PARTE 2: LA UNIDAD 17

El pitido volvió a sonar.

Corto.

Rítmico.

Metálico.

No venía de un reloj.

Ni de una alarma cualquiera.

Venía del interior de la Unidad 17.

La agente del FBI giró de inmediato.

—Llegó antes de lo previsto.

Sacó una tarjeta magnética y abrió el candado.

La puerta metálica se levantó lentamente con un chirrido que hizo eco por todo el almacén.

Entré detrás de ella.

Esperaba encontrar cajas viejas, muebles cubiertos con lonas o documentos olvidados.

Pero el interior parecía una oficina.

Había un escritorio.

Tres archivadores.

Dos computadoras apagadas.

Un generador portátil.

Y, al fondo, una caja fuerte de acero empotrada en la pared.

El pitido provenía de un pequeño dispositivo conectado a ella.

La agente respiró hondo.

—Llegamos a tiempo.

Introdujo la llave de latón en una cerradura situada junto al teclado electrónico.

Encajó perfectamente.

Después escribió un código de seis cifras.

La caja fuerte emitió un clic.

Se abrió.

Dentro no había dinero.

Había carpetas.

Decenas de carpetas.

Todas etiquetadas con fechas.

Nombres.

Fotografías.

Mi padre aparecía en muchas de ellas.

Pero no como empresario.

Ni como jubilado.

Vestía un chaleco con las siglas del FBI.

Retrocedí un paso.

—¿Qué… qué es esto?

La agente tomó una credencial plastificada.

Me la entregó.

Mi padre sonreía en la fotografía.

Debajo podía leerse:

Raymond Mercer – Colaborador Confidencial.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—Mi padre trabajaba para ustedes.

Ella negó lentamente.

—No exactamente.

Abrió una carpeta gruesa.

—Durante veintidós años ayudó a desmantelar una red de lavado de dinero y corrupción que operaba en varios estados.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

—¿Y por qué fingir su muerte?

La agente guardó silencio unos segundos.

Después respondió.

—Porque hace nueve días descubrimos que alguien dentro de la investigación estaba filtrando información.

Sentí un escalofrío.

—¿Un infiltrado?

—Sí.

Sacó otra fotografía.

Esta vez aparecía la casa de mis padres.

Tomada desde la distancia.

Otra.

Mi esposa llevando a nuestros hijos al colegio.

Otra.

Yo entrando a mi oficina.

Sentí un nudo en el estómago.

—Nos estaban vigilando.

—A toda su familia.

El teléfono volvió a sonar.

Otra llamada de mi madre.

Miré la pantalla.

La agente negó con firmeza.

—No contestes.

—¿Por qué?

Ella sostuvo mi mirada.

—Porque no sabemos si quien envió esos mensajes era realmente tu madre.

El aire se volvió pesado.

—¿Qué quiere decir?

Antes de que pudiera responder, una de las computadoras se encendió sola.

La pantalla mostró una transmisión en vivo.

Mi casa.

Reconocí inmediatamente la entrada principal.

Había varias camionetas negras estacionadas frente al jardín.

Dos hombres forzaban la puerta.

Otro vigilaba la calle.

Mi corazón empezó a latir con violencia.

—¡Mi familia!

Intenté correr hacia la salida.

La agente me sujetó del brazo.

—¡Si vas ahora, los llevarás directamente hasta ellos!

—¡Mi esposa y mis hijos están ahí!

Ella permaneció inmóvil.

—No.

Negó lentamente.

—No están.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo lo sabes?

Sacó un teléfono seguro del bolsillo.

Marcó un número.

Esperó apenas dos segundos.

—Equipo Alfa.

Confirmen ubicación.

Hubo una pausa.

Después una voz respondió por el altavoz.

—Esposa e hijos asegurados hace treinta y siete minutos.

Casa segura.

Sin incidentes.

Sentí que el pecho volvía a llenarse de aire.

La agente colgó.

—Tu padre insistió en un protocolo.

Si moría… o fingía morir… sacaríamos primero a tu familia.

La observé sin entender.

—Entonces… ¿quién está dentro de mi casa?

La agente no respondió.

Abrió la última carpeta que permanecía cerrada.

Dentro solo había una fotografía reciente.

Al verla, la sangre se me congeló.

Era mi madre.

Sentada frente a un hombre al que jamás había visto.

Ambos estrechaban las manos sobre una mesa.

La fotografía tenía un sello rojo.

OBJETIVO PRIORITARIO.

Sentí que el mundo entero se derrumbaba.

—Eso es imposible…

La agente bajó la voz.

—Ojalá lo fuera.

Me mostró la siguiente página.

Era una nota escrita por mi padre con su propia letra.

Solo contenía una frase.

“Si estás leyendo esto, significa que la persona de la que más quería protegerte… era tu propia madre.”

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