PARTE 2: LA ÚLTIMA MENTIRA

Miré la mano de Daniel sujetando mi brazo.

—Suéltame.

—Elena, podemos hablar tranquilamente.

—Te casaste con otra mujer esta mañana y ahora quieres que siga siendo tu novia. ¿Qué parte de eso te parece normal?

Daniel frunció el ceño.

—Camila necesita estabilidad. Tiene una hija pequeña. Tú no tienes esas responsabilidades.

Me solté de su mano.

—Entonces sé un buen esposo para ella. Yo no pienso participar en tu matrimonio.

Tomé mi maleta y salí.

Por primera vez en cinco años, Daniel no consiguió detenerme.

Aquella noche fui a casa de mi hermana, Lucía.

Cuando le conté lo sucedido, dejó caer la taza de té.

—¿Se casó con otra y todavía pretende conservarte?

Asentí.

Lucía respiró profundamente.

—Elena, hay algo que debes saber.

La miré.

—¿Qué?

—Papá nunca le pidió ochenta y ocho mil dólares.

Me quedé inmóvil.

—¿Cómo que no?

—Daniel vino hace dos semanas. Papá le dijo que no necesitábamos ningún regalo de boda. Solo quería que te tratara bien.

Sentí un escalofrío.

—Entonces, ¿de dónde salió esa historia?

Lucía sacó su teléfono.

—Papá conservó los mensajes.

Los leí.

Mi padre había escrito:

«Daniel, no queremos dinero. Nuestra hija ha trabajado mucho para construir una vida contigo. Solo esperamos que ambos sean felices».

Cerré los ojos.

Daniel había inventado aquella exigencia.

A la mañana siguiente recibí una llamada de mi antiguo compañero de universidad, Andrés Molina.

Trabajaba en el departamento financiero de la empresa de Daniel.

—Elena, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Autorizaste una transferencia de ciento veinte mil dólares desde tu cuenta de inversión?

Me incorporé inmediatamente.

—¿Qué transferencia?

Andrés guardó silencio.

—Aparece registrada como aportación voluntaria para la expansión comercial de Whitman Holdings.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—Yo nunca autoricé eso.

Revisé mis cuentas.

Durante cinco años había invertido dinero en el negocio de Daniel.

No como regalo.

Como socia.

Pero ahora aparecía una solicitud para reclasificar parte de mi inversión como aportación no reembolsable.

El documento llevaba una firma parecida a la mía.

Llamé inmediatamente a una abogada.

—Quiero que revisen todo.

Esa tarde Daniel apareció frente a la oficina de mi abogada.

Su expresión era de absoluta indignación.

—Elena, ¿por qué estás investigando nuestras cuentas?

Lo miré tranquilamente.

—Porque ya no confío en ti.

—¡Esa empresa también es mi futuro!

—Y mi dinero también merece protección.

Daniel apretó los dientes.

—¿De verdad vas a destruir cinco años por una boda?

Solté una risa amarga.

—No fui yo quien se casó con otra persona.

Entonces apareció Camila.

Llevaba un vestido azul y sostenía una carpeta.

—Elena, necesitamos hablar.

Daniel se volvió bruscamente.

—¿Qué haces aquí?

Camila lo ignoró.

—Me dijiste que Elena sabía de nuestro matrimonio.

El silencio fue inmediato.

La miré.

—¿Qué?

Camila comenzó a temblar.

—Daniel me aseguró que ustedes habían terminado hace meses. Dijo que solo compartían el apartamento mientras resolvían sus asuntos económicos.

Sentí una mezcla de rabia y sorpresa.

Daniel intervino.

—Camila, no tienes que explicar nada.

Pero ella continuó.

—También me dijo que Elena había aceptado renunciar a su participación en la empresa.

Mi abogada levantó lentamente la cabeza.

—¿Tiene alguna prueba de esa afirmación?

Camila abrió la carpeta.

—Sí.

Dentro había un acuerdo patrimonial.

Supuestamente firmado por mí.

Según el documento, yo renunciaba a determinados derechos económicos a cambio de ochenta y ocho mil dólares.

La misma cantidad que Daniel decía que mi familia había exigido.

Mi abogada examinó las páginas.

—Elena, ¿reconoces esta firma?

Negué.

—No.

Daniel palideció.

—Es un borrador.

Camila lo miró.

—Me dijiste que estaba firmado y aprobado.

De pronto comprendí por qué Daniel había repetido tantas veces aquella cifra.

Los ochenta y ocho mil dólares nunca habían sido un regalo de boda.

Eran la cantidad que pretendía utilizar para cerrar mis reclamaciones económicas.

Y había construido una historia humillante para justificarlo.

Mi abogada guardó el documento.

—Solicitaremos una verificación de su autenticidad y de las operaciones relacionadas.

Daniel dio un paso hacia mí.

—Elena, estás malinterpretándolo todo.

Lo miré fijamente.

—Entonces tendrás oportunidad de explicarlo con documentos.

Dos días después, Andrés volvió a llamarme.

—Elena, encontramos otra cosa.

Su voz sonaba nerviosa.

—¿Qué ocurrió?

—Daniel solicitó un préstamo importante utilizando como respaldo las participaciones que tú habías adquirido.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Cuánto?

—Dos millones de dólares.

Me quedé inmóvil.

—¿Para qué?

Andrés respiró profundamente.

—Para comprar una propiedad.

Esa noche recibí las fotografías.

Era una casa enorme.

Jardín.

Piscina.

Habitaciones luminosas.

La vivienda que Daniel había prometido comprar conmigo cuando nos casáramos.

Pero el contrato de reserva tenía otro nombre.

Camila Rhodes.

Durante cinco años yo había ahorrado para construir nuestro hogar.

Y Daniel había intentado utilizar mi inversión para comprarle una casa a otra mujer.

Cuando Camila descubrió aquello, me llamó llorando.

—Elena, yo no sabía que ese dinero era tuyo.

Guardé silencio.

—Daniel me dijo que había vendido unas inversiones personales.

—Camila, no tienes que convencerme de nada. Solo quiero recuperar lo que me pertenece.

Ella respiró profundamente.

—Entonces debes saber algo más.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Daniel no se casó conmigo únicamente porque me amara.

Sentí un escalofrío.

—Explícate.

—Mi padre es uno de los principales acreedores de su empresa.

Me quedé inmóvil.

Camila continuó:

—Daniel necesitaba refinanciar una deuda. Mi padre aceptó ayudarlo después de que anunciamos nuestra boda.

De pronto, todo encajó.

La urgencia.

El matrimonio secreto.

La falsa acusación contra mi familia.

Los documentos patrimoniales.

Daniel no solo me había traicionado.

Había intentado convertir nuestra separación en una operación financiera.

A la mañana siguiente, mi abogada llegó con una noticia inesperada.

—Elena, hemos localizado un documento firmado antes de que Daniel conociera a Camila.

—¿Qué documento?

—Un acuerdo entre Whitman Holdings y un inversor privado.

Lo abrió frente a mí.

En la primera página aparecía una cláusula.

Si Daniel conseguía eliminar determinadas obligaciones con sus socios minoritarios, recibiría financiación adicional.

Mi nombre figuraba entre esos socios.

Sentí que el corazón se me helaba.

—¿Cuándo firmó esto?

—Hace ocho meses.

Ocho meses.

Mucho antes de conocer a Camila.

Entonces mi teléfono comenzó a sonar.

Era Daniel.

Contesté.

—Elena, necesito verte.

—Habla con mi abogada.

—Por favor. Descubrí algo sobre el contrato de inversión.

Su voz temblaba.

—¿Qué cosa?

—Alguien utilizó mi firma para modificar las condiciones.

Me quedé en silencio.

—¿Pretendes decir que tampoco sabías nada?

—No todo —respondió—. Cometí errores, pero hay documentos que nunca autoricé.

Antes de que pudiera contestar, añadió:

—Elena, Camila no llegó a mi empresa por casualidad.

Una hora después, recibí un sobre anónimo.

Dentro había una fotografía tomada nueve meses atrás.

Daniel estaba sentado en un restaurante.

Frente a él, el padre de Camila.

Y junto a ambos había una tercera persona.

Reconocí aquel rostro inmediatamente.

Era mi tío Roberto.

El hombre que había administrado la herencia de mi abuela durante años.

En el reverso de la fotografía alguien había escrito:

«PREGÚNTALE A TU TÍO POR QUÉ NECESITABAN QUE RENUNCIARAS A TUS ACCIONES ANTES DE LA BODA».

Me quedé mirando aquellas palabras.

Entonces recordé algo que había olvidado.

Tres meses antes, Roberto me había insistido en que firmara una autorización para reorganizar mis inversiones.

Yo me había negado.

Y una semana después, Daniel empezó a hablar de los ochenta y ocho mil dólares.

Tomé mi teléfono y llamé a mi abogada.

—Necesito revisar el testamento original de mi abuela.

—¿Por qué?

Respiré profundamente.

—Porque creo que Daniel no era el único que quería quedarse con mi dinero.

Y cuando aquella tarde recibí una copia del testamento, descubrí una cláusula que jamás me habían mostrado.

Mi abuela me había dejado el control de una empresa mucho más grande que Whitman Holdings.

Pero había alguien que llevaba años ocultándomelo.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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