante diez años.】
【Jamás volvió a enamorarse.】
Miré el retrato.
Después lo miré a él.
—¿Por qué dejaste de buscarla?
Adrian permaneció en silencio.
Finalmente respondió.
—Porque creí que había elegido a otro hombre.
Yo no entendía del todo aquellas palabras.
Pero sí comprendía una cosa.
Él seguía sufriendo.
A la mañana siguiente, un automóvil negro se detuvo frente a la mansión.
Victor Hale bajó acompañado de dos abogados.
Traía una carpeta en la mano.
Y sonreía.
—Buenos días.
Vengo por mi hija.
La señora Blackwood salió a recibirlo.
—Los resultados aún no llegan.
Victor respondió con aparente tranquilidad.
—No hace falta esperar.
Aquí traigo el certificado de nacimiento.
Mi nombre figura como padre.
Natalie tomó el documento.
Lo revisó apenas unos segundos.
Frunció el ceño.
—Señor…
Hay algo extraño.
Victor perdió la sonrisa.
—¿Qué ocurre?
Natalie levantó lentamente la vista.
—La fecha de inscripción fue modificada.
Y la firma del funcionario no coincide con los registros oficiales.
La expresión de Victor cambió por completo.
En ese mismo instante, uno de los guardias entró apresuradamente al salón.
—Señor Blackwood…
Acaba de llegar el laboratorio.
Todos giraron hacia la puerta.
Un hombre con un maletín metálico avanzó lentamente hasta la mesa principal.
Sacó un sobre sellado.
Lo colocó frente a Adrian.
—Aquí están los resultados.
La anciana cruzó los brazos.
—Ábrelo de una vez.
Adrian rompió el sello.
Leyó la primera página.
Su rostro permaneció completamente inmóvil.
Después pasó a la segunda.
Y por primera vez desde que lo conocí…
Sus manos comenzaron a temblar.
Victor sonrió con arrogancia.
—Ya ve.
Se lo dije.
Pero Adrian levantó lentamente la vista.
Lo miró fijamente.
Y pronunció una frase que dejó a toda la mansión sin respirar.
—La prueba demuestra que Emma es mi hija biológica.

Y también demuestra algo más.
Victor…
Tú nunca pudiste ser su padre.
Porque eres completamente incompatible con su perfil genético.
Leer la Parte 3 a continuación.