La iglesia quedó completamente en silencio.
Solo se escuchaba el suave crujido del sobre al abrirse entre las manos del abogado.
Michael O’Malley levantó la vista.
—Este documento fue firmado por la señora Sarah Collins hace treinta y ocho días, ante dos testigos y un notario público.
Sebastián soltó una risa desde el primer banco.
—Eso es ridículo.
Se acomodó la corbata con absoluta tranquilidad.
—Sarah no tenía patrimonio. Todo estaba a mi nombre.
El abogado pasó la primera hoja.
—Veremos si sigue pensando lo mismo al terminar la lectura.
La sonrisa de Sebastián perdió apenas un poco de seguridad.
Michael comenzó a leer.
—”A mi madre, Evelyn Collins…”
Sentí que las piernas me temblaban.
“…quiero pedirle perdón por no haber regresado cuando todavía podía hacerlo.”
Las lágrimas comenzaron a nublarme la vista.
—”Sé que intentaste rescatarme muchas veces. Yo elegí quedarme porque creía que aún podía salvar mi matrimonio.”
Nadie en la iglesia respiraba.
El abogado continuó.
—”Si estás escuchando estas palabras, significa que fracasé.”
Sebastián dejó de sonreír.
La mujer del vestido rojo cruzó lentamente las piernas, fingiendo indiferencia.
Michael pasó otra página.
—”También quiero dejar constancia de que mi muerte no debe interpretarse jamás como un accidente doméstico sin una investigación completa.”
Toda la iglesia reaccionó al mismo tiempo.
El sacerdote levantó la cabeza.
Varias personas comenzaron a murmurar.
Sebastián se puso de pie.
—¡Eso no tiene ningún sentido!
El abogado levantó una mano.
—Todavía no he terminado.
Volvió a leer.
—”Durante los últimos dieciséis meses documenté cada episodio de violencia física, psicológica y económica sufrido dentro de mi matrimonio.”
El rostro de Sebastián perdió completamente el color.
La mujer de rojo dejó de sonreír.
—”Las fotografías, grabaciones de audio, informes médicos y copias de mensajes fueron entregados al despacho O’Malley Legal bajo un protocolo de apertura diferida.”
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo.
Sarah…
Había estado preparándolo todo.
Incluso mientras intentaba convencerme de que estaba bien.
El abogado señaló discretamente cuatro cajas selladas junto al altar.
Hasta ese momento nadie había reparado en ellas.
—Aquí se encuentran todas las pruebas mencionadas por la señora Collins.
Sebastián dio un paso hacia adelante.
—¡Eso es una locura!
—Si da un paso más…
Dos agentes de seguridad del cementerio avanzaron inmediatamente.
Michael siguió leyendo con absoluta serenidad.
—”Respecto a mi patrimonio…”
Sebastián volvió a reír.
Esta vez sonó forzado.
—¿Qué patrimonio?
El abogado levantó un documento bancario.
—”Hace cinco años heredé de mi abuelo el cuarenta y ocho por ciento de Collins Medical Holdings.”
La iglesia quedó inmóvil.
Yo también.
No sabía nada de aquella herencia.
Sarah nunca me lo contó.
—”Oculté deliberadamente esa información porque comprendí que Sebastián solo permanecía conmigo por interés económico.”
La mujer del vestido rojo abrió mucho los ojos.
Sebastián negó con desesperación.
—¡Está mintiendo!
Michael levantó otra carpeta.
—La transferencia nunca se ejecutó porque la señora Collins constituyó un fideicomiso irrevocable.
Volvió a leer.
—”Mi esposo no recibirá absolutamente nada.”
La mujer del vestido rojo giró lentamente hacia Sebastián.
Era evidente que tampoco conocía aquella parte de la historia.
—”La totalidad de mis acciones, inversiones y propiedades pasarán a mi hijo cuando alcance la mayoría de edad.”
Michael hizo una pausa.
Después levantó la vista hacia mí.
—”Mientras tanto, mi madre, Evelyn Collins, será la administradora exclusiva del fideicomiso.”
Sentí que me faltaba el aire.
Sebastián dio un paso atrás.
—¡Eso es imposible!
—No.
El abogado cerró lentamente la carpeta.
—Todo fue inscrito legalmente hace treinta y cinco días.
La mujer del vestido rojo apartó bruscamente el brazo de Sebastián.
—¿Me dijiste que ella no tenía un centavo?
Él no respondió.
Ella dio otro paso hacia atrás.
—¿Me mentiste?
Antes de que pudiera reaccionar, uno de los asistentes del abogado entró apresuradamente por la puerta lateral de la iglesia.
Traía un teléfono en la mano.
Se acercó directamente a Michael y le susurró unas palabras al oído.
El abogado permaneció inmóvil unos segundos.
Después miró fijamente a Sebastián.
Y anunció con una calma que heló la sangre de todos:

—Acabo de recibir la confirmación del laboratorio forense.
Toda la iglesia guardó silencio.
Michael sostuvo la mirada de Sebastián.
—La autopsia acaba de demostrar que Sarah no murió por las causas que usted declaró ante la policía.