PARTE 2 — LA VERDAD BAJO EL PISO

El primer golpe hizo temblar la madera.

El segundo abrió una grieta.

El tercero dejó al descubierto un espacio oscuro entre las vigas.

—¡Llamen a emergencias! —gritó Esteban sin apartar la vista del piso.

Irene ya tenía el teléfono en la mano.

Marcela permanecía inmóvil junto a la pared, con el rostro completamente pálido.

—¡No! —exclamó de pronto—. ¡Van a destruir la casa!

Esteban giró lentamente hacia ella.

Entre todas las cosas que podían preocuparle en ese instante, su hermana acababa de elegir la casa.

No el niño.

No Diego.

La casa.

Aquello le produjo un escalofrío.

Con todas sus fuerzas volvió a golpear.

Las tablas cedieron.

Una nube de polvo llenó la sala.

Debajo apareció una pequeña cavidad.

No era un sótano.

Era un antiguo espacio técnico, apenas lo bastante alto para que un niño pudiera permanecer agachado.

—¡Diego! —gritó Irene entre lágrimas.

Desde la oscuridad volvió a escucharse aquella voz débil.

—Mamá…

Un bombero, que acababa de llegar con el primer equipo de rescate, apartó a Esteban con cuidado.

—Déjenos trabajar.

En pocos minutos retiraron varias tablas más.

Uno de los rescatistas encendió una linterna y se introdujo por la abertura.

Todos contenían la respiración.

Los segundos parecían eternos.

Hasta que el bombero gritó desde abajo:

—¡Hay un menor!

Irene se desplomó de rodillas.

Esteban sintió que las piernas dejaban de responderle.

Unos instantes después, el rescatista emergió sosteniendo a Diego entre los brazos.

El niño estaba extremadamente delgado, cubierto de polvo y con el rostro lleno de lágrimas secas.

Pero estaba vivo.

Irene corrió hacia él.

—Mi amor…

Diego apenas tenía fuerzas para levantar los brazos.

—Mamá…

Esteban abrazó a los dos sin poder contener el llanto.

Durante diez meses había imaginado aquel momento de mil maneras distintas.

Nunca creyó que ocurriría allí.

Bajo la sala de su propia hermana.

Mientras los paramédicos atendían al niño, un comandante de la policía se acercó a Marcela.

—Necesitamos hacerle algunas preguntas.

Ella negó una y otra vez.

—Yo no hice nada…

—Entonces explíquenos por qué había un menor bajo el piso de su vivienda.

Marcela abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Fue Diego quien habló primero.

Con una voz apenas audible.

—La tía…

Todos se acercaron.

—¿Qué pasó, campeón? —preguntó el paramédico con suavidad.

Diego cerró los ojos unos segundos.

—La tía dijo que era un juego…

Que tenía que esconderme.

Miró lentamente hacia Marcela.

—Pero después… cerró la puerta.

El silencio se volvió absoluto.

Marcela rompió a llorar.

—¡No fue así!

Pero Diego continuó.

—Yo gritaba…

Y ella decía que papá ya no me quería.

Esteban sintió un nudo en la garganta.

El comandante tomó nota sin interrumpir.

Diego hizo un esfuerzo por seguir hablando.

—Luego… venía alguien más.

Todos levantaron la cabeza.

—¿Alguien más? —preguntó el oficial.

El niño asintió lentamente.

—Un señor…

No era la tía.

Me traía agua…

Y hablaba con ella cuando pensaban que yo dormía.

El comandante intercambió una mirada con otro agente.

Aquello cambiaba por completo la investigación.

Marcela empezó a respirar con dificultad.

—Diego está confundido…

Es un niño.

El comandante la observó con serenidad.

—Eso lo determinará la investigación.

Pero antes de que los agentes pudieran continuar, uno de los peritos que inspeccionaba el espacio bajo el piso salió sosteniendo una caja metálica cubierta de polvo.

—Comandante…

Todos dirigieron la mirada hacia él.

—Encontramos esto junto a la pared del fondo.

La caja tenía un candado roto.

En la tapa aparecían escritas, con tinta ya descolorida, dos palabras:

“Documentos familiares”.

Esteban la reconoció de inmediato.

Era la vieja caja fuerte portátil que su padre había dado por desaparecida años atrás.

Y Marcela, al verla, perdió por completo el color del rostro.

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