PARTE 2: LA ÚNICA EXCEPCIÓN

Toda la oficina quedó en silencio.

Miré la llave una y otra vez, incapaz de comprender.

—¿Qué significa esto? —pregunté.

Julian no respondió de inmediato.

Se limitó a cerrar la caja y empujarla hacia mí.

—Es tuyo.

Negué con la cabeza.

—No puedo aceptarlo.

—No es un regalo.

Sacó una carpeta del portafolio y la dejó sobre mi escritorio.

Dentro estaba el contrato de compraventa.

El propietario era yo.

El precio figuraba como completamente pagado.

—Hace dos años me dijiste que soñabas con un estudio donde pudieras pintar los fines de semana —dijo con calma—. Encontré ese apartamento y lo compré antes de que subiera de precio.

Lo miré, desconcertada.

—¿Por qué harías algo así?

Julian guardó silencio unos segundos.

—Porque sabía que algún día dejarías esta empresa.

Aquella respuesta me dejó aún más confundida.

—Entonces… ¿por qué nunca me lo dijiste?

Sonrió con amargura.

—Porque pensé que, si te quedabas a mi lado, sería por decisión propia y no porque sintieras que me debías algo.

En ese momento apareció Ethan.

—Julian, la familia Sterling acaba de llegar.

Toda la oficina volvió a mirar hacia nosotros.

Julian respiró hondo.

—Cancela la reunión.

Ethan frunció el ceño.

—¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

Sin apartar la vista de mí, dijo la frase que nadie esperaba.

—Nunca existió un compromiso.

Los empleados comenzaron a murmurar.

Ethan terminó riéndose.

—Al fin lo dices.

Se volvió hacia todos.

—La prensa inventó el compromiso hace semanas. La familia Sterling quería una alianza empresarial y nosotros nunca la confirmamos.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Entonces… Amelia?

—Es una socia comercial y una vieja amiga.

Julian dio un paso hacia mí.

—Charlotte, durante cuatro años fingí que solo eras mi secretaria.

—Porque eras la única persona de la empresa sobre la que tenía autoridad directa.

—Y juré que nunca aprovecharía esa posición para confesarte lo que sentía.

Bajó la mirada.

Por primera vez vi inseguridad en un hombre que siempre parecía controlar cada situación.

—Esperaba que algún día dejaras de trabajar para mí.

—Pensaba invitarte a cenar cuando ya no existiera ninguna relación laboral entre nosotros.

—Pero ayer dijiste que ibas a casarte.

Mi respiración se detuvo.

—Lo inventé.

Él levantó la vista de inmediato.

—¿Qué?

Sonreí por primera vez en mucho tiempo.

—No existe ningún novio.

—Solo necesitaba una razón para marcharme antes de verte comprometido con otra mujer.

Julian soltó una breve carcajada, como si acabara de liberarse de un enorme peso.

—Así que los dos llevábamos años tomando decisiones por una mentira.

Asentí.

Él extendió lentamente la mano.

—Acepta la renuncia.

—Deja de ser mi secretaria.

—Y, cuando termine tu último día de trabajo, permíteme hacer algo que debí hacer hace cuatro años.

Lo miré en silencio.

—Invitarte a cenar.

No era una orden.

No era una propuesta de un jefe a una empleada.

Era la invitación de un hombre a una mujer completamente libre de decir que sí… o que no.

Sonreí mientras guardaba la llave en mi bolso.

—Está bien.

—Pero esta vez la reserva la hago yo.

Julian sonrió como nunca lo había visto hacerlo.

Y comprendí que, a veces, el verdadero comienzo de una historia de amor no ocurre cuando dos personas se conocen, sino cuando por fin dejan de esconder lo que sienten.

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