Ricardo pasó toda la madrugada revisando estados de cuenta, contratos y recibos.
Cada hoja confirmaba un robo distinto.
Pero al abrir la última carpeta encontró un sobre color amarillo con su nombre.
Dentro había una carta escrita por el director de una residencia para adultos mayores.
“Confirmamos que la señora Verónica Salgado solicitó información para el ingreso permanente del señor Ernesto Salgado. Indicó que su hijo vive en Canadá, que no mantiene contacto con él y que ella posee autorización familiar para tomar todas las decisiones.”
Ricardo sintió un nudo en el estómago.
Él jamás había autorizado algo semejante.
Continuó leyendo.
La solicitud tenía una firma.
Su firma.
Perfectamente imitada.
Apretó los puños.
Entonces entendió que Verónica no solo estaba robando el dinero de su padre.
Planeaba deshacerse de él para siempre.
A las ocho de la mañana, Verónica regresó a casa después de pasar la noche ultimando detalles de la fiesta de Luna.
Al ver a Ricardo sentado en la sala, sonrió sorprendida.
—¡Amor! ¿Por qué no avisaste que venías?
Él no respondió.
Sobre la mesa colocó la libreta de don Ernesto.
Luego los estados de cuenta.
Después las copias de los préstamos.
Y finalmente la solicitud de la residencia.
La sonrisa de Verónica desapareció.
—Puedo explicarlo…
—Empieza por decirme dónde están los setecientos veinte mil pesos que envié para mi padre.
Ella tragó saliva.
—Todo era por la familia…
—¿Mi padre pasando hambre era por la familia?
Verónica levantó la voz.
—¡No exageres! Solo comía un poco menos. Los viejos tampoco necesitan tanto.
Aquellas palabras hicieron que Ricardo perdiera la poca calma que conservaba.
Golpeó la mesa.
—¡El médico dijo que estaba muriendo de desnutrición!
En ese instante bajó Luna, vestida con ropa deportiva y el teléfono en la mano.
—¿Qué está pasando?
Ricardo la miró.
—¿Sabías que tu abuelo no tenía qué comer?
La joven frunció el ceño.
—¿Qué abuelo?
—Don Ernesto.
Luna quedó confundida.
—Mamá siempre dijo que él rechazaba la comida porque estaba enfermo.
Ricardo giró lentamente hacia Verónica.
Ella evitó su mirada.
—¿También le mentiste a ella?
Ricardo abrió la aplicación bancaria frente a ambas.
—Cada depósito que envié tenía un concepto.
“Medicinas para papá.”
“Rehabilitación.”
“Comida.”
“Cuidadora.”
Después mostró las transferencias.
Todas terminaban en la cuenta de Mariana Cruz.
—¿También la fiesta de cumpleaños de Luna la pagaste con el dinero de mi padre?
Verónica rompió a llorar.
—Solo quería darle una vida mejor…
—¿A costa de matar de hambre al hombre que me dio la vida?
El silencio fue absoluto.
Luna comenzó a leer los documentos uno por uno.
Su rostro perdió el color.
—Mamá…
¿Es verdad?
¿El vestido… la fiesta… todo salió del dinero del abuelo?
Verónica intentó abrazarla.
Pero la muchacha dio un paso atrás.
—Toda mi vida pensé que papá nos daba ese dinero.
Nunca imaginé que era para el abuelo.
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Yo lo habría cancelado todo.
En ese momento sonó el timbre.
Dos agentes de la Fiscalía entraron acompañados por un representante del banco.
—¿Señora Verónica Salgado?
Ella asintió temblando.
—Existe una denuncia por fraude, falsificación de firma, abuso patrimonial contra adulto mayor y uso indebido de recursos destinados a su manutención.
Ricardo permaneció inmóvil.
No dijo una sola palabra.
Uno de los agentes colocó sobre la mesa las copias certificadas de los préstamos.
—Las periciales caligráficas confirman que las firmas del señor Ernesto fueron falsificadas.
Verónica rompió en llanto.
—Ricardo… por favor… podemos arreglar esto entre nosotros.
Él negó lentamente.
—Mi padre pasó hambre mientras tú comprabas joyas.
No queda nada que arreglar.
Los agentes le pidieron que los acompañara.
Cuando cruzó la puerta, Luna rompió a llorar.
—Papá…
¿El abuelo va a estar bien?

Ricardo respiró profundamente.
—Sí.
Porque desde hoy volverá a comer en su propia mesa.
Y nunca más tendrá que pedir fiado una taza de arroz para sobrevivir.