La jueza volvió a mirar el nombre.
—¿Camila Zhou?
Victor permaneció de rodillas.
Sophia lo miró horrorizada.
—¿Tu hermana?
Yo negué.
—No es su hermana.
La sala quedó en silencio.
Saqué el último documento.
—Camila Zhou nació siete meses antes de que los padres de Victor se casaran. Oficialmente fue registrada como hija de un familiar y después criada dentro de los Zhou.
La madre de Victor se puso de pie de golpe.
—¡Basta!
Aquella reacción confirmó que sabía exactamente lo que venía.
La jueza preguntó:
—¿Qué relación tiene esta mujer con los bienes discutidos?
Mi abogado respondió:
—Es la titular real de la empresa que recibió parte del dinero obtenido mediante la hipoteca falsificada.
Sophia giró hacia Victor.
—Me dijiste que la empresa era de mi hermano.
—Sophia…
—¡Me utilizaste!
Victor cerró los ojos.
Yo finalmente entendía por qué había suplicado que no abrieran aquella página.
No intentaba protegerme.
Ni siquiera intentaba proteger a Sophia.
Intentaba proteger a Camila.
La mujer con la que mantenía una relación secreta desde antes de nuestro matrimonio.
Presentamos registros de transferencias, reservas de hoteles y mensajes recuperados.
Sophia había fabricado las pruebas contra mí creyendo que, después del divorcio, Victor se casaría con ella.
Pero Victor también la había engañado.
La jueza miró hacia él.
—Entonces usted acusó a su esposa de infidelidad mientras desviaba patrimonio mediante documentos falsificados.
Victor bajó la cabeza.
—Quiero hablar con Elena a solas.
—No —respondí.
—Por favor.
Me miró desde el suelo.
—Ocho años, Elena.
Sentí una calma extraña.
—Precisamente.
Ocho años cocinando para él.
Ocho años ayudando a construir su empresa.
Ocho años creyendo que Sophia era mi rival cuando ella también había sido una pieza.
—Te devolveré todo —susurró—. La casa, las acciones, el dinero.
—Nunca se trató solamente del dinero.
Me acerqué un paso.
—Tú querías que todo el mundo creyera que yo te había traicionado para poder salir de este matrimonio como víctima.
Su rostro se quebró.
—Cometí un error.
—No.
Negué.
—Cometer un error lleva segundos. Tú necesitaste meses, firmas falsas, empresas pantalla y personas dispuestas a mentir.
La jueza ordenó remitir los documentos correspondientes para su investigación.
Sophia comenzó a llorar.
Victor ya ni siquiera la miraba.
Al salir del tribunal, mi exsuegra me alcanzó.
—Elena, espera.
Me volví.
La mujer que una hora antes había llorado frente a todos llamándome adúltera ahora apenas podía sostenerme la mirada.
—Yo no sabía lo de Camila.
—Pero sí estaba dispuesta a condenarme sin escucharme.
No respondió.
Continué caminando.
Victor apareció detrás de ella.
—Elena.
Me detuve por última vez.
—¿Qué quieres?
—¿Desde cuándo sabías todo?
Sonreí.
—Desde aquella noche en que me dijiste que odiabas más que nada que te mintieran.
Su expresión se quedó vacía.
—Entonces… ¿por qué no dijiste nada?
Miré las puertas del tribunal.
—Porque si te hubiera enfrentado aquella noche, habrías destruido las pruebas.
Abrí la puerta del automóvil.
—Preferí dejarte mentir hasta que tú mismo construyeras el caso contra ti.
Subí.
Antes de cerrar, añadí:

—Querías salir del tribunal convertido en el esposo traicionado.
Lo miré una última vez.
—Ahora todo el mundo sabe quién traicionó realmente a quién.
Y esta vez, ninguna fotografía falsa podía salvarlo.