El salón quedó en silencio.
Nadie entendió lo que acababan de escuchar.
—¿Qué dijiste? —preguntó Mateo, soltando la mano de Lucía.
Tomás respiraba con dificultad sobre el piso de mármol.
Intentó incorporarse.
No pudo.
—Las… copas…
Renata lo sostuvo por los hombros.
—¡Llamen a una ambulancia!
Los invitados comenzaron a levantarse de sus mesas.
Los músicos dejaron los instrumentos.
Los meseros se quedaron inmóviles.
Lucía no dio un solo paso.
Miró a su hermano con una calma que él nunca le había conocido.
—Explícalo tú, Tomás.
Él abrió la boca.
Pero el miedo ya había reemplazado a la arrogancia.
Doña Elvira corrió hasta su hijo.
—¡Lucía! ¿Qué le hiciste?
Lucía la miró sin perder la serenidad.
—Nada.
La copa que tomó fue la que él mismo preparó.
Don Gustavo frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Mateo volvió la vista hacia su esposa.
—Lucía…
Ella respiró hondo.
—Vi cuando Tomás puso un polvo dentro de mi copa.
Un murmullo recorrió el salón.
Renata negó con fuerza.
—¡Eso es mentira!
Lucía señaló la mesa principal.
—La cámara del fotógrafo estuvo grabando todo el brindis.
Y también las cámaras del hotel.
La expresión de Tomás cambió.
Ahora sí comprendió que no había forma de borrar lo ocurrido.
Intentó levantarse otra vez.
—No… no fue…
Pero la voz ya no le respondía.
En ese momento llegaron los paramédicos.
Uno de ellos revisó rápidamente la copa vacía.
—No toquen esta mesa.
Necesitamos preservar todo.
Mateo miró a Lucía con incredulidad.
—¿Por qué no dijiste nada cuando lo viste?
Ella sostuvo su mirada.
—Porque si gritaba, todos habrían dicho que exageraba.
Como siempre.
Preferí que la verdad hablara sola.
Doña Elvira se puso de pie.
Tenía el rostro desencajado.
—¡Eres una desgraciada! ¡Mira lo que le hiciste a tu hermano!
Lucía negó lentamente.
—No.
Lo único que hice fue impedir que bebiera yo.
El silencio volvió a caer.
Don Gustavo giró hacia Tomás.
—Respóndeme una sola cosa.
¿Ese polvo era para tu hermana?
Tomás cerró los ojos.
No contestó.
Ese silencio fue suficiente.
Mateo sintió que el estómago se le hundía.
Miró a su cuñado.
Luego a la copa.
Después a Lucía.
—¿Me estás diciendo… que alguien intentó drogar a mi esposa el día de nuestra boda?
Lucía asintió despacio.
—Sí.
Y no fue un accidente.
Uno de los paramédicos levantó la pequeña copa con un pañuelo estéril.
—Esto tendrá que analizarse.

En ese instante apareció el gerente del hotel acompañado por el jefe de seguridad.
Traía una tableta en la mano.
—Disculpen…
Las cámaras del salón grabaron el brindis completo.
Y hay algo que todos deberían ver.
Tomás dejó escapar un gemido desesperado.
Porque sabía exactamente qué había quedado registrado.
No solo el momento en que dejó caer el polvo en la copa.
Sino también quién se lo había entregado cinco minutos antes de empezar la ceremonia.
Y la persona que aparecía en esas imágenes no era un desconocido.
Era alguien sentado, desde el inicio de la boda, en la mesa reservada para la familia de la novia.