PARTE 2 — La última promesa que su padre nunca pudo cumplir

Don Mateo se puso de pie de inmediato.

—¡Lucía!

Su voz tembló.

—No…

Las tres lo miraron desde el escenario.

Por primera vez en veintidós años, ninguna bajó la cabeza.

Lucía sonrió con tristeza.

—Perdónanos, papá…

Toda la sala quedó inmóvil.

Mateo sintió un nudo en la garganta.

Era la primera vez que una de ellas lo llamaba así delante de cientos de personas.

Lucía respiró hondo.

—Sí…

Miró al público.

—Acabo de decir “papá”.

Porque eso es lo que siempre has sido.

Los aplausos comenzaron tímidamente.

Mateo negó con la cabeza.

—No hace falta leer esa carta.

Regina abrió cuidadosamente el papel envejecido.

Las esquinas estaban desgastadas.

Era evidente que alguien la había leído muchas veces.

—La encontramos hace dos meses.

Mateo cerró los ojos.

Comprendió que ya no podía detenerlas.

Abril empezó a leer.

“Perdóname, Mateo. No puedo con esto.”

El auditorio quedó en absoluto silencio.

“Camila ya no está. Llevo once días intentando alimentar a las niñas, pero cada vez que las miro siento que también voy a morir.”

Mateo bajó lentamente la cabeza.

Cada palabra le devolvía aquella madrugada.

La ferretería.

Los tres portabebés.

El llanto.

La lluvia.

Regina continuó.

“No las abandono porque no las ame. Las dejo contigo porque eres el único hombre bueno que conozco.”

Varias personas comenzaron a secarse las lágrimas.

Lucía tomó la siguiente hoja.

“Si logro vencer esta oscuridad, volveré por ellas.”

Su voz empezó a quebrarse.

“Si no regreso, no permitas que crean que fue culpa suya.”

Mateo apretó con fuerza el bastón.

Eso era precisamente lo que había querido evitar durante todos aquellos años.

Que las niñas cargaran con el peso de aquella carta.

Abril levantó la última página.

“Y, por favor, nunca les digas que fui un cobarde. Diles solamente que su padre las quiso tanto… que dejó de reconocer el mundo después de perder a su madre.”

El auditorio entero permanecía en silencio.

Lucía dobló cuidadosamente la carta.

Después volvió a mirar a Mateo.

—Tú ocultaste esto para protegernos.

Él apenas pudo asentir.

—No quería que crecieran pensando que su padre no las amaba.

Regina bajó del escenario.

Luego Abril.

Finalmente Lucía.

Las tres caminaron hacia él.

Regina fue la primera en abrazarlo.

—Gracias por cargar un dolor que nunca te pertenecía.

Abril apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Gracias por nunca hablarnos mal de él.

Lucía respiró profundamente antes de decir la frase que llevaba guardando toda la vida.

—Pero hoy queremos corregir algo delante de todos.

Tomó nuevamente el micrófono.

—Durante veintidós años nos presentaron como las sobrinas de don Mateo Robles.

Hizo una pausa.

Las lágrimas corrían por todo el auditorio.

—Eso terminó hoy.

Las tres levantaron al mismo tiempo sus diplomas.

—Nosotras no fuimos criadas por un tío.

Fuimos criadas por el mejor padre que pudo habernos tocado.

Todo el auditorio se puso de pie.

Los aplausos parecían no terminar nunca.

Mateo lloraba sin intentar esconderlo.

Pensó que aquella era la sorpresa más grande de su vida.

Pero el rector levantó nuevamente la mano.

—Un momento, por favor.

Todos guardaron silencio.

El rector sonrió emocionado.

—Hay alguien más que pidió la palabra.

Las puertas del auditorio se abrieron lentamente.

Entró un hombre de cabello completamente blanco, apoyado en un bastón y acompañado por una trabajadora social.

Mateo sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.

El bastón cayó al suelo.

Las trillizas giraron al mismo tiempo.

Ninguna reconoció aquel rostro.

Pero Mateo sí.

Con un hilo de voz, incapaz de creer lo que veía después de veintidós años, susurró:

—Daniel… ¿sigues vivo?

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