PARTE 2: LA TRANSFERENCIA

El teléfono de Vanessa permanecía en el suelo.

La notificación seguía iluminando la pantalla.

“Transferencia autorizada: 12,400,000 pesos. Cuenta beneficiaria: V. Luján.”

Rodrigo reaccionó antes que nadie.

Se agachó para recoger el teléfono.

Mariana fue más rápida.

Lo levantó primero.

Vanessa intentó arrebatárselo.

—¡Devuélvemelo!

Mariana dio un paso atrás.

—Tranquila.

Miró nuevamente la pantalla.

La aplicación bancaria seguía abierta.

No solo aparecía el monto.

También figuraba el concepto.

“Anticipo Proyecto Arista Norte.”

Su expresión cambió por completo.

Rodrigo sintió que el estómago se cerraba.

—Mariana… eso no es lo que parece.

Ella levantó lentamente la vista.

—Esa frase ya perdió todo su valor.


La sobrecargo, consciente de que varios pasajeros comenzaban a observar la discusión, se acercó con discreción.

—¿Todo está bien?

Mariana sonrió con absoluta calma.

—Sí.

Le devolvió el teléfono a Vanessa.

—Solo estamos terminando una conversación importante.

La empleada asintió y se retiró.

Mariana volvió a mirar a Rodrigo.

—Doce millones cuatrocientos mil pesos.

Hizo una pausa.

—Pensé que solo me engañabas.

Su voz permanecía serena.

—No imaginé que también estabas robando.

Vanessa palideció.

—¡Eso es mentira!

Mariana no respondió.

Volvió a marcar otro número.

Esta vez nadie intentó detenerla.


—Verónica.

—Aquí estoy.

—Quiero que llames inmediatamente al director de auditoría interna.

Hubo un breve silencio.

—¿Qué ocurrió?

Mariana miró fijamente a Rodrigo.

—Necesito revisar todas las facturas, viáticos y pagos relacionados con TransNorte durante los últimos dieciocho meses.

—Entendido.

—Y una cosa más.

Respiró profundamente.

—Congela cualquier transferencia pendiente vinculada al Proyecto Arista Norte hasta que termine la revisión.

Rodrigo sintió que la sangre abandonaba su rostro.

—¡Mariana!

Ella terminó la llamada antes de responderle.


—¿Sabes qué es lo peor?

Él guardó silencio.

—Que si esa transferencia hubiera sido legítima…

Levantó ligeramente el teléfono de Vanessa.

—Jamás habría llegado a una cuenta personal.

Vanessa comenzó a respirar con dificultad.

—Rodrigo…

Por primera vez, él tampoco supo qué decir.


El resto del vuelo transcurrió en un silencio insoportable.

Ninguno de los tres volvió a pronunciar una palabra.

Cuando el avión aterrizó en Monterrey, Mariana permaneció sentada hasta que casi todos los pasajeros descendieron.

Rodrigo la esperaba junto a la puerta.

—Necesitamos hablar.

Ella acomodó tranquilamente su bolso sobre el hombro.

—No.

—Escúchame cinco minutos.

—Ya te escuché durante seis meses.

Él intentó sujetarle el brazo.

Mariana se apartó.

—No vuelvas a tocarme.

Vanessa permanecía varios metros detrás, completamente pálida.


Apenas salió de la terminal, el teléfono de Rodrigo comenzó a sonar.

Director General.

Contestó inmediatamente.

—Señor…

La voz del otro lado no sonaba tranquila.

—¿Dónde está usted?

—Acabo de aterrizar.

—No vaya a la oficina.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque Recursos Humanos, Auditoría y el área jurídica lo están esperando.

Rodrigo dejó de caminar.

—¿Qué pasó?

—Grupo Arista suspendió el contrato.

El silencio fue absoluto.

—Eso es imposible.

—También solicitaron una revisión completa de todos los pagos realizados por TransNorte.

Rodrigo cerró los ojos.

Todavía sostenía el teléfono cuando recibió otra llamada.

Esta vez era el banco.


Mientras tanto, Mariana llegó directamente a la sede regional de Grupo Arista.

La reunión comenzó quince minutos después.

Verónica colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.

—Ya encontramos varias irregularidades.

Mariana respiró lentamente.

—¿Cuántas?

—Por ahora…

Pasó varias hojas.

—Veintisiete pagos sin justificación suficiente.

Otra hoja.

—Seis proveedores vinculados entre sí.

Otra más.

—Y cuatro transferencias dirigidas a empresas recién creadas.

Mariana permaneció en silencio.

—¿Todas relacionadas con TransNorte?

Verónica asintió.

—Y hay algo más.

Abrió una última carpeta.

Dentro había una fotografía.

En ella aparecían Rodrigo y Vanessa entrando juntos en una sucursal bancaria.

La imagen tenía fecha de cuatro meses atrás.

—¿Quién tomó esto?

—No lo sabemos.

Mariana observó la fotografía unos segundos.

Después la dejó nuevamente sobre la mesa.

—Entreguen todo a Auditoría.

—¿Y el contrato?

Ella respondió sin dudar.

—Queda cancelado.


Esa misma tarde, Rodrigo llegó finalmente a su empresa.

Su tarjeta de acceso dejó de funcionar.

Intentó nuevamente.

Nada.

El guardia de seguridad se acercó.

—Lo siento, señor.

—Debe ser un error.

El guardia negó con la cabeza.

—Tengo instrucciones de acompañarlo únicamente a Recursos Humanos.

Rodrigo sintió un vacío en el estómago.

Al entrar a la sala de juntas encontró al director general, al responsable jurídico y a dos auditores externos.

Sobre la mesa había una caja de cartón vacía.

El director habló primero.

—Rodrigo Salvatierra.

Respiró profundamente.

—Queda suspendido de sus funciones mientras concluye la investigación financiera.

Rodrigo intentó responder.

Pero su teléfono vibró una vez más.

Era un mensaje de Vanessa.

Solo decía:

“La cuenta está bloqueada. No puedo sacar el dinero. ¿Qué hacemos?”

Levantó lentamente la vista.

Y comprendió que el problema ya no era únicamente haber perdido a su esposa.

Estaba perdiendo el contrato más importante de su carrera.

Su puesto.

Y quizá algo mucho más grave.

Porque el director jurídico acababa de deslizar hacia él una carpeta con un sello rojo en la portada.

“Posible fraude corporativo.”

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