Emily no estaba inconsciente.
Lo supe porque, mientras los paramédicos la subían a la ambulancia, su pulgar seguía moviéndose bajo la manta.
El nombre del abogado desapareció de la pantalla.
Un segundo después apareció un mensaje.
“Todo preparado. Solo necesitamos la firma de Ethan esta noche.”
Las frases luminosas volvieron.
【No intentes detenerla.】
【Deja que crea que sigue controlando la situación.】
Por primera vez, aquellas palabras no me parecieron absurdas.
Me parecieron un plan.
Me volví hacia Ethan.
—Ve con ella.
Él me miró sorprendido.
—Natalie…
—Emily te necesita.
Mi voz se quebró exactamente lo necesario.
—Ya elegiste. No hagas que también tenga que preocuparme por ella.
La culpa atravesó su rostro.
Perfecto.
Mi madre subió a la ambulancia.
Ethan fue detrás.
Mi padre se quedó conmigo.
Cuando las luces desaparecieron al final de la calle, él soltó un suspiro.
—Natalie…
—Estoy cansada, papá.
Nada más.
No necesitaba acusarlo.
Él sabía perfectamente de qué estaba cansada.
Entré en casa.
Las palabras luminosas aparecieron otra vez.
【Ahora ve al despacho de tu abuela.】
Me detuve.
El despacho llevaba cerrado desde su muerte.
Mi padre conservaba la llave.
O eso creía.
Miré el sobre que acababa de entregarme.
Dentro, además de los certificados de acciones, había una pequeña llave plateada.
El despacho de Margaret olía todavía a madera vieja.
Encontré documentos cuidadosamente clasificados.
Propiedades.
Participaciones.
Contratos.
Y una carpeta con mi nombre.
NATALIE.
Dentro había una carta.
No necesité leer mucho para entenderlo.
Las acciones no eran todo.
Mi abuela había dejado instrucciones específicas sobre varios activos familiares que debían transferirse a mí al alcanzar determinadas condiciones.
Entre ellos estaban dos locales comerciales y una participación adicional que mi familia había seguido administrando durante años.
Mi padre nunca me había hablado de aquello.
Sentí rabia.
Pero antes de poder levantarme, las palabras luminosas aparecieron.
【No saques conclusiones todavía.】
Entonces escuché pasos.
Mi padre estaba en la puerta.
Miró la carpeta.
Después cerró los ojos.
—Supongo que ya lo encontraste.
—¿Cuánto tiempo pensabas ocultármelo?
—No quería ocultártelo para siempre.
Me reí.
—¿Solo hasta que Emily necesitara otra cosa?
Mi padre bajó la cabeza.
—Tu madre temía que, si recibías todo, Emily sintiera que vuestra abuela nunca la quiso.
Aquello era tan ridículo que ni siquiera dolió.
—Así que para evitar que Emily se sintiera menos querida, decidieron quitarme lo que era mío.
Mi padre no respondió.
Entonces coloqué la carpeta frente a él.
—Esta noche me pidieron mi prometido.
—Y se lo entregué.
Saqué el certificado de acciones.
—Pero esto no.
Su rostro se endureció.
—Es tuyo.
—Quiero que mañana se haga la transferencia completa de todo lo que dejó la abuela.
—Natalie…
—Todo.
Por primera vez en mi vida, mi padre asintió sin pedirme que pensara en Emily.
A medianoche llegué al hospital.
Emily estaba perfectamente estable.
Qué sorpresa.
La encontré en una habitación privada.
Mi madre estaba afuera hablando con una enfermera.
Dentro estaban Emily y Ethan.
Y sobre la mesa había varios documentos.
Me detuve antes de entrar.
El abogado de los Brooks hablaba:
—Una vez que firme la cesión temporal de derechos de voto, la operación podrá ejecutarse mañana.
Ethan frunció el ceño.
—¿Por qué tengo que firmar esto ahora?
Emily tomó su mano.
—Mi padre dice que la fusión protegerá ambas empresas. Además, después de casarnos, nuestras familias serán una sola.
—Pero la boda está suspendida.
La sonrisa de Emily vaciló.
—Solo temporalmente.
El abogado intervino.
—Es una formalidad.
Ethan tomó el bolígrafo.
Entonces abrí la puerta.
Todos giraron.
—Natalie.
Emily palideció.
Yo levanté las manos.
—Tranquila. No vine a recuperar a Ethan.
Sus hombros se relajaron apenas.
—Vine porque papá me pidió revisar los documentos de la familia antes de cualquier operación relacionada con nuestras acciones.
El abogado me miró.
—Eso no es necesario.
Saqué el certificado que mi abuela me había dejado.
—Ahora sí.
Silencio.
Ethan dejó el bolígrafo.
Emily se incorporó.
De repente ya no parecía tan enferma.
—¿Qué significa eso?
—Significa que las acciones que pretendías incluir en esta operación pertenecen a Natalie —dijo mi padre desde la puerta.
Todos se volvieron.
Había llegado detrás de mí.
Emily abrió la boca.
—Papá…
—Y no autorizo ninguna transferencia —dije.
El abogado cerró inmediatamente la carpeta.
Emily dejó de fingir.
—¡No puedes hacerme esto!
La habitación quedó en silencio.
Mi madre la miró sorprendida.
Emily respiraba con rapidez.
—¡Llevo toda la vida enferma! ¡Natalie siempre ha tenido todo!
Casi me dio risa.
—¿Todo?
Di un paso hacia ella.
—Te di mis cumpleaños.
Otro.
—Mis regalos.
Otro.
—Mis oportunidades.
Miré a Ethan.
—Y esta noche incluso te entregué al hombre con el que iba a casarme.
Después volví a mirar a mi hermana.
—Pero cometiste un error.
—¿Cuál?
—Creíste que porque siempre cedía, todo me pertenecía menos que a ti.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
Esta vez no funcionaron.
Ethan miró los documentos.
Luego a Emily.
—¿Ibas a hacerme firmar esto aprovechando la supuesta emergencia?
—Lo hacía por nosotros.
—¿Nosotros?
Su voz se volvió fría.
—Hace una hora estabas demasiado débil para mantenerte consciente.
Emily se quedó muda.
Ethan tomó los documentos.
Los rompió por la mitad.
—Se acabó.
Emily lo miró horrorizada.
—¿Qué quieres decir?
Él dejó los pedazos sobre la mesa.
—No habrá boda.
Por primera vez aquella noche, no sentí satisfacción.
Solo alivio.
Porque finalmente comprendí algo.
Ethan tampoco era mi premio.
Un hombre dispuesto a abandonarme la víspera de nuestra boda porque mi familia se lo pidió no se convertía mágicamente en el amor de mi vida porque ahora descubriera que Emily mentía.
Así que cuando se acercó a mí y dijo:
—Natalie, cometí un error.
Negué.
—Sí.
Sus ojos se iluminaron con esperanza.
Hasta que terminé:
—Y yo también.
Dejé nuestro anillo sobre la mesa.
—El mío fue creer que tenía que competir por alguien que realmente me amara.
Ethan quedó inmóvil.
Me giré hacia mis padres.
—Mañana transferiremos todo lo que la abuela dejó a mi nombre.
Mi madre quiso protestar.
Mi padre levantó una mano.
—Lo haremos.
Emily comenzó a llorar.
—¿Y yo?
La miré.
Durante toda mi vida aquella pregunta había gobernado nuestra familia.
¿Y Emily?
¿Qué sentirá Emily?
¿Qué necesita Emily?
¿Qué debemos darle a Emily?
Sonreí suavemente.
—Esta vez tendrás que quedarte con lo que realmente es tuyo.
Salí de la habitación.
Entonces aparecieron por última vez aquellas frases luminosas.
【Felicidades. Has recuperado las acciones, las propiedades y tu libertad.】

【Pero el mejor premio no fue ganar lo que pertenecía a Emily.】
【Fue dejar de entregarle lo que siempre había pertenecido a Natalie.】
Y aquella noche, por primera vez, nadie volvió a pedirme:
“Solo esta vez.”