La sala quedó completamente en silencio.
Patricia seguía mirándome como si acabara de descubrir que el suelo bajo sus pies había desaparecido.
Su voz salió quebrada.
—Me engañó…
Negué con tranquilidad.
—No.
—Usted se presentó como una candidata común.
—Porque eso era exactamente lo que necesitaba esta investigación.
Alejandro colocó la grabadora dentro de un sobre de evidencia.
—La denuncia recibida hace dos semanas hablaba de un patrón de conducta. Hoy ya no hablamos de rumores.
Miró al entrevistador joven.
—Señor Rivera.
El muchacho se puso de pie de inmediato.
—Sí, señor Hayes.
—¿Todo lo ocurrido coincide con lo que acaba de escuchar?
Él respiró hondo.
Era evidente que llevaba mucho tiempo esperando ese momento.
—Sí.
Hubo un breve silencio.
Luego añadió:
—Y no es la primera vez.
Patricia giró bruscamente.
—¡¿Qué estás diciendo?!
Rivera ya no bajó la cabeza.
—He participado en treinta y cuatro entrevistas con usted.
Sacó una libreta de su portafolio.
—Llevé un registro.
La dejó sobre la mesa.
—Diecinueve candidatos salieron llorando.
Ocho abandonaron la entrevista antes de terminar.
Cinco enviaron correos de queja.
Y dos rechazaron volver a postularse al Grupo Sterling porque dijeron sentirse humillados.
Patricia comenzó a negar desesperadamente.
—¡Eso no prueba nada!
Rivera abrió la libreta.
—También anoté algo más.
Pasó varias páginas.
—A los candidatos recomendados por ciertos directivos nunca les hablaba en inglés.
Solo les hacía preguntas básicas.
Pero a quienes venían de universidades públicas, tenían más de treinta y cinco años o habían tenido interrupciones laborales…
Levantó la vista.
—A ellos siempre les hacía las pruebas imposibles.
La expresión de Alejandro se endureció.
—¿Pruebas imposibles?
Rivera asintió.
—Ninguna de las preguntas de hoy pertenece al protocolo oficial de Recursos Humanos.
El secretario del Consejo tomó el manual corporativo que había sobre la mesa.
Lo abrió.
Pasó unas páginas.
Después levantó lentamente la mirada hacia Patricia.
—El puesto exige inglés de negocios.
No conocimientos sobre vinos franceses ni diplomacia internacional.
Patricia ya no sabía dónde mirar.
Su respiración era cada vez más rápida.
En ese momento sonó otro teléfono.
Era el de Alejandro.
Escuchó durante unos segundos.
Respondió únicamente:
—Entendido.
Colgó.
Luego me miró.
—El director general quiere verla inmediatamente.
Patricia sintió un pequeño alivio.
Tal vez pensó que aún existía alguna posibilidad de salvarse.
Pero Alejandro terminó la frase.
—Y también quiere conocer personalmente a la persona que detectó las irregularidades del proceso de selección.
Me puse de pie.
Guardé mi bolso.
Patricia dio un paso hacia mí.
—Profesora Castillo…
Era la primera vez que pronunciaba mi apellido con respeto.
—Lo siento.
La observé durante unos segundos.
No había lágrimas.
Solo miedo.
—¿Sabe cuál fue su mayor error?
Pregunté.
Ella bajó la cabeza.
Negó lentamente.
—Creer que la función de Recursos Humanos era decidir quién merecía respeto.
Respiré despacio.
—No.
Su trabajo era descubrir talento.
No destruirlo.
Me dirigí hacia la puerta.
Antes de salir, Alejandro llamó nuevamente al entrevistador joven.
—Señor Rivera.
—Sí.
—Desde este momento queda como responsable interino del departamento.
El muchacho abrió los ojos con sorpresa.
—¿Yo?
—Usted fue el único que intentó detener una entrevista injusta.
Eso ya dice mucho sobre su criterio.
Patricia cerró los ojos.
Comprendió que acababa de perder no solo su puesto.
También el respeto que había construido durante ocho años.
Cuando llegué al piso de dirección, el director general ya me esperaba.
Se levantó para saludarme personalmente.
—Profesora Castillo.
Gracias por aceptar ayudarnos.
Sonreí.
—Solo hice una entrevista.
Él negó con calma.
—No.
Usted nos mostró algo mucho más importante.
Se acercó al enorme ventanal que daba a la ciudad.
—Las empresas creen que su activo más valioso son los clientes.
Hizo una pausa.
—Se equivocan.
Volvió a mirarme.
—Su activo más valioso son todas las personas talentosas que nunca llegan a ser contratadas… porque alguien las hizo sentir que no valían lo suficiente antes de cruzar la puerta.
Entonces colocó una carpeta sobre la mesa.
En la portada podía leerse:
“Reforma Integral del Proceso de Selección – Directora del Proyecto: Mariana Castillo.”

Lo miré en silencio.
Él sonrió.
—Profesora…
Creo que ya terminó la entrevista.
Ahora me gustaría ofrecerle el trabajo de cambiar todo el sistema.