Rachel se sentó junto a mi cama.
—Emma, hay algo más.
La miré.
—Dímelo.
—Olivia publicó fotografías esta mañana.
Me mostró su teléfono.
En la pantalla aparecía Daniel sonriendo frente a un pequeño restaurante francés.
Olivia estaba abrazada a su brazo.
Debajo había una frase:
«Algunas historias de amor merecen una segunda oportunidad».
Miré la fotografía durante varios segundos.
Mientras mi hija luchaba por respirar, su padre sonreía junto a otra mujer.
Devolví el teléfono.
—Rachel, no quiero volver a llamarlo.
Aquella noche conocí realmente a mi hija.
Annie pesaba menos de dos kilos.
Su pecho diminuto subía y bajaba con ayuda de un equipo respiratorio.
Introduje un dedo por la abertura de la incubadora.
Su pequeña mano se cerró alrededor del mío.
—Hola, princesa —susurré—. Soy mamá.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Perdóname por no poder abrazarte todavía.
La enfermera me entregó un pañuelo.
—Su hija está recibiendo todos los cuidados que necesita.
Asentí.
Y tomé una decisión.
Annie jamás tendría que suplicar por el amor de nadie.
Daniel llamó finalmente el jueves por la noche.
Dos días después del nacimiento.
—Emma, acabo de ver tus mensajes.
Su voz sonaba irritada.
—¿Por qué llamaste tantas veces?
Cerré los ojos.
—Nuestra hija nació el martes.
Hubo un silencio.
—¿Qué?
—Treinta y dos semanas. Cesárea de emergencia. Está en cuidados intensivos neonatales.
—Dios mío…
Escuché movimiento al otro lado.
Entonces una voz femenina preguntó:
—Daniel, ¿vienes? Ya reservaron nuestra mesa.
Olivia.
Mi marido bajó la voz.
—Emma, voy a buscar un vuelo.
—Haz lo que consideres correcto.
Y colgué.
Daniel llegó al hospital el domingo.
Cinco días después del parto.
Entró con un ramo de flores y una expresión de agotamiento.
—Emma…
No me levanté.
—Annie está en la UCIN.
—Lo siento muchísimo.
Dejó las flores sobre la mesa.
—No sabía que iba a pasar algo así.
Lo miré.
—Te llamé diecisiete veces.
Bajó la cabeza.
—Tenía el teléfono apagado.
—Lo sé.
Su expresión cambió.
—¿Qué quieres decir?
—Sé dónde estabas.
Cuando finalmente vio a Annie, Daniel comenzó a llorar.
Apoyó una mano contra el cristal de la incubadora.
—Es tan pequeña…
Permanecí detrás de él.
—Los médicos dicen que está progresando, pero todavía necesita vigilancia.
Daniel se volvió.
—Emma, voy a arreglar esto.
Lo observé en silencio.
—¿Cómo?
—Cancelaré mis viajes. Estaré aquí.
—Annie necesita un padre presente, Daniel. No promesas que duran hasta la próxima llamada de Olivia.
Su rostro palideció.
Aquella tarde regresé a mi habitación.
Rachel estaba esperándome con una carpeta.
—Emma, necesitas ver esto.
Dentro había una copia de un correo electrónico.
Daniel lo había enviado a su abogado tres semanas antes del parto.
El asunto decía:
«Consulta sobre separación patrimonial».
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo conseguiste esto?
—Tu abogada lo recibió dentro de una cadena de correspondencia relacionada con una propuesta de acuerdo. Quería que supieras que existe.
Leí lentamente.
Daniel había preguntado cómo proteger sus participaciones empresariales si decidía separarse después del nacimiento de Annie.
Me quedé inmóvil.
—Estaba preparando el divorcio.
Rachel me tomó la mano.
—Eso parece.
Pero lo más doloroso apareció en el siguiente documento.
Era una propuesta de reorganización patrimonial.
Olivia figuraba como futura socia de una empresa que Daniel había creado durante nuestro matrimonio.
La misma empresa que yo había ayudado a financiar con mi herencia.
—Emma, ¿recuerdas los ochocientos mil dólares que invertiste hace cuatro años? —preguntó Rachel.
Asentí.
—Era casi todo lo que me dejó mi padre.
—Tu abogada está revisando si intentaron transferir activos relacionados con esa inversión.
Miré la firma de Daniel.
Durante años había pensado que estaba construyendo nuestro futuro.
Ahora temía que él estuviera preparando uno sin mí.
A la mañana siguiente, Daniel entró en mi habitación.
—Emma, necesitamos hablar.
—Adelante.
Se sentó frente a mí.
—Olivia y yo cometimos errores.
Aquella frase me hizo sonreír tristemente.
—¿Errores?
—Nuestra relación es complicada.
Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
—Daniel, nuestra hija nació prematuramente mientras tú estabas de vacaciones con ella.
—No fueron vacaciones.
Saqué mi teléfono.
Le mostré las fotografías.
No respondió.
Entonces coloqué sobre la mesa la carpeta financiera.
Su rostro cambió.
—¿Dónde conseguiste eso?
—¿Ibas a dejarme después de que naciera Annie?
Guardó silencio.
Y esa fue su respuesta.
—Quiero divorciarme —dije.
Daniel levantó bruscamente la cabeza.
—Emma, no puedes decidir eso ahora.
—Llevas semanas preparando exactamente lo mismo.
—Pero Annie acaba de nacer.
—Precisamente por eso ya no puedo seguir fingiendo.
Se levantó.
—Olivia no significa lo que tú crees.
Lo miré fijamente.
—Entonces explícame qué significa.
Daniel abrió la boca.
Pero no encontró palabras.
Dos horas después recibí una llamada de mi abogada, Victoria Hayes.
—Emma, encontramos algo que cambia la situación.
—¿Qué ocurrió?
—La empresa a la que Daniel pretendía transferir activos tiene una deuda importante.
Fruncí el ceño.
—¿Con quién?
—Con una sociedad de inversión registrada a nombre de Olivia.
Sentí un escalofrío.
—¿Olivia le prestó dinero?
—Eso indican los documentos. Pero hay algo extraño.
Victoria hizo una pausa.
—La garantía del préstamo incluye participaciones que podrían estar vinculadas a tu inversión original.
Apreté el teléfono.
—¿Daniel podía hacer eso sin mi autorización?
—Estamos comprobando si tenía facultades para hacerlo. No firmes nada hasta que terminemos de revisar los contratos.
Esa noche, mientras observaba a Annie dormir, una mujer apareció en la entrada de la UCIN.
Era Olivia.
La reconocí inmediatamente.
Llevaba un abrigo beige y sostenía un sobre.
—Emma, necesito hablar contigo.
Sentí que la sangre me hervía.
—Este no es el lugar.
Olivia miró hacia la incubadora.
Su expresión cambió.
—Es preciosa.
Me interpuse.
—¿Qué quieres?
Olivia bajó la mirada.
—Daniel te ha mentido.
Solté una risa amarga.
—Eso ya lo sé.
—No. Hay algo más.
Me entregó el sobre.
Dentro había una copia de un acuerdo firmado seis meses antes.
Reconocí la firma de Daniel.
Pero también aparecía otra.
La de Olivia.
—¿Qué es esto? —pregunté.
—Un acuerdo privado sobre la financiación de su empresa.
—¿Y por qué debería importarme?
Olivia comenzó a llorar.
—Porque Daniel me dijo que tu inversión había sido un regalo y que no tenías ningún derecho sobre ella.
Sentí que el corazón se aceleraba.
—Eso es mentira.
—Lo descubrí hace dos semanas.
La miré con desconfianza.
—¿Por qué vienes a contármelo ahora?
Olivia respiró profundamente.
—Porque cuando le dije que debíamos aclararlo, me pidió que firmara otro documento.
Sacó una segunda hoja.
Era una declaración preparada para presentarse ante sus abogados.
En ella, Olivia debía afirmar que yo conocía y aprobaba las operaciones financieras.
—Me negué —susurró.
Antes de que pudiera responder, escuchamos pasos.
Daniel apareció al final del pasillo.
Al vernos juntas, se detuvo.
—Olivia, ¿qué haces aquí?
Ella retrocedió.
—Emma tiene derecho a saberlo.
Daniel palideció.
—No sabes lo que estás haciendo.
Lo miré fijamente.
—¿Qué más me ocultaste?
Daniel no respondió.
Entonces Olivia pronunció una frase que me dejó sin aire.
—Emma, hay una razón por la que Daniel insistió tanto en que no viajaras con él a Europa.
Sentí un escalofrío.
—¿Cuál?
Olivia miró hacia Annie.
—Porque tres días antes de tu parto recibió una llamada del médico que llevaba tu embarazo.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué llamada?
Olivia tragó saliva.
—Le advirtieron que existía un riesgo de parto prematuro y que debían localizarlo si surgía una emergencia.
Miré a Daniel.
Su rostro estaba blanco.
—¿Lo sabías? —susurré.
No contestó.
Y entonces Olivia añadió:
—Emma, lo peor no es que Daniel estuviera lejos cuando Annie nació.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Es que recibió el aviso del hospital el martes por la mañana.
Sentí que el mundo desaparecía.
—¿Qué estás diciendo?
Olivia sacó su teléfono.
En la pantalla había una conversación fechada a las 10:06 de aquella mañana.
Un mensaje enviado por Daniel.
«Emma ya dio a luz. La niña está en cuidados intensivos. Pero no pienso regresar todavía. Si vuelvo ahora, perderemos la oportunidad de cerrar el acuerdo».
Levanté lentamente la mirada.
Daniel estaba inmóvil.
Y por primera vez comprendí que mi marido no se había perdido el nacimiento de nuestra hija porque nadie hubiera conseguido localizarlo.
Había sabido que Annie estaba luchando por su vida… y había decidido quedarse.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
