Chloe tragó saliva.
Tomó el papel con cuidado, procurando no manchar la sangre seca que cubría una de las esquinas.
Durante unos segundos solo leyó en silencio.
Después levantó la vista.
—No es un mensaje.
Dominic entrecerró los ojos.
—¿Entonces qué es?
—Es una sentencia.
Los hombres intercambiaron miradas.
Uno soltó una risa incrédula.
—¿La camarera habla ahora idiomas muertos?
Chloe ignoró la burla.
Volvió a mirar el pergamino.
—Está escrito en un antiguo dialecto de los montes Cárpatos. Pero quien lo redactó mezcló expresiones modernas para que pareciera incomprensible.
Dominic apoyó lentamente los codos sobre la mesa.
Por primera vez parecía realmente interesado.
—Tradúcelo.
Ella respiró hondo.
—La primera línea dice…
Leyó despacio.
—”Cuando el rey niño termine de leer esto, su hermano ya habrá caído.”
El restaurante quedó completamente inmóvil.
Dominic dejó de parpadear.
—¿Qué más?
Chloe continuó.
—”No busques al traidor entre los enemigos.”
Pasó el dedo por la siguiente línea.
—”Está sentado a tu mesa.”
Uno de los hombres dio un paso atrás.
Otro miró instintivamente a sus compañeros.
La tensión comenzó a crecer.
Chloe siguió leyendo.
—”El arsenal del sur arderá antes del amanecer.”
Dominic levantó bruscamente la cabeza.
—¿El arsenal?
Ella asintió.
—Eso dice.
El hombre sacó inmediatamente su teléfono.
Marcó un número.
Nadie respondió.
Marcó otro.
Silencio.
Una tercera llamada.
Nada.
Su mandíbula comenzó a tensarse.
—Continúa.
Chloe dudó unos segundos.
La última línea era diferente.
Mucho más personal.
Mucho más cruel.
Levantó lentamente la vista.
—¿Qué dice? —preguntó Dominic.
Ella habló casi en un susurro.
—Dice…
Hizo una pausa.
—”…dile al rey niño que cuando encuentre este mensaje ya será demasiado tarde.”
El silencio fue absoluto.
Entonces sonó un teléfono.
No era el de Dominic.
Era el del hombre sentado a su derecha.
Contestó.
Escuchó apenas tres palabras.
El color desapareció de su rostro.
Miró lentamente a Dominic.
—Señor…
Su voz temblaba.
—Acaban de confirmar que Frankie apareció muerto hace veinte minutos.
Nadie respiró.
Dominic cerró los ojos un instante.
La primera parte del mensaje acababa de cumplirse exactamente.
Antes de que alguien pudiera decir otra palabra, otro teléfono comenzó a sonar.
Esta vez respondió otro de los escoltas.
Su expresión cambió de inmediato.
—¡Fuego!
Todos se giraron hacia él.
—¡El depósito del sur está ardiendo!
Dominic permanecía completamente inmóvil.
La segunda parte también era cierta.
El restaurante entero quedó en silencio.
Solo se escuchaba la lluvia golpeando los cristales.
Dominic volvió lentamente la cabeza hacia Chloe.
Ya no veía a una camarera.
Veía a la única persona en aquella ciudad capaz de leer los mensajes de su enemigo.
—¿Qué más sabes sobre esta lengua?
Ella negó con suavidad.
—Solo una cosa.
—¿Cuál?
Miró nuevamente el papel.
—Quien escribió esto conocía perfectamente a su organización.
Dominic frunció el ceño.
—¿Por qué dices eso?
Chloe señaló una palabra repetida dos veces.
—Porque ese insulto…
Respiró profundamente.
—No significa “rey niño”.
Todos la observaron.
—La traducción correcta sería…
Su voz apenas fue un susurro.
—”…el heredero criado dentro de la casa.”
Ninguno entendió de inmediato.
Pero Dominic sí.
Porque aquella expresión solo podía significar una cosa.

El enemigo no estaba fuera.
Había crecido junto a él.
Y alguien muy cercano llevaba años preparando la caída de todo su imperio.