PARTE 2: LA TRAMPA DE LA BODA

—Mi madre dijo que teníamos que hacerlo rápido —murmuró Daniil.

Aflojé apenas su brazo.

—¿Hacer qué?

Tragó saliva.

—Conseguir acceso a tus cuentas antes de que empezaras a sospechar.

Sentí que toda la rabia desaparecía.

Quedó algo mucho más frío.

—Continúa.

—Sabíamos que el apartamento era tuyo. También sabíamos cuánto ganabas.

—¿“Sabíamos”?

Daniil cerró los ojos.

—Mamá investigó tus propiedades antes de la boda.

Miré el mensaje de Tamara.

De repente, todas aquellas preguntas aparentemente inocentes durante el noviazgo cobraron sentido.

¿Cuánto debía de hipoteca?

Nada.

¿Tenía cuentas de inversión?

Sí.

¿Mis padres podían reclamar el apartamento?

No.

Tamara nunca había intentado conocerme.

Me estaba auditando.

—¿Y después de conseguir mis tarjetas?

Daniil permaneció callado.

—Habla.

—Mamá tiene deudas.

—¿Cuánto?

Su respuesta me dejó inmóvil.

—Casi cuatro millones.

Solté lentamente su muñeca y me aparté.

Daniil se levantó masajeándose el brazo.

Por un instante pensé que volvería a atacarme.

No lo hizo.

Ahora sabía que aquella mujer aparentemente indefensa podía derribarlo antes de que terminara de levantar la mano.

—Luda, podemos solucionarlo —dijo—. Mi madre exageró. Yo estaba enfadado.

Levanté el teléfono.

—Acabas de confesar que te casaste conmigo para acceder a mi patrimonio.

Su rostro cambió.

—Borra eso.

—No.

—¡Bórralo!

Retrocedí.

—Sal de mi casa.

—Soy tu marido.

—Por ahora.

Aquellas dos palabras lo asustaron.

Esa misma noche llamé a mi abogada.

Después fotografié los platos rotos, el corte del tobillo y todos los mensajes de Tamara. Guardé copias de la grabación y bloqueé cualquier acceso que Daniil pudiera conocer.

A la mañana siguiente, Tamara apareció.

No vino sola.

Traía a su hermano y una carpeta.

Entró gritando:

—¡Mi hijo tiene derecho a vivir aquí!

Mi abogada ya estaba sentada en la sala.

Tamara se detuvo.

—¿Quién es usted?

—La persona que va a recomendarle que mida cuidadosamente sus próximas palabras.

La carpeta de Tamara contenía documentos que pretendía convencerme de firmar.

Autorizaciones financieras.

Acceso a determinadas cuentas.

Y un acuerdo relacionado con el apartamento.

Mi abogada pasó las páginas lentamente.

Después miró a Daniil.

—¿Esperaban que ella firmara esto después de tres días de matrimonio?

Nadie respondió.

Entonces reproduje la grabación.

La voz de Daniil llenó la habitación:

“Mi madre dijo que teníamos que conseguir acceso a tus cuentas antes de que empezaras a sospechar.”

Tamara palideció.

—¡Eso está sacado de contexto!

Luego reproduje su mensaje:

“Las mujeres con dinero son las más difíciles de someter.”

Se hizo un silencio absoluto.

Daniil miró a su madre.

Ella lo miró a él.

Y en menos de un minuto aquella familia tan unida empezó a destruirse sola.

—¡Fue idea suya! —soltó Daniil.

Tamara abrió los ojos.

—¡Cobarde!

—¡Tú investigaste sus propiedades!

—¡Porque tú dijiste que necesitabas una esposa con dinero!

Los observé discutir desde mi propio sofá.

Tres días antes había brindado con aquellas personas.

Ahora estaban confesando entre gritos exactamente lo que mi abogada necesitaba escuchar.

Me levanté.

—Se acabó.

Daniil se volvió hacia mí.

—Luda, escúchame. Podemos empezar de nuevo.

—No quiero empezar contigo.

—¿Vas a destruir un matrimonio por una discusión?

Negué con la cabeza.

—El matrimonio lo destruiste cuando confundiste un certificado con un título de propiedad sobre mí.

Señalé sus maletas junto a la puerta.

—Tus cosas están ahí.

Tamara gritó:

—¡No puedes echar a tu marido!

Mi abogada cerró tranquilamente la carpeta.

—Lo que sí puede hacer es iniciar inmediatamente el procedimiento correspondiente y proteger su patrimonio. Y después de lo ocurrido anoche, ustedes deberían preocuparse por problemas bastante más serios que este apartamento.

Por primera vez, Tamara guardó silencio.

Daniil tomó sus maletas.

Antes de salir me miró con una mezcla de rabia y humillación.

—Nunca fuiste la mujer que aparentabas.

Sonreí.

—Ese fue tu error.

Miré los platos rotos que todavía esperaban dentro de una caja como evidencia.

—Tú buscabas una mujer a la que pudieras enseñar cuál era su lugar.

Abrí la puerta.

—Y terminaste enseñándome exactamente cuál no volvería a ocupar jamás.

Tres días después de nuestra boda descubrí quién era realmente mi marido.

Por suerte, no necesité tres años para creerle.

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