Seis años huyendo.
Y Adrian me había reconocido en menos de un minuto.
A la mañana siguiente llegué a Kingstone Pictures a las 8:40.
Adrian ya estaba allí.
No mencionó nuestro pasado.
Durante tres horas revisó mi película escena por escena, señaló problemas de derechos, documentación y distribución que mi equipo había pasado por alto.
Cuando terminamos, cerró la carpeta.
—Corrige esto y tendrás posibilidades reales.
—¿Por qué me ayudas?
Adrian levantó la mirada.
—Porque la película es buena.
Guardé silencio.
—¿Solo por eso?
Su expresión cambió.
—¿Qué otra respuesta quieres, Mia?
Apreté los dedos.
—Quiero saber por qué me diste aquella tarjeta hace seis años.
Adrian se quedó inmóvil.
—¿Qué tarjeta?
Sentí un vacío en el estómago.
Le expliqué lo que había escuchado aquella mañana. Mina. Sus amigos. La habitación supuestamente destinada a ella.
Cuando terminé, Adrian parecía furioso.
Pero no conmigo.
Abrió un cajón y sacó una vieja cartera.
Dentro conservaba una fotografía de nuestra graduación.
En la parte trasera había una frase escrita a mano:
“Mia. Habitación 1708. Necesito decirte algo antes de irme.”
Reconocí inmediatamente su letra.
—La tarjeta era para ti —dijo.
Lo miré sin respirar.
—¿Y Mina?
—Me pidió que la acompañara después de la fiesta. Le dije que no.
Entonces comprendí.
Había construido seis años de vergüenza alrededor de una conversación que ni siquiera conocía completa.
—Pero aquella noche… dijiste un nombre.
Adrian soltó una risa incrédula.
—Sí. Mia.
Se acercó un poco.
—Porque eras tú.
Sentí que me ardían los ojos.
—¿Entonces por qué nunca me buscaste?
Esta vez su rostro se endureció.
—Te busqué.
Sacó su teléfono.
Había fotografías antiguas de correos devueltos, mensajes sin respuesta y hasta una captura de un correo enviado a mi antigua universidad.
—Cambiaste de número. Te marchaste. Nadie quiso decirme dónde estabas.
Me quedé mirando aquellas pruebas.
Durante seis años pensé que había sido un error del que Adrian seguramente se avergonzaba.
Mientras tanto, él había pensado que yo había desaparecido después de estar con él.
—Mia —dijo finalmente—, no voy a utilizar tu película para obligarte a resolver nuestro pasado.
Empujó la carpeta hacia mí.
—Tu proyecto será evaluado por su mérito. Lo demás solo hablaremos si tú quieres.
Aquello fue precisamente lo que terminó de romper mis defensas.
No una declaración.
No una persecución.
Respeto.
Tres semanas después, mi película superó la nueva revisión.
Cuando recibí la noticia, llamé primero a Maya.
La segunda persona fue Adrian.
—La aprobaron.
Hubo silencio.
Después escuché su risa.
—Lo sabía.
Sonreí.
—¿Estás libre esta noche?
—Depende.
—¿De qué?
Miré la vieja fotografía que él me había devuelto.
—De si todavía quieres terminar aquella conversación de hace seis años.

Esta vez no pensaba huir.
Porque finalmente había entendido algo.
La chica que fui aquella noche nunca había sido demasiado poco para Adrian.
Solo había estado demasiado herida para creer que alguien pudiera elegirla.