Sentí cómo el corazón me golpeaba el pecho.
La notificación seguía encendida en la pantalla.
Movimiento detectado. Entrada principal.
Abrí la aplicación de las cámaras.
La imagen apareció con total claridad.
Mi padre estaba frente a la puerta de mi departamento.
A su lado había un cerrajero cargando una caja de herramientas.
Y detrás de ellos, con unas gafas oscuras y una carpeta bajo el brazo, caminaba Chloe.
Ninguno parecía nervioso.
Al contrario.
Actuaban como si fueran los legítimos propietarios.
Mi padre señaló la cerradura.
—Es este.
El cerrajero dudó.
—¿La dueña sabe que voy a cambiarla?
Mi madre dio un paso al frente con una sonrisa perfectamente ensayada.
—Nuestra hija vive en Londres. Nos dejó autorización para hacernos cargo del departamento mientras está fuera.
Mentía con una tranquilidad escalofriante.
El hombre volvió a mirar la puerta.
—¿Tienen algún documento?
Mi padre sacó un juego de llaves.
—Somos sus padres.
Eso bastará.
Durante unos segundos, el cerrajero pareció incómodo.
Después comenzó a sacar las herramientas.
Yo ya estaba saliendo del hotel.
Mientras conducía, llamé al inspector Ramírez.
—Están entrando ahora mismo.
—¿Confirma que usted no autorizó el cambio de cerradura?
—Lo confirmo.
—No intervenga sola. Ya enviamos una patrulla.
Miré el reloj.
Faltaban menos de ocho minutos.
Esperaba que fueran suficientes.
En la pantalla del teléfono observaba todo en tiempo real.
El sonido del taladro atravesó los audífonos.
Mi madre miraba constantemente hacia el pasillo.
Chloe sacó el móvil.
—En cuanto entren, llamaré al agente inmobiliario.
Mi padre sonrió.
—Dentro de un mes este problema estará resuelto.
Problema.
Así llamaba al hogar que mi abuelo había construido para mí.
La cerradura cayó al suelo.
El cerrajero abrió lentamente la puerta.
Los cuatro entraron.
Mi padre caminó directamente hacia el salón.
Se quedó mirando el piano.
—Esto también habrá que venderlo.
Chloe empezó a recorrer el departamento grabándolo todo con su teléfono.
—Con una remodelación rápida podemos pedir mucho más.
Mi madre abrió el armario del recibidor.
—Las cosas de Elara métanlas en cajas.
Que venga una empresa de mudanzas.
Sentí un vacío en el estómago.
No porque estuvieran entrando.
Sino porque ninguno mostró el menor remordimiento.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Chloe entró al estudio de mi abuelo.
Abrió el primer cajón del escritorio.
—Seguro que el viejo dejó algo de valor.
Comenzó a sacar documentos.
Fotografías.
Cartas.
Incluso las medallas que mi abuelo había recibido décadas atrás.
Las fue dejando sobre la mesa sin el menor cuidado.
Mi padre levantó la voz.
—No pierdas tiempo con basura.
Busca escrituras, dinero o joyas.
Apreté el volante con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Cinco minutos después, otra alerta apareció en la pantalla.
Movimiento detectado. Caja fuerte.
Fruncí el ceño.
Solo mi abuelo y yo conocíamos aquella caja empotrada detrás de la biblioteca.
Vi a Chloe desplazar uno de los libros.
El mecanismo oculto apareció.
Mi respiración se detuvo.
—¿Cómo sabía dónde estaba?
Murmuré para mí misma.
Mi madre la observó sorprendida.
—¿Quién te dijo eso?
Chloe sonrió.
—Lo encontré hace años.
Solo estaba esperando el momento adecuado.
Introdujo varios números.
Falló.
Lo intentó otra vez.
Falló de nuevo.
Mi padre perdió la paciencia.
—¡Apártate!
Golpeó la puerta metálica con rabia.
En ese mismo instante, sonó el timbre del departamento.
Todos se quedaron inmóviles.
Mi madre palideció.
El cerrajero dejó caer el destornillador.
Mi padre caminó hasta la entrada creyendo que sería el agente inmobiliario.
Abrió la puerta.
Del otro lado no había ningún comprador.

Había dos policías uniformados… y detrás de ellos, yo.
Lo miré directamente a los ojos.
—¿Ya terminaron de robar mi casa… o todavía les faltaba llevarse los recuerdos de mi abuelo?
Antes de que pudiera responder, uno de los agentes levantó una carpeta.
—Señor, además de la denuncia por allanamiento, acabamos de recibir otra evidencia.
Lo observé con calma.
—Las cámaras ocultas grabaron absolutamente todo.
Y entonces el policía añadió una frase que hizo desaparecer el color del rostro de Chloe.
—Incluida la conversación sobre la caja fuerte… y la confesión de que sabía de su existencia desde hace años. Eso cambia completamente la investigación.