Lucía congeló el video justo en el instante en que la sonrisa apareció en el rostro de doña Elvira.
—Regrésalo cinco segundos.
Lo hizo.
Rodrigo lloraba frente a las cámaras.
—Mi esposa desapareció presa del miedo. Si alguien la ve, por favor díganle que todavía podemos salvar mi vida.
Parecía devastado.
Pero detrás de él, casi fuera de cuadro, un camillero empujaba una hielera médica blanca con una etiqueta fluorescente.
Sentí un escalofrío.
—Esa hielera…
Lucía amplió la imagen.
Mi respiración se detuvo.
El número de serie era exactamente el mismo que Marisol había fotografiado antes de ayudarme a escapar.
No era una coincidencia.
Lucía tomó una captura de pantalla.
—No vamos a enfrentarlos todavía.
—¿Entonces qué hacemos?
—Primero vamos a demostrar que todo esto fue planeado.
A las seis de la mañana presentó una solicitud urgente ante un juez para impedir cualquier manipulación de mi expediente clínico.
Después llamó a un perito informático.
Mientras tanto, yo seguía temblando.
Cada vez que cerraba los ojos volvía a escuchar aquella frase.
“No te van a quitar un riñón.”
“Van a sacarte el corazón.”
A media mañana, Marisol volvió a comunicarse desde un teléfono público.
Hablaba casi en susurros.
—Solo tengo un minuto.
—¿Estás bien?
—Todavía no sospechan que fui yo.
Respiró agitadamente.
—Escucha con atención. En el sótano del hospital hay un cuarto de conservación biológica. Ahí guardan los expedientes reales.
—¿Puedes entrar?
—No.
—Entonces, ¿cómo lo sabes?
Hubo un largo silencio.
—Porque yo preparé la hielera donde iban a llevarse tu órgano.
Sentí que el mundo se detenía.
—Perdóname…
Su voz comenzó a quebrarse.
—No entendía lo que hacían hasta que vi tu consentimiento quirúrgico verdadero.
Lucía tomó inmediatamente una libreta.
—¿Qué decía?
—No autorizaba una nefrectomía.
Marisol respiró profundamente.
—Autorizaba extracción multiorgánica.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire.
No podía comprenderlas.
—¿Qué significa eso?
Lucía respondió antes que ella.
—Que nunca pensaban detenerse en un riñón.
Marisol confirmó con la voz rota.
—Corazón… hígado… córneas… todo.
Me cubrí la boca para contener un grito.
Durante semanas me habían alimentado, hecho estudios y aislado del trabajo.
No me estaban preparando para donar.
Me estaban preparando para morir.
Esa misma tarde, el juez autorizó preservar toda la documentación médica.
Dos agentes ministeriales acudieron al hospital.
Cuando solicitaron el expediente original de Rodrigo, ocurrió algo inesperado.
El director administrativo afirmó que el archivo había desaparecido.
—Eso es imposible —dijo uno de los agentes.
—Anoche hubo una falla en el sistema.
Lucía sonrió apenas.
—Sabíamos que intentarían borrar las pruebas.
Sacó entonces un disco duro portátil.
—Por eso hicimos una copia de seguridad esta mañana.
El perito había logrado recuperar los registros eliminados del servidor interno.
Entre cientos de archivos apareció una carpeta oculta.
Proyecto V-204.
Mi nombre completo figuraba como encabezado.
Abrimos el primer documento.
No era un historial médico.
Era una evaluación comercial.
“Paciente femenina. Treinta y cuatro años. Excelente estado cardiovascular. Sin enfermedades crónicas. Valor estimado de compatibilidad: excepcional.”
Más abajo aparecía una columna titulada:
“Valor total estimado.”
No pude seguir leyendo.
Lucía cerró el archivo antes de que terminara de derrumbarme.
Luego abrió el siguiente documento.
Era un contrato firmado por varias personas.
Reconocí inmediatamente las firmas del doctor Beltrán…
…de Rodrigo…
…y de doña Elvira.
Pero había una cuarta firma.
Una que ninguno de los dos esperaba encontrar.
Cuando Lucía leyó el nombre, levantó lentamente la vista hacia mí.
Su expresión había cambiado por completo.
—Valeria…
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué pasa?
Lucía giró la pantalla.

La cuarta persona que había autorizado mi muerte no pertenecía al hospital.
Era alguien que conocía mi vida desde antes de casarme.
Mi propio padre.