Me obligué a apartarme de la ventana.
Si el mensaje era real, bajar al garaje significaba morir.
Pero si era una trampa para asustarme, tampoco podía quedarme allí demasiado tiempo.
Adrián descubriría muy pronto que yo había entrado en su despacho.
Respiré hondo y guardé el celular secreto dentro de mi abrigo.
Después fotografié el testamento falso, los documentos de la caja fuerte y la conversación con Celina. Cada imagen fue enviada inmediatamente a un correo electrónico que Adrián desconocía.
Solo entonces volví a cerrar la caja fuerte exactamente como estaba.
Cuando estaba a punto de salir, escuché el sonido de un automóvil entrando al jardín.
Miré por la ventana.
Era el Mercedes negro de Adrián.
Llegó casi una hora antes de lo habitual.
Sentí un escalofrío.
No podía verme allí.
Apagué las luces del despacho y me escondí detrás de la biblioteca.
La puerta principal se abrió.
Escuché sus pasos lentos.
No eran los de alguien que regresaba a descansar.
Eran los de un hombre que iba a comprobar que todo seguía exactamente como lo había dejado.
Un minuto después, entró al despacho.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que pensé que podría escucharme.
Adrián caminó directamente hacia el escritorio.
Abrió un cajón.
Sacó el celular secreto.
Frunció el ceño.
Lo sostuvo unos segundos.
Después sonrió.
—Qué raro…
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Él estaba mirando exactamente el espacio donde el teléfono había permanecido oculto durante años.
Si recordaba la posición exacta…
Yo estaba perdida.
Con una tranquilidad aterradora, volvió a colocarlo en el mismo sitio.
Luego abrió la caja fuerte.
Revisó cada carpeta.
Cada documento.
Cada sobre.
Cuando terminó, cerró lentamente la puerta metálica.
—Perfecto…
Susurró aquella palabra con una calma que me heló la sangre.
Entonces hizo una llamada.
—Ernesto, todo sigue en orden.
Hubo una pausa.
—No. Ella continúa en el hospital.
—Esta noche termina todo.
Mi respiración se detuvo.
Adrián continuó hablando.
—En cuanto muera el viejo, la empresa será nuestra.
—Después ocurrirá el accidente de Sofía.
—Con los frenos cortados nadie investigará demasiado.
—Será una viuda rica durante unas horas… y luego un simple expediente.
Tuve que cubrirme la boca para no soltar un grito.
Durante cinco años había compartido la cama con aquel hombre.
Nunca imaginé que pudiera describir mi muerte con la misma naturalidad con la que organizaba una cena.
Cuando terminó la llamada, caminó hacia el ventanal.
Miró directamente hacia la camioneta estacionada.
Sonrió.
—Solo falta que vuelvas a casa, amor.
Esperó unos segundos más antes de abandonar el despacho.
No salí de mi escondite hasta escuchar cómo el automóvil volvía a alejarse.
Mis piernas apenas podían sostenerme.
Saqué el teléfono secreto.

Necesitaba entregarlo inmediatamente a la policía.
Pero antes de marcar el número de emergencias, apareció una notificación nueva en la pantalla.
Era un mensaje enviado por Celina.
Solo tenía una línea.
“Demasiado tarde. Hace cinco minutos desconectamos al señor Herrera.”