PARTE 2: La verdad detrás del ADN

Mariana cerró de golpe la computadora.

El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que temió que Ricardo pudiera escucharlo desde el pasillo.

La perilla giró lentamente.

Una vez.

Dos veces.

Luego la puerta se abrió.

Ricardo apareció en el marco con el cabello despeinado y expresión adormilada.

—¿Qué haces despierta a estas horas?

Mariana obligó a su rostro a permanecer tranquilo.

—No podía dormir.

Ricardo observó la pantalla cerrada de la laptop.

Por un instante, algo parecido a la sospecha cruzó sus ojos.

Pero desapareció enseguida.

—No te desveles tanto —dijo mientras se acercaba para darle un beso en la frente—. Mañana tengo una reunión temprano.

Otra mentira.

Mariana sintió náuseas.

Lo vio regresar a la habitación y cerrar la puerta.

Solo entonces volvió a respirar.

Esperó veinte minutos.

Treinta.

Cuando estuvo segura de que dormía profundamente, regresó al escritorio.

Abrió nuevamente la computadora.

Y esta vez hizo clic en el archivo.

“Valeria ADN”.

El documento tardó unos segundos en cargarse.

Mariana esperaba encontrar una prueba concluyente.

Una coincidencia genética.

Algo que confirmara que Valeria era hija de Ricardo.

Pero lo que apareció en pantalla la dejó completamente inmóvil.

El resultado decía:

Probabilidad de paternidad: 0%.

Ricardo no era el padre biológico de Valeria.

Mariana leyó el informe tres veces.

Luego una cuarta.

No había duda.

Aquella muchacha que lo llamaba papá no compartía su sangre.

Entonces, ¿por qué estaba dispuesto a entregarle propiedades?

¿Por qué ocultarlo durante tantos años?

¿Por qué mentir?

Siguió revisando los documentos adjuntos.

Había correos.

Transferencias bancarias.

Mensajes antiguos.

Y una fotografía fechada diecinueve años atrás.

En ella aparecía Ricardo abrazando a una mujer joven frente a una clínica privada.

La misma mujer que Valeria había llamado “mamá” en el restaurante.

Mariana sintió un escalofrío.

Aquella historia era mucho más antigua de lo que imaginaba.

Entonces encontró un mensaje reciente enviado por Ricardo.

Lo abrió.

Y leyó:

“Si Mariana descubre quién eres realmente, perderemos todo.”

Mariana dejó escapar el aire.

¿Quién eres realmente?

No decía “si descubre que eres mi hija”.

No decía “si descubre nuestro pasado”.

Decía otra cosa.

Algo mucho peor.

Su teléfono vibró de repente.

Número desconocido.

El mismo que le había enviado el mensaje días antes.

Con manos temblorosas contestó.

—¿Bueno?

Al otro lado hubo unos segundos de silencio.

Luego habló una voz femenina.

Una voz madura.

Tensa.

Asustada.

—¿Mariana?

—¿Quién habla?

—No tengo mucho tiempo.

—¿Quién es usted?

La mujer respiró profundamente.

—Soy la madre de Valeria.

Mariana se puso de pie.

—¿Qué quiere?

—Salvarte.

El silencio llenó la habitación.

—¿Salvarme de qué?

La respuesta llegó como un disparo.

—De Ricardo.

Mariana sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—No entiendo.

—Porque te ha mentido durante veinte años.

—¿Valeria es su hija o no?

—No.

—Entonces ¿por qué la llama así?

Al otro lado de la línea se escuchó un sollozo.

—Porque Ricardo no quería una hija.

Quería una heredera.

Mariana cerró los ojos.

Cada palabra empeoraba la situación.

—Explíquese.

La mujer habló muy despacio.

—Tu esposo sabía desde hace años que mi padre tenía una fortuna enorme. Cuando conoció a Valeria siendo una niña, decidió acercarse a nosotras.

—Eso no tiene sentido.

—Lo tendrá cuando descubras quién aparece realmente en el testamento de mi familia.

Mariana apretó el teléfono.

—¿Quién?

La respuesta llegó en apenas un susurro.

—Tu hijo Sebastián.

Mariana quedó paralizada.

—¿Qué?

—Mi padre lo nombró heredero meses antes de morir.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible.

—Ricardo lo sabe.

—No…

—Y ahora está intentando transferir propiedades porque cree que cuando salga el testamento completo perderá el control de todo.

Mariana sintió un frío recorrerle la espalda.

De pronto entendió algo.

La casa de Cuernavaca.

El notario.

Las transferencias.

Los documentos ocultos.

Ricardo no estaba protegiendo a una hija secreta.

Estaba moviendo bienes antes de que alguien descubriera algo mucho más grande.

Y justo cuando Mariana iba a hacer otra pregunta, escuchó un ruido detrás de ella.

La puerta del despacho estaba abierta.

Ricardo estaba allí.

Despierto.

Mirándola.

Y en su mano sostenía una carpeta idéntica a la que acababa de revisar.

—Creo —dijo con una calma aterradora— que ya viste cosas que no debías ver.

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