PARTE 2: LA TRAMPA ERA PARA MÍ

Adrian dejó de respirar por un instante.

—¿VIH?

Sus manos comenzaron a temblar.

—¿Estás segura?

Lo observé.

Hacía treinta segundos estaba disfrutando de mi humillación.

Ahora parecía incapaz de sostener el volante.

—Esos resultados son de Vanessa —respondí—. Pero eso no significa automáticamente que tú tengas nada. Necesitas evaluación médica y pruebas apropiadas.

Adrian tomó su teléfono.

Llamó a Vanessa.

Una vez.

Dos.

Cinco.

Ella no respondió.

—¿Desde cuándo lo sabía?

—No puedo hablar de información médica privada contigo.

Me miró furioso.

—¡Soy tu esposo!

—El mismo que acaba de contarme orgullosamente que se acostó con ella.

Abrí la puerta.

Adrian me sujetó del brazo.

—Espera.

Retiré mi mano.

—No vuelvas a tocarme.

Su teléfono sonó.

VANESSA.

Contestó inmediatamente.

—¿Tienes VIH?

Silencio.

Luego escuché la voz alterada de Vanessa al otro lado.

—¿Quién te dijo eso?

Adrian me miró.

Aquella respuesta fue suficiente para destruirlo.

—Lo sabías.

—Adrian, puedo explicarlo.

—¡¿Lo sabías?!

La llamada terminó.

Él permaneció mirando la pantalla.

Después se volvió hacia mí.

—Llévame al hospital.

Casi no reconocí su voz.

—Puedes ir tú mismo.

—¡Eres médica!

—Y precisamente por eso sé que ahora necesitas un profesional que no sea tu esposa.

Hice una pausa.

—Aunque ese título tampoco durará mucho.

Su rostro se congeló.

—¿Qué quieres decir?

Saqué otro sobre de mi bolso.

Esta vez no contenía resultados médicos.

Contenía los documentos que mi abogada había preparado semanas antes.

—Divorcio.

Adrian me miró incrédulo.

—¿Ya pensabas dejarme?

—Sabía que estabas intentando hacerme daño.

—Solo no sabía qué método habías elegido.

Bajé del coche.


Horas después, Vanessa apareció en el hospital buscando hablar conmigo.

—Tú hiciste esto deliberadamente —dijo.

—¿Hacer qué?

—¡Sabías que Adrian y yo estábamos juntos!

La miré.

—No.

—Pero ahora sí.

Su rostro se endureció.

—Entonces ¿por qué llevabas mis documentos?

—Porque habían intentado localizarte y necesitabas recibir información importante por los canales adecuados.

Vanessa bajó la voz.

—¿Vas a decírselo a todos?

—No.

Pareció sorprendida.

—Tu diagnóstico no es un arma para mi venganza.

Me acerqué un poco.

—La traición de ustedes ya es suficiente.

Por primera vez, Vanessa no tuvo respuesta.


Adrian intentó llamarme durante días.

Primero exigió explicaciones.

Después pidió perdón.

Finalmente comenzó a suplicar.

No respondí.

Siguió las indicaciones médicas para realizarse las pruebas necesarias y recibir asesoramiento profesional.

Yo no pregunté por sus resultados.

Ya no eran asunto mío.

Lo único que me importaba era terminar el divorcio.

Semanas después nos encontramos en el despacho de los abogados.

Adrian parecía distinto.

Más pequeño.

—Quería hacerte sentir lo mismo que Ryan te hizo sentir —admitió.

Lo miré fijamente.

—Lo sé.

—Estaba enfadado porque siempre parecías poder vivir sin necesitarme.

—Así que decidiste acostarte con la persona que participó en el peor momento de mi primer matrimonio.

Bajó la cabeza.

—Sí.

Firmé la última página.

—Entonces nunca me amaste.

—Sofía…

—Amar a alguien y querer descubrir cuánto puedes destruirlo son cosas incompatibles.

Me levanté.

Adrian me llamó antes de que alcanzara la puerta.

—¿No quieres saber qué ocurrió con mis pruebas?

Me detuve.

No me volví.

—No.

Hubo silencio.

—¿De verdad ya no te importa?

Abrí la puerta.

—Esa era la reacción que querías conseguir aquella noche, Adrian.

Finalmente la tienes.

Salí.

Él había utilizado mi herida más antigua porque quería verme temblar.

Pero al final entendió demasiado tarde que existe algo peor que conseguir que una mujer te odie.

Conseguir que deje de sentir absolutamente cualquier cosa por ti.

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