El sonido de la palabra “policía” cayó en el aparcamiento como una sentencia.
Nadie esperaba que fuera el propio padre de Xia Wenzhou quien pronunciara esas dos palabras.
Ni siquiera Xia Wenzhou.
Durante unos segundos, todos permanecieron inmóviles.
Como si el tiempo se hubiera detenido justo después de que la verdad saliera a la luz.
—Papá…
La voz de Xia Wenzhou era baja.
Por primera vez, había miedo en sus ojos.
El señor Xia giró lentamente la cabeza.
Ya no miraba al hijo que siempre había protegido.
Miraba a un extraño.
—¿Todavía tienes algo que explicar?
Xia Wenzhou abrió la boca.
Pero no salió ninguna palabra.
Porque la grabación lo había dicho todo.
No importaba cuántas excusas inventara.
No importaba cuántas lágrimas derramara Su Mian.
La verdad estaba ahí.
Fría.
Clara.
Imposible de borrar.
Mi padre caminó hasta mí y me puso una mano sobre el hombro.
—Zhaozhao, ¿estás bien?
Asentí.
Pero la verdad era que no sabía qué sentir.
Dolor.
Decepción.
Rabia.
Todo estaba mezclado.
Durante tres años había pensado que Xia Wenzhou era el hombre que me protegería.
El hombre que estaría a mi lado cuando el mundo entero estuviera en contra de mí.
Nunca imaginé que el primer hombre que intentaría destruirme sería precisamente él.
Mi madre miró a Xia Wenzhou.
—Cuando mi hija aceptó casarse contigo, pensé que habías ganado la confianza de nuestra familia.
Hizo una pausa.
—Ahora veo que fuimos nosotros quienes nos equivocamos contigo.
La cara de Xia Wenzhou perdió todo color.
—Tía, yo…
—No me llames así.
La voz de mi madre era tranquila.
Pero cada palabra pesaba.
—La persona que ama a mi hija no la empuja delante de un problema para salvar a otra mujer.
Su Mian comenzó a llorar más fuerte.
—Señora Ning, yo nunca quise que esto pasara…
Mi madre la miró.
—Pero pasó.
Su Mian se quedó callada.
Porque no podía negarlo.
Ella había aceptado sentarse al volante.
Ella había conducido después de beber.
Y cuando ocurrió el accidente, la primera persona que pensaron sacrificar fui yo.
La policía llegó veinte minutos después.
Revisaron la grabación.
Tomaron declaraciones.
Recogieron las pruebas.
Cuando preguntaron quién conducía el vehículo, Xia Wenzhou bajó la cabeza.
Esta vez no intentó proteger a Su Mian.
Pero tampoco era por valentía.
Era porque ya no tenía otra opción.
—Era Su Mian.
Dijo finalmente.
Su voz era casi inaudible.
Su Mian se quedó completamente paralizada.
—Wenzhou…
Él cerró los ojos.
—Lo siento.
Aquellas dos palabras no eran para mí.
Eran para ella.
Y eso me hizo sentir aún más decepcionada.
Incluso después de todo, seguía pensando primero en cómo se sentía Su Mian.
Tres días después, la noticia apareció en todos los medios locales.
La familia Xia era conocida.
La empresa de mi padre también.
Pero esta vez nadie hablaba de negocios.
Todos hablaban del accidente.
Del intento de ocultarlo.
Y de cómo el heredero de la familia Xia había intentado culpar a su propia prometida.
El compromiso fue cancelado oficialmente.
Sin ceremonias.
Sin explicaciones.
Simplemente desapareció.
Como si nunca hubiera existido.
Pensé que ahí terminaría todo.
Pero una semana después, Xia Wenzhou apareció frente a la puerta de mi casa.
Ya no llevaba trajes caros.
Ya no tenía esa expresión de superioridad.
Parecía cansado.
Mucho más viejo.
—Zhaozhao.
Lo miré desde la entrada.
—¿Qué quieres?
Bajó la mirada.
—Quiero pedirte perdón.
No respondí.
Él continuó:
—Sé que no sirve de nada.
—Correcto.
Asintió lentamente.
—Pero necesito decirlo.
Guardó silencio durante varios segundos.
—Cuando Mianmian apareció en mi vida, pensé que simplemente estaba ayudando a una persona que necesitaba protección.
Sonrió con amargura.
—Pero poco a poco empecé a justificar cosas que nunca debería haber hecho.
Lo observé sin emoción.
Porque esa era la parte más cruel.
No había sido un único error.
Habían sido muchas pequeñas decisiones.
Cada vez que eligió a Su Mian.
Cada vez que ignoró mis sentimientos.
Cada vez que pensó que yo siempre estaría ahí.
—Perdí a la única persona que realmente me amaba.
Dijo.
Negué lentamente.
—No, Wenzhou.
Lo miré directamente.
—Perdiste a la persona que creías que nunca se iría.
Sus ojos se llenaron de tristeza.
Porque sabía que tenía razón.
Meses después, mi vida volvió a estar tranquila.
Regresé a la empresa familiar.
Acepté trabajar junto a mi hermano.
Y por primera vez en mucho tiempo, dejé de preguntarme si había sido demasiado exigente, demasiado orgullosa o demasiado fría.
No.
Simplemente había amado a la persona equivocada.
Una tarde, mientras caminaba por el jardín de la casa familiar, mi hermano apareció con dos cafés.
—¿Todavía piensas en él?
Sonreí.

—A veces.
—¿Lo extrañas?
Miré el cielo durante unos segundos.
Después negué con la cabeza.
—Extraño a la persona que pensé que era.
Mi hermano sonrió.
—Eso es diferente.
Asentí.
Porque finalmente entendí algo:
El amor no se demuestra cuando todo es fácil.
Se demuestra cuando aparece un problema y eliges no sacrificar a la persona que dices amar.
Xia Wenzhou tuvo una elección.
Y eligió mal.
Yo también tuve una elección.
Podía quedarme atrapada en la traición.
O podía tomar mi propia mano y salir de ella.
Elegí lo segundo.
Y esa fue la primera vez que realmente elegí mi propia felicidad.