A la mañana siguiente, Rodrigo regresó a casa con la tranquilidad de quien cree controlar cada pieza del tablero.
—¿Cómo estuvo tu noche? —preguntó mientras dejaba las llaves sobre la mesa.
Mariana levantó la vista de su computadora y sonrió con una serenidad que lo desconcertó.
—Muy productiva.
Nada más.
Ningún reproche.
Ninguna escena.
Aquella calma empezó a incomodarlo.
Mientras él se duchaba, Javier Morales llegó al despacho privado de la casa con una carpeta azul.
—Confirmamos veintisiete transferencias y ocho contratos simulados —explicó en voz baja—. Todo salió de cuentas de la empresa mediante autorizaciones firmadas por Rodrigo.
Mariana pasó lentamente las hojas.
Cada documento representaba una mentira.
Un departamento de lujo en Polanco.
Una camioneta blindada registrada a nombre de una sociedad recién creada.
Seguros médicos privados para Daniela y el pequeño Emiliano.
Viajes a París, Lyon y Cancún disfrazados como reuniones comerciales.
Veintiocho millones de pesos.
Ni un solo gasto tenía relación con Agroindustrias Salgado.
—¿Ya bloqueaste los movimientos? —preguntó Mariana.
—El consejo puede congelar cualquier firma si demuestra administración fraudulenta.
Ella asintió.
—Todavía no. Quiero que siga creyendo que ganó.
Aquella misma tarde recibió una llamada inesperada.
Era el doctor Philippe Laurent, el especialista francés que había tratado a Rodrigo años atrás durante un congreso médico.
—Señora Alcántara, necesito hablar con usted personalmente. Es un asunto delicado.
Una hora después estaban frente a frente.
El médico abrió un expediente antiguo.
—Sé que el señor Rodrigo le pidió absoluta confidencialidad cuando ambos acudieron a la clínica de fertilidad.
Mariana respiró hondo.
—Lo recuerdo perfectamente.
El doctor permaneció unos segundos en silencio.
—Hay algo que nunca llegamos a descubrir en ese momento porque él dejó de asistir a las consultas.
Sacó unos análisis adicionales.
—La condición del señor Rodrigo era mucho más grave de lo que pensábamos.
Mariana sintió que el corazón se detenía.
—¿Qué significa eso?
—Que la posibilidad de concebir un hijo de manera natural no era baja…
El médico levantó la mirada.
—Era prácticamente imposible.
Durante varios segundos nadie habló.
Las palabras parecían suspendidas en el aire.
—¿Está completamente seguro? —preguntó Mariana.
—Los estudios fueron repetidos tres veces. Científicamente, las probabilidades eran cercanas a cero.
Mariana recordó inmediatamente la escena de la terraza.
“Emiliano es mi único hijo.”
Aquella frase ya no sonaba igual.
Si Rodrigo era incapaz de engendrar un hijo de forma natural…
Entonces alguien estaba mintiendo.
Y quizás no era solamente él.
Esa misma noche, Rodrigo organizó una cena familiar.
Doña Elena presumía fotografías del bebé a todos los presentes.
—Nuestro Emiliano ya sonríe igual que su padre.
Daniela acariciaba al niño con expresión orgullosa.
Rodrigo levantó su copa.
—Dentro de unos años él dirigirá Agroindustrias Salgado.
Mariana observó cada rostro con absoluta calma.
Esperó a que terminaran los aplausos.
Luego dejó lentamente una carpeta sobre la mesa.
—Qué bonito discurso —dijo con una sonrisa tranquila—. Pero antes de hablar de herencias, creo que todos deberían conocer dos pequeñas noticias.
Rodrigo dejó de sonreír.
—¿De qué hablas?
—La primera… es que encontré veintiocho millones de pesos desviados de la empresa.
El salón quedó completamente en silencio.
—Y la segunda…
Mariana deslizó otro sobre cerrado hacia el centro de la mesa.
—Mañana, a las nueve de la mañana, un juez autorizó la toma de muestras para una prueba oficial de ADN.
Daniela perdió el color del rostro.
Rodrigo se puso de pie de golpe.

—¡Eso es absurdo!
Mariana sostuvo su mirada sin apartar los ojos.
—No tanto. Porque si el expediente médico que acabo de recibir es verdadero…
Su voz sonó firme.
—Entonces Emiliano podría no ser hijo tuyo… y eso significa que alguien aquí ha estado engañando a todos.