PARTE 2: LA VERDAD EN LAS IMÁGENES

Las cámaras llegaron dos días después.

Esperé a que Andrei saliera rumbo a la oficina y a que Galina llevara a Anya a dar un paseo en el cochecito.

En menos de una hora instalé cuatro.

Una detrás de un marco de fotos en la sala.

Otra sobre la alacena de la cocina.

Una tercera apuntando al pasillo que llevaba a la habitación de Anya.

Y la última dentro de un reloj decorativo frente a la cuna.

Todas enviaban las grabaciones directamente a una nube protegida.

No le conté a nadie.

Ni siquiera a Galina.

Si realmente estaba imaginando cosas, prefería sentir vergüenza en silencio antes que destruir a mi familia por una sospecha.

Los dos primeros días no vi nada extraño.

Galina alimentaba a Anya, la cambiaba, le cantaba canciones antiguas y la paseaba por la casa mientras hablaba con ella.

Mi hija sonreía.

Dormía tranquila.

Incluso soltaba pequeñas carcajadas.

Era exactamente la misma niña que yo conocía.

La diferencia aparecía cada tarde.

A las seis y diez, aproximadamente, Andrei regresaba del trabajo.

Las imágenes mostraban algo que nunca había visto porque siempre llegaba una hora más tarde.

En cuanto escuchaba abrirse la puerta principal, Galina tomaba a Anya en brazos.

No por cariño.

Por precaución.

Mi hija dejaba de sonreír incluso antes de verlo.

Su cuerpecito se ponía rígido.

Su respiración cambiaba.

Y entonces comenzaba a llorar.

Andrei fruncía el ceño.

—Otra vez…

Galina respondía siempre igual.

—Déjame cargarla un rato.

Pero el tercer día ocurrió algo diferente.

Andrei extendió los brazos.

—Dámela.

—Está nerviosa.

—Es mi hija.

Galina dudó unos segundos.

Finalmente se la entregó.

En el instante en que quedó en brazos de su padre, Anya lanzó un grito tan desesperado que incluso yo, viendo la grabación desde la oficina, sentí un escalofrío.

Andrei perdió la paciencia.

—¡¿Qué demonios le pasa?!

No la golpeó.

No la sacudió.

Pero levantó la voz.

Muy fuerte.

Tan fuerte que la niña dejó de llorar…

y quedó completamente inmóvil.

Exactamente igual que en el consultorio del pediatra.

Sentí un nudo en el estómago.

Seguí mirando.

Galina se acercó rápidamente.

—Baja la voz.

—¡Estoy harto! ¡Cada vez que llego parece que hubiera visto un monstruo!

—Es un bebé.

—¡No! ¡Algo le haces durante el día para que me tenga miedo!

Galina negó con la cabeza.

—No soy yo.

Andrei dejó a la niña en los brazos de su madre y salió dando un portazo.

La cámara del pasillo captó a Galina abrazando a Anya durante casi diez minutos.

—Ya pasó… ya pasó…

Mi hija tardó varios minutos en dejar de temblar.

Aquella noche apenas dormí.

No había visto violencia.

Pero tampoco era normal.

A la mañana siguiente llamé al doctor Levchenko.

Le envié el video.

Dos horas después me devolvió la llamada.

—Marina…

Su tono era mucho más serio.

—Necesito que venga hoy mismo.

Cuando llegué, reprodujo varias partes del video.

Las detuvo cuadro por cuadro.

—Observe aquí.

Señaló la pantalla.

—Antes de que su esposo hable…

Anya ya está reaccionando.

—Sí…

—Eso significa que reconoce algo antes incluso de verlo.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué quiere decir?

El médico respiró despacio.

—Los bebés pueden asociar voces, olores o determinados estímulos con experiencias desagradables.

—¿Está diciendo que mi esposo…?

—Estoy diciendo que todavía no sabemos qué está provocando esa asociación.

Guardó silencio unos segundos.

Luego preguntó algo que me dejó completamente inmóvil.

—Marina…

¿Su esposo alguna vez se queda solo con la niña?

Negué con la cabeza.

—Nunca.

—¿Nunca?

—Siempre está Galina.

El médico permaneció pensativo.

Después dijo algo inesperado.

—Entonces necesito hablar también con su suegra.

Porque hay algo en esta historia…

que todavía no encaja.

Y esa misma tarde, mientras esperaba que Galina llegara al consultorio, mi teléfono emitió una notificación automática de una de las cámaras instaladas en casa.

Movimiento detectado en la habitación de Anya.

Miré la hora.

Las tres y cuarenta y siete de la tarde.

Según su rutina, a esa hora Galina y mi hija siempre estaban durmiendo la siesta.

Con las manos temblando, abrí la transmisión en directo.

Y lo primero que vi hizo que la sangre se me helara.

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