Parte 2: La última puerta

El sonido de las ruedas de la maleta rompía el silencio de la sala.

Tac… tac… tac…

Guo Haoyu dejó el teléfono sobre la mesa de centro.

Durante unos segundos me observó sin decir nada.

Yo tampoco hablé.

Ya no quedaba nada que decir.

—¿Ya terminaste de recoger?

Asentí.

—Sí.

Su mirada recorrió mi única maleta.

Frunció ligeramente el ceño.

—¿Solo eso?

—Sí.

Pareció sorprendido.

Durante cuatro años yo había vivido en aquella casa.

Y, sin embargo, toda mi vida cabía en una maleta de veinte pulgadas.

Mi suegra soltó una risa.

—Al menos sabes cuál es tu sitio. No intentaste llevarte nada que no te pertenece.

No respondí.

Me incliné, me puse los zapatos y tomé el asa de la maleta.

Cuando estaba a punto de abrir la puerta…

—Espera.

La voz de Guo Haoyu volvió a detenerme.

Giré lentamente.

Él sacó una tarjeta bancaria del bolsillo.

La dejó sobre la mesa.

—Aquí hay cincuenta mil yuanes.

—Tómalos.

Miré la tarjeta.

No me moví.

—¿No dijiste que les darías cien mil a mis padres?

Él permaneció en silencio un instante.

—Eso se los enviaré directamente.

—Estos son para ti.

Mi suegra volvió a intervenir enseguida.

—No seas desagradecida.

—Con ese dinero podrás alquilar un apartamento durante bastante tiempo.

La observé unos segundos.

Luego sonreí.

Una sonrisa tan tranquila que ambos quedaron desconcertados.

—Quédenselo.

Empujé la tarjeta de vuelta hacia él.

—No necesito limosnas.

El rostro de Guo Haoyu se endureció.

—Fang Yu, deja de comportarte como una niña.

—No confundas orgullo con dignidad.

Lo miré directamente a los ojos.

Por primera vez en años.

Sin miedo.

—Precisamente porque todavía me queda dignidad…

Empujé lentamente la tarjeta hacia él.

—…no aceptaré dinero de alguien que acaba de vender nuestro matrimonio.

El ambiente quedó congelado.

Mi suegra golpeó la mesa.

—¡No sabes apreciar lo que hacen por ti!

Respiré hondo.

—Durante cuatro años cociné para ustedes.

—Lavé su ropa.

—Cuidé de esta casa.

—Trabajé en la empresa cobrando la mitad del salario de cualquier empleado.

—Si todo eso solo vale cincuenta mil yuanes…

Sonreí con amargura.

—Entonces prefiero pensar que lo hice por mí.

Nadie respondió.

Porque, por primera vez, ninguno tenía argumentos.

Tomé la maleta.

Abrí la puerta.

El aire frío de la noche entró de golpe.

Detrás de mí sonó la voz de Guo Haoyu.

Más baja que antes.

—Fang Yu.

No me giré.

—Si algún día tienes dificultades…

Hizo una pausa.

—…puedes buscarme.

Cerré los ojos durante un instante.

Aquellas palabras llegaban demasiado tarde.

—Espero que nunca vuelva a necesitarte.

Salí.

La puerta se cerró lentamente a mi espalda.

Clic.

Fue un sonido muy pequeño.

Pero, para mí…

Era el final de seis años.


Aquella noche caminé sin rumbo durante más de dos horas.

Las calles seguían iluminadas.

Las parejas paseaban de la mano.

Los restaurantes aún estaban llenos.

La ciudad seguía siendo la misma.

La única que había perdido su hogar era yo.

Cuando el reloj marcó la una de la madrugada, mi teléfono sonó.

Era mi mejor amiga.

—¿Dónde estás?

Al escuchar mi voz, rompí a llorar por primera vez.

No pude decir una sola palabra.

Solo lloraba.

Ella tampoco preguntó nada.

—Espérame.

—No te muevas.

—Voy por ti.

Treinta minutos después apareció en su coche.

En cuanto me vio con la maleta, bajó corriendo.

Me abrazó con fuerza.

—Ya está.

—Ya pasó.

Aquellas palabras hicieron que todas las emociones contenidas durante horas estallaran de golpe.

Lloré hasta quedarme sin fuerzas.

Ella me ayudó a subir al coche.

No preguntó por el divorcio.

No preguntó por Guo Haoyu.

Simplemente condujo.

A veces…

El verdadero consuelo consiste en permanecer al lado de alguien sin exigir explicaciones.


Dos días después, acudí sola al hospital.

El médico sonrió mientras observaba la pantalla del ecógrafo.

—Felicidades.

—Tiene aproximadamente seis semanas de embarazo.

Sentí que el mundo entero se quedaba en silencio.

Mis dedos se aferraron al borde de la camilla.

—¿Está… seguro?

El médico sonrió.

Giró el monitor hacia mí.

—Mire.

En la imagen aparecía un diminuto punto brillante.

Era apenas visible.

Pero allí estaba.

Una vida.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas.

Recordé las últimas palabras de Guo Haoyu.

“Aunque de verdad estuvieras embarazada… no quiero ese hijo.”

Bajé la mirada hacia mi vientre.

Con mucho cuidado apoyé la mano sobre él.

—Pero yo sí.

Susurré con una sonrisa temblorosa.

—Yo sí te quiero.

En ese instante tomé una decisión.

No volvería a buscar a Guo Haoyu.

No le pediría un solo yuan.

Ni le diría que existías.

Desde aquel momento…

Tú serías mi familia.

Y yo aprendería a ser lo suficientemente fuerte para protegernos a los dos.

Sin imaginar que, cuatro años después…

El destino volvería a cruzar nuestros caminos.

Y que el hombre que una vez rechazó a aquel niño…

Se quedaría inmóvil al verlo correr hacia mis brazos en el pasillo de un hospital.

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