Nadie volvió a moverse.
Los inspectores intercambiaron miradas incómodas.
El nombre de Esteban parecía haber cambiado por completo el ambiente.
—Pongan el teléfono en altavoz —ordenó él desde el otro lado de la llamada.
Yo ya lo había hecho.
—Mamá —dijo con una calma que daba más miedo que un grito—. ¿Quién te autorizó a ir a la casa de Clara?
Margarita intentó recuperar la compostura.
—Solo estoy protegiendo lo que es de la familia.
—Esa casa no le pertenece a la familia.
—Pero…
—Ni a ti. Ni a Raúl.
Hubo un silencio incómodo.
Uno de los inspectores carraspeó discretamente.
—Señor Esteban, nosotros recibimos una denuncia ciudadana…
—¿Presentada por quién?
El hombre dudó.
Miró a Margarita.
Luego respondió:
—Por la señora Margarita Salcedo.
—Perfecto.
La voz de Esteban se volvió todavía más fría.
—Quédense ahí diez minutos. Mi abogado ya va en camino.
Margarita palideció.
—¿Para qué llamaste a un abogado?
—Porque acabas de utilizar recursos públicos para intentar despojar a la legítima propietaria de un inmueble.
La expresión de los inspectores cambió de inmediato.
Uno de ellos cerró lentamente la carpeta que llevaba en la mano.
—¿Legítima propietaria?
Esteban respondió sin titubear.
—La escritura está inscrita definitivamente a nombre de Clara Fuentes desde hace dos años. Es irrevocable.
Raúl dio un paso adelante.
—¡Eso fue antes de que fueras millonario!
—Precisamente.
Otra pausa.
—Y seguirá siendo así.
La llamada terminó.
Quince minutos después llegaron tres camionetas negras.
No eran de CieloTech.
Llevaban el logotipo de un despacho jurídico.
Del vehículo principal descendió una mujer de unos cuarenta años.
—Licenciada Isabel Robles.
Mostró su identificación.
—Represento al señor Esteban Ortega.
Entregó una carpeta al inspector municipal.
—Aquí están las escrituras, el registro público y la resolución judicial del divorcio.
El funcionario revisó los documentos.
Le bastó un minuto.
Luego levantó la vista hacia Margarita.
—Señora…
Respiró profundamente.
—La propiedad pertenece exclusivamente a la señora Clara Fuentes.
No existe ningún procedimiento que justifique una inspección extraordinaria.
Margarita empezó a ponerse nerviosa.
—Pero esa casa vale muy poco. Mi hijo puede comprar cien iguales.
La abogada sonrió apenas.
—Entonces quizá debería preguntarse por qué lleva dos años intentando recuperarla.
Yo también me hice la misma pregunta.
Giré hacia Isabel.
—Eso mismo quiero saber.
Ella me observó unos segundos.
Como si estuviera decidiendo cuánto podía decir.
Finalmente abrió otra carpeta.
—Porque el señor Esteban sabía que tarde o temprano ocurriría exactamente lo que está ocurriendo hoy.
Fruncí el ceño.
—No entiendo.
La abogada señaló el piso del recibidor.
—¿Recuerda la remodelación que hicieron seis meses antes del divorcio?
Asentí lentamente.
Habíamos cambiado prácticamente todo el piso de la planta baja.
—Sí.
—No fue una remodelación.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces qué fue?
Isabel sacó una pequeña llave de seguridad y la dejó sobre la mesa.
—Debajo de esas losetas existe una cámara acorazada que solo puede abrirse con dos llaves.
El mundo pareció detenerse.
—¿Una cámara acorazada?
La abogada asintió.
—Su exesposo escondió allí algo que valía mucho más que la empresa que hoy salió a bolsa.
Raúl soltó una carcajada incrédula.
—¿Dinero?
—No.
Isabel negó con serenidad.
—La propiedad intelectual original con la que nació CieloTech.
Todos quedaron inmóviles.
La abogada continuó:
—Los algoritmos, los prototipos, las patentes sin registrar y el cuaderno original donde Esteban desarrolló toda la tecnología de la empresa.
Miré el piso de mi propia casa sin poder creerlo.
Entonces Isabel pronunció la frase que explicó por fin todo lo ocurrido dos años atrás.
—Cuando Esteban se divorció de usted, ya sabía que algunos miembros de su familia intentarían quitarle todo.

Hizo una pausa.
—Por eso dejó el activo más valioso del que disponía en el único lugar donde estaba seguro de que nadie de los Ortega se atrevería a buscar…
Levantó la mirada y sonrió con discreción.
—La casa que legalmente pertenecía a su exesposa.