PARTE 2: LA VERDAD ESTABA A PUNTO DE SALIR DEL ATAÚD

Marcus avanzó un paso.

Daniel no retrocedió.

Había pasado años tomando decisiones bajo presión, y sabía que discutir solo le haría perder el tiempo que Elena ya no tenía.

Sin apartar la vista de su hermano, tomó con una mano el pesado candelabro de bronce que estaba junto al ataúd.

—No hagas esto, Danny —dijo Marcus con una sonrisa tensa—. Ya terminó.

—No.

Daniel habló con una calma que asustaba más que cualquier grito.

—Todavía no.

Durante una fracción de segundo, Marcus dudó.

Fue suficiente.

Daniel lanzó el candelabro hacia una ventana. El cristal estalló con un estruendo que rompió el silencio de la casa.

Los vecinos comenzaron a asomarse.

Las alarmas de varios automóviles se activaron.

Aquello ya no podía ocultarse.

Marcus giró instintivamente hacia el ruido.

Daniel aprovechó ese instante para empujar el ataúd hacia un costado, alejándolo de su hermano.

Mientras sostenía la muñeca de Elena, volvió a comprobar su respiración.

Seguía siendo débil.

Pero estaba allí.

—Aguanta… —susurró—. Solo aguanta un poco más.

Su madre permanecía inmóvil en el sofá.

—Estás arruinándolo todo.

Daniel levantó la vista.

—¿Qué exactamente?

Ella respondió con una serenidad inquietante.

—Todo lo que hicimos para proteger esta familia.

Antes de que pudiera decir algo más, los golpes comenzaron a escucharse en la puerta principal.

—¡Policía! ¡Abran la puerta!

Uno de los vecinos había llamado a emergencias al escuchar el vidrio romperse y los gritos.

Marcus retrocedió.

Por primera vez parecía nervioso.

Minutos después, los paramédicos entraron corriendo.

Uno de ellos se inclinó inmediatamente sobre Elena.

Otro pidió espacio.

Daniel se apartó solo cuando estuvo seguro de que la estaban atendiendo.

Mientras trabajaban, uno de los médicos levantó la vista hacia él.

—Hizo bien en insistir en que la revisáramos.

Daniel cerró los ojos por un instante.

Aquellas palabras eran todo lo que necesitaba escuchar.

La policía acordonó la vivienda.

Un detective pidió hablar con Daniel.

—Necesitamos entender qué ocurrió aquí.

Daniel miró el salón.

Las flores.

El ataúd.

La taza de té que su madre aún no había terminado.

Y respondió:

—Empiecen por averiguar quién autorizó un certificado de defunción cuando mi esposa seguía con vida.

El detective anotó la pregunta.

—Eso será parte de la investigación.

Horas después, en el hospital, Daniel esperaba noticias frente al quirófano.

Cada minuto parecía una hora.

Finalmente apareció una médica.

Se quitó lentamente el cubrebocas.

—Su esposa está recibiendo la atención que necesita.

Ahora mismo nuestro equipo está concentrado en ella y en el bebé.

Todavía queda mucho trabajo por delante, pero llegaron a tiempo.

Daniel dejó escapar el aire que llevaba conteniendo desde que abrió aquel ataúd.

Mientras tanto, en la comisaría, los investigadores comenzaron a revisar documentos, llamadas y registros relacionados con el supuesto fallecimiento.

Una pregunta aparecía una y otra vez.

¿Cómo había podido iniciarse un procedimiento funerario sin que los hechos estuvieran completamente aclarados?

Y esa misma pregunta marcaría el inicio de una investigación que cambiaría para siempre la relación de Daniel con las personas en quienes más había confiado.

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