Ethan cruzó el baño en dos pasos.
Ni siquiera pareció darse cuenta de que ambos estábamos completamente empapados.
Se arrodilló frente a mí.
—¿Dónde te duele?
Su voz temblaba.
Era la primera vez, en seis meses de matrimonio, que escuchaba una emoción real en ella.
Intenté incorporarme.
El dolor me arrancó un gemido.
Él apoyó una mano detrás de mi espalda y otra bajo mi brazo.
—No te esfuerces.
Déjame revisarte.
Sus manos eran firmes.
Cuidadosas.
Profesionales.
Pero había algo más.
Noté que respiraba demasiado deprisa.
Como si fuera él quien estuviera a punto de desmayarse.
—Creo que me golpeé la cadera…
Asintió sin dejar de observarme.
—No parece una fractura, pero no voy a arriesgarme.
Voy a llevarte al hospital.
—No hace falta…
—Sí hace falta.
No admitía discusión.
Me envolvió en una toalla sin apartar la mirada del suelo, procurando respetar mi intimidad con un cuidado casi exagerado.
Después me cargó en brazos.
Me sorprendió lo natural que resultó aquel gesto.
Durante seis meses nunca me había abrazado así.
Nunca.
Mientras bajábamos por el ascensor, seguía sujetándome como si tuviera miedo de que desapareciera.
Lo observé de perfil.
Seguía empapado por la lluvia.
—¿Por qué volviste?
La pregunta salió casi sin pensar.
Guardó silencio unos segundos.
—Olvidé unos expedientes.
No sonó convincente.
Las radiografías descartaron lesiones graves.
Solo un fuerte golpe muscular.
La doctora sonrió.
—Va a doler unos días, pero estará bien.
Cuando salimos del área de urgencias ya era casi medianoche.
Ethan caminaba a mi lado.
En silencio.
Hasta que llegamos al estacionamiento.
Entonces habló.
—La mujer que viste hoy…
Respiré hondo.
—No hace falta explicarlo.
—Sí hace falta.
Lo miré.
Por primera vez parecía dispuesto a decir algo importante.
—No es mi secretaria.
Fruncí el ceño.
—¿Entonces?
—Es una representante farmacéutica.
Venía a presentar un ensayo clínico.
Recordé la carpeta que llevaba en las manos.
La sonrisa.
El comentario antes de marcharse.
—¿Y lo de “otras habilidades impresionantes”?
Ethan cerró los ojos un instante.
—Hace meses que intenta coquetear conmigo.
Nunca le he correspondido.
Aquella respuesta me dejó completamente inmóvil.
—¿Nunca?
Negó con la cabeza.
—Jamás.
Regresamos al departamento.
La electricidad ya había vuelto.
Él preparó té.
Yo permanecía sentada en el sofá, todavía confundida.
—Entonces…
¿Por qué conmigo era diferente?
No respondió enseguida.
Se quedó mirando la taza entre sus manos.
—Porque tuve miedo.
Solté una risa incrédula.
—¿Tú?
Asintió.
—Mucho.
No entendía nada.
Era un cardiólogo admirado por todos.
Seguro.
Brillante.
El último hombre del mundo que parecía conocer el miedo.
Se levantó.
Caminó hasta un mueble del salón.
Abrió un cajón.
Sacó una caja pequeña de madera.
La colocó frente a mí.
—Ábrela.
Dentro había fotografías antiguas.
Cartas.
Entradas de cine completamente amarillentas.
Y una pulsera de hilo azul.
La reconocí al instante.
El aire desapareció de mis pulmones.
—No…
Tomé la pulsera con manos temblorosas.
—Esto…
Era mía.
La había perdido hacía muchos años.
Cuando tenía diecisiete.
Levanté lentamente la vista.
Ethan ya no evitaba mis ojos.
—No la perdiste.
Me la regalaste.
Sentí que el mundo empezaba a girar demasiado deprisa.
Los recuerdos aparecieron de golpe.
Una biblioteca.
Un muchacho muy callado.
Lentes.
Libros de anatomía.
Siempre sentado en la última mesa.
Yo lo ayudaba con matemáticas después de clase.
Él me prestaba apuntes de biología.
Una tarde llovió.
Le até aquella pulsera azul en la muñeca antes de despedirnos.
Le dije riendo:
“Así no te olvidarás de mí.”
Abrí mucho los ojos.
—Ethan…
Él sonrió con una tristeza inmensa.
—En aquel entonces todavía me llamaba Ethan Williams.
El apellido Whitmore llegó después.
Cuando mis abuelos me adoptaron legalmente.
Sentí que el corazón golpeaba con fuerza contra mi pecho.
No era un desconocido.
No era un matrimonio por conveniencia para él.
Me conocía desde hacía años.
—¿Por eso dijiste que seguía siendo igual de cruel?
Él bajó la mirada.
—Porque un día desapareciste.
Sin despedirte.
Sin una llamada.
Sin una carta.
Pensé que me habías olvidado.
Yo intentaba recordar.
Hasta que lo hice.
Mi familia se había mudado de ciudad de un día para otro tras la quiebra de mi padre.
Perdí contactos.
Teléfonos.
Direcciones.
Nunca volví a encontrar a aquel muchacho.
Nunca imaginé que fuera Ethan.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera detenerlas.
—Yo te busqué…
Susurré.
Él levantó lentamente la cabeza.
—¿Qué?
—Te busqué durante meses.
Pero nadie conocía tu nuevo apellido.
Los dos permanecimos inmóviles.
Dos personas casadas.
Seis meses viviendo bajo el mismo techo.
Y acabábamos de descubrir que ambos habían pasado años creyendo que el otro los había abandonado.

Entonces comprendí algo todavía más desconcertante.
Si Ethan se había casado conmigo porque nunca dejó de quererme…
¿Por qué había pasado seis meses sin atreverse siquiera a tomarme de la mano?