PARTE 2: LA VERDAD APUNTABA A OTRA MUJER

Victor tardó exactamente cuarenta y ocho horas.

Cuarenta y ocho horas en las que Daniel apenas durmió.

Seguía saliendo de casa cada mañana como siempre.

Besaba a Emily en la frente.

Acariciaba el cabello de Noah, Ethan y Caleb antes de que fueran a la escuela.

Incluso sonreía cuando el pequeño Caleb corría hacia él gritando:

—¡Papá, mira mi dibujo!

Daniel sonreía.

Pero por dentro sentía que cada segundo era una mentira.

El viernes, a las siete de la noche, Victor entró en su despacho con un sobre blanco.

No dijo una palabra.

Solo lo dejó sobre el escritorio.

Daniel tardó casi un minuto en abrirlo.

Sus manos, acostumbradas a firmar contratos de millones de dólares, temblaban.

Sacó los tres informes.

Leyó el primero.

Probabilidad de paternidad: 0 %.

Respiró hondo.

Abrió el segundo.

Probabilidad de paternidad: 0 %.

El tercero.

Probabilidad de paternidad: 0 %.

El silencio era insoportable.

Daniel cerró los ojos.

No gritó.

No rompió nada.

Simplemente permaneció inmóvil durante varios minutos.

Victor habló con cautela.

—Señor…

Daniel levantó una mano para detenerlo.

—Quiero saber quién es el padre.

Victor dudó.

—Eso no será fácil.

—Nunca te pedí que fuera fácil.

Aquella misma noche comenzó una investigación privada.

Movimientos bancarios.

Cámaras.

Llamadas.

Viajes.

Todo.

Daniel quería descubrir desde cuándo Emily llevaba aquella doble vida.

Cinco días después, el jefe de los investigadores apareció con una carpeta negra.

—Encontramos algo extraño.

Daniel abrió el expediente.

Esperaba fotografías de Emily con otro hombre.

Reservas de hoteles.

Mensajes románticos.

Pero no había nada de eso.

Solo había decenas de fotografías de una misma persona.

Una mujer.

Rubia.

Elegante.

Siempre perfectamente vestida.

Daniel frunció el ceño.

—¿Quién es?

El investigador respondió sin apartar la vista.

—Su secretaria.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Amanda?

—Sí.

Las siguientes páginas mostraban algo todavía más desconcertante.

Amanda había acompañado a Emily durante los tres embarazos.

Entraba con ella en las clínicas.

La llevaba a las consultas cuando Daniel estaba de viaje.

Firmaba formularios como contacto de emergencia.

Incluso aparecía entrando sola varias veces en el departamento donde vivía la familia.

—¿Qué demonios significa esto?

El investigador respiró lentamente.

—No encontramos ninguna evidencia de que su esposa tenga un amante.

Ni uno solo.

Daniel golpeó la mesa.

—¡Entonces explíqueme esos resultados!

El hombre deslizó otra fotografía.

Era una imagen captada por una cámara de seguridad dos años atrás.

Amanda salía de una clínica especializada en fertilidad.

Llevaba un sobre idéntico al que Daniel había recibido aquella semana.

—Su secretaria visitó ese centro médico más de veinte veces en los últimos seis años.

Daniel sintió que algo no encajaba.

Amanda llevaba doce años trabajando para él.

Conocía cada contraseña.

Cada agenda.

Cada documento.

Sabía cuándo él viajaba.

Cuándo estaba fuera.

Cuándo Emily iba sola al médico.

Era la única persona que conocía todos los movimientos de su familia.

El investigador volvió a hablar.

—Hay otra cosa.

Sacó un último informe.

—Los tres partos fueron atendidos por el mismo obstetra.

Y ese médico es socio del esposo de Amanda.

Daniel levantó la cabeza lentamente.

Por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla, dejó de mirar a Emily como la única sospechosa.

Algo mucho más grande empezaba a aparecer.

Esa noche regresó a casa.

Emily estaba ayudando a Noah con los deberes mientras Ethan y Caleb construían un castillo de bloques en la alfombra.

Al verlo entrar, sonrió.

—Llegaste temprano.

Daniel observó a los cuatro en silencio.

Durante largos segundos.

Emily dejó el cuaderno sobre la mesa.

—¿Qué pasa?

Él dio un paso hacia ella.

Sacó del bolsillo los tres análisis de ADN.

Los dejó frente a su esposa.

Emily los miró.

Leyó la primera página.

Luego la segunda.

Después la tercera.

Daniel esperaba verla llorar.

Negarlo todo.

Intentar inventar una explicación.

Pero Emily solo levantó lentamente la vista.

Y, para sorpresa de Daniel, el color desapareció de su rostro.

No parecía la expresión de una mujer descubierta.

Parecía la de alguien que acababa de comprender una tragedia.

Con la voz quebrada, susurró apenas cuatro palabras:

—No… esto es imposible.

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